Sunday, November 22, 2020

Cultores no muy mentados de la rica tradición musical principeña (por Carlos A. Peón-Casas)




“Todo no era baile y comparsa en aquella región”
Gonzalo Roig.(1)


La severa aserción de Gonzalo Roig, al referirse al desenvolvimiento de las manifestaciones de tal signo en la otrora ciudad principeña, nos sirve para echar luz sobre en tan interesante rubro en aquellos pretéritos minutos de nuestra historia local.

Los principeños que siempre fueron dados a las mejores complacencias del espíritu, y donde la música seria nunca dejó de estar presente en sus preferencias, ya habían admirado a la muy famosa Adelina Patti, una voz lírica de muchas campanillas, en el entonces flamante Teatro Principal, ya en activo en 1849.

En 1854, otra vez se vistieron de largo, para asistir al concierto que diera en la ciudad el afamado pianista norteamericano Gottschalk, en su primera visita a Puerto Príncipe(2).

Tampoco es de extrañar que para 1880, en la Sociedad Popular de Santa Cecilia, al inaugurar su Sección de Música, tuviera ya al completo, una orquesta que era capaz de ejecutar todo un programa clásico. Su duración fue ciertamente efímera, pues sólo tuvo existencia hasta 1883, pero en tal período, los principeños aficionados a la música disponían, en aquella benemérita institución “de cátedras de solfeo e instrumentación”(3).

Otras orquestas eran igualmente conocidas en la ciudad del Tínima y el Hatibonico. Destacaba desde 1877, la del Maestro Jacinto Barbosa, y, un poco antes, para 1875, era igualmente reconocida: “la de una sociedad titulada La Armonía”(4), que igualmente lucía sus habilidades en la citada Sociedad de Santa Cecilia.

La presencia de instrumentistas de grandes posibilidades en la otrora ciudad se hacía notoria con nombres de la talla de Manuel Mateo, quien se lucía en la interpretación de la flauta, e igualmente eran patentes los pianistas Josefa Paula, el profesor Barreras, Carlos Vasseur y Agüero(5), Sofía Agüero, su esposa, y la hija de ambos, Inés Vasseur Agüero.

El canto tenía igualmente destaque en la ciudad, principiando por la muy reconocida voz de Amalia Simoni, educada por los mejores maestros europeos de su tiempo, pero igualmente destacaban otras intérpretes, formadas localmente, de las que menos hemos escuchado: Ana de Armas y Eloisa Agüero de Ossorio, quienes igualmente sumaban la ejecución del piano. Otras dos intérpretes reconocidas lo fueron Clorinda Corvisón y Ramona Bernal.

Las lides de tal enseñanza, tuvieron igualmente un ilustrado mentor en la persona de un reconocido pianista, flautista y profesor de canto: Alfonso Miari Bizzarrí, italiano de origen y quien se avecinó en la ciudad del Príncipe allá por 1872.

Otros reconocidos profesores brindaron su sapiencia musical en la época. Aurelio Sariol, era un reconocido pedagogo de piano para 1876, como unos años antes lo había sido, con igual acierto el muy reconocido pianista José Comellas.

Nombres singulares de la formación musical en aquel minuto lo fueron también, el violinista Tomás de la Rosa, y el clarinetista Víctor Pacheco, camagüeyano de pura cepa, y quien tuvo a su cargo la formación de otros músicos locales, a su cargo estuvo igualmente la Banda del Tercer Grupo del Ejército Libertador en 1898,
la más completa, numerosa y prefecta organizada de las que existían en los campamentos del Ejército revolucionario, y la cual continuó sus actuaciones en la ciudad de Camagüey, al igual que lo hicieron en plena manigua redentora, hasta su disolución, en los primeros años de la República(6)
Un músico local desconocido hasta hoy, lo fue Gaspar Rosales Socarrás, conocido por el apodo del Alférez Socarrás, y quien además de tocar el clarinete y el fagot, fuera el último sobreviviente de los osados 35 jinetes que acompañaron a Agramonte en el rescate de Julio Sanguily.

Igual suerte ha corrido el que fuera en su minuto “un notable profesor de trombón y de tuba”(7): José Álvarez (Papito)

Otro ilustre instrumentista oriundo del Príncipe lo fue Emilio Agramonte Piña, pianista acompañante y profesor de canto. De muy joven se residenció en Nueva York, donde llegó a fundar la Escuela de Opera y Oratorio en 1894. Fungió igualmente como
director de la Asociación de Compositores Americanos, examinador del Colegio de Música de los Estados Unidos, director de la Unión Vocal de New Brunswick, Profesor del Ateneo Catalán en Barcelona, y de la Clase Obrera, de la misma ciudad(8)
Y como botón de cierre aludimos ahora a dos músicos que sin grandes estudios ni pretensiones si llegaron a formar parte indeleble de aquel imaginario musical de la otrora ciudad que hoy habitamos. Citamos para el atento lector estos datos desde nuestra fuente documental:
Un viejo músico del Camagüey, Francisco Arango, conocido por Pancho Cabuya, compuso un pot-pourri o “ajiaco musical”, dedicado al barrio de San Ramón; y José Manuel Rodríguez, al cual apodaban Molleja, también transcribió una música india allá por 1865(…)(9)




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  1. Gonzalo Roig. En Historia de la Nación Cubana. Ramiro Guerra et al. Tomo VII. (Libro VIII. La música.p.466)
  2. Diccionario de la Música Camagüeyana. Siglo XIX. Verónica E. Fernández Díaz. El Lugareño. Camagüey, 2016. p.72
  3. Ibíd. p. 467
  4. Ibid.p.468
  5. Su padre fue un celebrado médico francés que puso su casa en Puerto Príncipe y de quien se dice que era un aficionado flautista.
  6. Ibíd. p.469
  7. Ibíd.
  8. Ibíd. pp. 471 y 472
  9. Ibíd. p.469.

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