Wednesday, April 29, 2020

“Pleamar” una joya de Humberto González (por Angel Padrón Hernández)

Texto publicado originalmente en el blog de arte Damas 314. Agradezco a su autor Angel Padrón Hernández, que lo comparta aquí.

Foto/Luis Carracedo
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En el año 1979 Humberto González se acercó a Pedro Pimentel Sedeño, especie de melómano por antonomasia, que regentaba la Sala de Música de la Biblioteca Provincial Julio A Mella, para pedirle ayuda con una música para un ballet. Tenía ya clara la idea que usaría el II movimiento del Concierto para piano y Orquesta nro. 2 de S. Rchamninov, existían en aquel lugar dos grabaciones en disco de acetato de dicho concierto. Humberto ayudado por Pimentel se decidió por una versión ejecutada por un ruso de forma brillante. Para su Ballet se inspiró en el poema de Rafael Alberti “Diálogo entre Venus y Príapo”,
Príapo :
Se confunden los bosques, las lianas se juntan y conmueven.
En el porvenir revientan las manzanas
Y en el jardín copas de nardos llueven…
Venus:
“Que bien cubres mis ámbitos
Sus muros como me las ensanchas y los llenas
Que pleamar, que vientos acompasados…
Este pas de deux de una belleza indescriptible, fue estrenado por una espléndida pareja de bailarines que ya casi nadie penosamente recuerda que pasó por las tablas del Teatro Principal en Camagüey. Lo que ellos lograban con aquel pas de deux fue inolvidable, él entraba por un extremo lateral de la escena, ella yacía acostada en el tablado esperándolo. Entonces se iniciaba todo un canto de amor. "Pleamar es un orgasmo, -decía un amigo-, verlo es saber qué cosa es el amor” Y no le faltaba razón. Además, disfrutar como lo disfrutamos los que estábamos el día de su estreno por dos grandes: ROLANDO CANDIA Y MAYRA RIVERO (lo escribí en MAYUSCULAS EX PROFESO). La Danza que Humberto Gonzalez tejió para estas dos figuras era de una sensualidad primitiva y a la vez de una asombrosa delicadeza, cada compás del hermoso segundo movimiento de Rachamninov que los acompañaba se acentuaba con un estructurada coreografía,  bella, tejida y entretejida de manera virtuosa y llena de un fino erotismo. Rolando Candía tenía un físico hermoso, lo que en ballet se dice “una figura” y además una gran fuerza expresiva en la ejecución de sus pasos, o sea no eran simples movimientos, sino que estaban matizados por un verdadero sentido de la interpretación, ¿y qué decir de Mayra Rivero? –otra penosa omisión en la historia de la danza en Camagüey. ¿Cómo olvidar que fue gloriosa en Saerpil? Merece otra “reseña”- Hermosa, con un físico envidiable, se entregaba a aquel canto de amor, asustada a veces por el descubrimiento, por el susto del sentimiento que la embargaba ante el ser amado y la vez convencida de la inmensa espiritualidad que la dominaba. Poses inolvidables. Imágenes hermosas de dos cuerpos esculpidos para la danza. Luego, cuando ya la pareja de danzantes se entregan el uno al otro en el clímax del placer, cuando incapaces ya de dejar de ser uno para el otro en los últimos acordes in crescendo, de aquella música única, van subiendo los telones de las patas, sube el que está al fondo de la escena, dejando al descubierto todo el misterio que oculta el interior de un teatro y que el público jamás percibe  –candilejas, sillas, barras, luces – entonces él avanza hacia el fondo y le indica una salida…. y se abría una puerta, un cenital llenaba de luz la escena, nos cegaba a los espectadores,  las otras luces se apagaban, solo vislumbrábamos las dos hermosas siluetas, aquellos dos hermosos cuerpos que abrazados atravesaban la puerta, adentrándonos  en un laberinto delirante y eterno, de un sentimiento tan poderoso como es el amor.

Fue una idea brillante de Humberto este cierre que provocaba en el espectador una verdadera catarsis, luego lo bailó Clara Díaz con Pedro Martin –y muchas otras figuras del entonces Ballet de Camagüey, siempre aquel final provocaba aquella rara exaltación, que tenia forzosamente que terminar en atronadores aplausos, ante aquel milagro del que acabábamos de ser testigos

Gracias Rolando Candía y Mayra Rivero por haber estrenado ese ballet, nosotros los que estábamos ahí esa noche quizás aprendimos que el amor, esa herida en el espíritu, ese dulce golpe de lo eterno, había habitado ante nuestros ojos con vuestra entrega. Pleamar para mí por siempre les pertenecerá. Ustedes dos lo hicieron eterno.



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