Tuesday, June 26, 2018

Presentación del libro: "Monseñor Adolfo. Es bueno confiar en el Señor" (por el Dr. Luis Alvarez)

Notal del blog: Agradezco al Dr. Luis Alvarez que comparta con los lectores sus palabras de presentación del libro Monseñor Adolfo. Es bueno confiar en el Señor. 

El evento tuvo lugar el pasado 20 de junio de 2018, en la Catedral de Camagüey. Estuvo presidido por  Mons. Wilfredo Pino, Arzobispo de Camagüey, Tania Bermúdez, Directora del Museo Arquidiócesano "Mons. Adolfo", Osvaldo Gallardo, redactor principal del libro, el Dr. Luis Álvarez, y el historiador Francisco Luna.


Esta valiosa compilación de documentos y algunos testimonios sobre la hermosa trayectoria de Monseñor Adolfo Rodríguez no solo ofrece a los lectores una imagen hermosa y coherente del sacerdote y el prelado, sino también un apasionante panorama de la iglesia cubana en una época en que a los católicos cubanos, como expresó Mons. Adolfo en su homilía de la misa crismal de 1987, nos “tocó asumir la sacudida de dos desafíos que vinieron al mismo tiempo: una revolución socio-política y una renovación conciliar profundas” (p. 109). La vida de nuestro inolvidable arzobispo resulta inseparable de un período que él supo iluminarnos también con su hondísima fe y con su admirable entrega como pastor de almas.

Muchas emociones e ideas de verdadera bondad se suscitan por la lectura de este libro y soy incapaz de hablar de todas. Pero si algo me queda claro como ínfimo lector, es el profundo humanismo católico que emana de las homilías y documentos de Mons. Adolfo. Ya S.S. Pablo VI decía en su encíclica Populorum Progressio, de 1967, que el humanismo cristiano que se debe propugnar es el que respeta y defiende la dignidad humana desde la verdad de la fe, una idea que S.S. San Juan Pablo II reiteró en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, en 1987. San Juan Pablo II decía allí:
Entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las «estructuras» que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad.
Los documentos, cartas y homilías de Mons. Adolfo nos muestran a un cristiano convencido de que ante todo debe guiarnos el ejemplo que puso en sus palabras sobre el profetismo en la Iglesia —en el Consejo Parroquial Diocesano, 1997—, en las cuales se refirió a
“los hombres de la gran gesta, cuyos escritos impresionantes escuchamos en la liturgia de la misa, los hombres que pasaron por la cruz, soportaron las crisis, aguantaron las burlas, los desórdenes, los golpes y ataques, los que se enfrentaron con serenidad al martirio y a la muerte, pero siguieron adelante hoy, mañana y pasado mañana y murieron en su misión […]. Cada uno encarnó un valor, una virtud; cada uno puso su ladrillo del gran edificio” (p. 55).
Si alguien en nuestra isla comprendió cabalmente el sentido de la encíclica de San Juan Pablo II Sollicitudo Rei Socialis fue ciertamente Mons. Adolfo, quien una y otra vez en los documentos atesorados en este libro alude a la fe como portadora del perdón y del valor de la reconciliación. Sacerdote de estremecida y honda caridad, fue también cubano a toda prueba, y de allí deriva también su maravillosa capacidad de dialogar con su grey: él conoció como nadie esa cualidad que, con tanta certeza, nos atribuyó a sus compatriotas, llamándola la “sensibilidad expectante del cubano”. Pues, en efecto, somos un pueblo capaz de intensos sentimientos y de una constante expectación, palabra que significa “espera en la confianza“, y que no por gusto da nombre a una fiesta en honor de la Virgen María el 18 de diciembre. Como su propio pueblo, Mons. Adolfo supo esperar en la fe. Y ello hizo que nos repitiera, una y otra vez, que la pertenencia a la Iglesia Católica no deriva de lo exterior de una participación en acciones en su seno, sino de una fe interiorizada en esa confiada espera en Cristo. Por eso dijo en la XXVII Reunión Interamericana de Obispos celebrada en La Habana en 1999:
Debemos cuidar que los cristianos no midan su pertenencia a la Iglesia por su participación en las actividades de la Iglesia, porque esas actividades solas no definen al cristiano. Es necesario despertar la vida espiritual, en la pastoral de la santidad con el gigante dormido de la Iglesia cubana, que son nuestros magníficos laicos. Nunca se puede estructurar la pastoral exclusivamente en torno al sacerdote, menos aún en una Iglesia de muchísimos laicos y poquísimos sacerdotes (p. 59).
Esta idea fundamental, esa imagen peculiarísima que tuvo Mons. Adolfo del laicado cubano, es uno de los basamentos de su humanismo católico, en el cual el cristiano respeta, real y efectivamente, la dignidad humana y reconoce el derecho a las exigencias integrales de la persona, pero concibe esas exigencias como dirigidas hacia una realización concreta de una verdadera atención evangélica a lo humano, atención que debe no sólo existir en el orden espiritual, sino tender al ideal de una comunidad verdaderamente fraterna, a un re-ligarse los hombres entre sí a través de la fe y el amor. Mons. Adolfo sabía muy bien los riesgos y dificultades para luchar por una verdadero humanismo integral cristiano. Y alertó sobre ello claramente cuando dijo en la reunión de 1999 antes mencionada:
La Iglesia de la vivencia, que tan caro ha costado, no puede pasar a ser la de la prepotencia, que intente medir su pulso con otros como si fuera un poder frente a otro. La historia nos enseña que la Iglesia nunca ha perecido con los golpes, pero tampoco ha triunfado con los aplausos.
La tentación de la Iglesia de copiar las formas del mundo: copia que sale mal. Copia la autoridad y sale el autoritarismo; copia el orden y sale el inmovilismo; copie el derecho y sale el legalismo; copia la unidad y sale la uniformidad; copia el servicio y sale el funcionalismo; copia la comunión y sale el reunionismo.
La Iglesia cubana no puede cerrar el camino que lleva a la reconciliación, de la cual san Pablo nos dice que somos embajadores; y ese camino es el diálogo. (p. 60)
Y si algo supo Mons. Adolfo fue dialogar. Su humanismo, profundamente cristiano, le permitió dirigirse a los más humildes, sin vulgarismos de expresión que rebajan a quien los emplea, sin elevar a quienes los escuchan. No tuvo varios idiomas: uno para el culto y otro para el iletrado: dominó una lengua ciertamente bendecida, la que permite expresarse con limpieza, con corrección, sin pedantería engreída ni esa chabacanería que algunos consideran “aterrizar” el lenguaje y no es, en el fondo, más que una forma de desprecio a un oyente supuestamente inferior. Su palabra nos elevó siempre, porque era sabio, es decir, tenía verdad en él y no simplemente informaciones. Por momentos se descubre en sus documentos y homilías que conocía a José Martí mejor que muchos, o que, en el fondo recoleto de su alma, sabía muy bien que es bueno leer al gran escritor católico Georges Bernanos, y esos libros suyos, Diario de un cura rual o Diálogos de carmelitas, que hoy nadie en Cuba conoce. Sabía que la cultura, cuando se basa sobre la fe, es uno más entre los firmes estandartes del cristianismo.

Honremos una vez más la memoria vibrante de Mons. Adolfo. Pero, sobre todo, aprendamos de él, de estos textos suyos que, hoy más que nunca, nos alertan y fortalecen, porque nos recuerdan, en su palabra a la vez hermosa y transparente, que “la Iglesia cubana quiere ser la Iglesia de la esperanza: que recuerda el pasado, vive el presente y espera el futuro” (p. 37).



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