Wednesday, May 11, 2022

Una anécdota poco conocida de Ignacio Agramonte y Loynaz (por Carlos A. Peón-Casas)



Mucha tinta ha corrido ya para reseñar las múltiples anécdotas generadas por este nuestro legendario adalid, orgullo de todo buen camagüeyano, pero a la que aludo esta vez, no creo haya sido suficientemente aireada, primero porque proviene de la memoria de uno de los que fuera cercano colaborador del Mayor: el General Carlos Agüero; y en segundo término, porque fue recogida en una ya muy añeja publicación local: El Camagüeyano, en una muy particular edición fechada el 25 de diciembre de 1941, y ya verdadera rara avis, con la que se celebraba el centenario del nacimiento del prócer agramontino.

El relato, que ahora transcribo desde el original del diario a mi vista, donado por manos amigas al fondo de la Biblioteca Diocesana de Camagüey a mi cargo, tiene ese regusto tan vivencial de la figura del Bayardo, y nos viene a confirmar, lo que ya hemos sabido por otras de tales revelaciones anecdóticas: el apego inquebrantable de Agramonte a la disciplina, a todo coste.

Escuchemos pues, con reverencia, el testimonio de Don Carlos Agüero, recogido por el cronista de la época Rolando Nieves, en su muy enjundiosa crónica sobre las dotes de Agramonte como indiscutible adalid “de la disciplina, el amor al orden y la moralidad”:
Cierto día cuando se hallaba descansando en el campamento, produjo honda confusión entre lo soldados una acalorada discusión que sostenía un Coronel con un Capitán. Enterado Agramonte de lo que ocurría llamó:- Ayudante de guardia! Ordene Usted que toquen a silencio. Así lo hizo el Ayudante y pese a ello, los citados militares continuaban en su desaforada cuestión. Los toques se repitieron dos veces más, hasta completar la tercera, en la que el Mayor General fuera de sí se levantó de la hamaca en la que se proponía dormir y dirigiéndose a pasos largos hasta el lugar donde se hallaban los indisciplinados, se propuso terminar la disputa. Un fuerte tirón del hombro del Coronel, lo colocó frente a él, que revólver en mano lo llamó al orden de este modo: - He ordenado que silencio. Somos militares o no lo somos. El Coronel algo atemorizado intentó disculparse, lo que encolerizó más aún a Ignacio Agramonte, quien parecía iba a disparar el arma que tenía en la mano. –La disciplina se impone, Coronel, si continúa Usted hablando, lo mato. Y así intimidándolo le recomendó que se retirara inmediatamente. Del Capitán sólo se supo que al ver en escena al Mayor General, desapareció entre el campamento, conocedor de su temperamento, poco amigo de las discordias y si un amante de la disciplina, no se atrevió a exponerse(1).


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1. El Camagüeyano. Camagüey, Cuba, Jueves 25 de Diciembre de 1941. p.33

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