Wednesday, November 2, 2022

En los Jardines de Otras Resistencias. Por René Fuentes. (Prólogo de la Antología Poética "Que lo diga el mar". La diáspora en el horizonte. Mujeres cubanas en la emigración. Editorial Primigenios 2022)

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La antología

Pensar, elaborar y editar una antología de poesía (de mujeres cubanas, además) suma varias vocaciones sostenidas por otra mayor: la resistencia. Y esa resistencia, individual y coral, es uno de los valores de esta antología. Que pudo tener 300 páginas menos y ser otra selección, en otro canon y con otras recurrencias. De cualquier modo, es necesario reconocer el trabajo hecho por Miladis Hernández Acosta (Guantánamo, 1968) y Liudmila Quincoses Clavelo (Sancti Spíritus, 1975), quienes seleccionaron a las participantes y los poemas incluidos. Ellas, además de antólogas, son poetas cubanas de extensa trayectoria y aquí se incluyen. Otra mención necesaria es para Eduardo René Casanova Ealo: sembrador, machetero y operario de ese “trapiche literario” constante: la Editorial Primigenios; que se hizo cargo de la primera edición del libro y que tiene un gran compromiso con la literatura cubana, sin restricciones de ningún tipo y por encima de cualquier inclemencia.

El resultado final de todos esos trabajos es esta antología con más de 500 páginas y que propone un oleaje arremolinado en su recorrido. Hay poemas que se imponen por su alta calidad; otros brillan a media asta; otros aportan curvas inesperadas por su tratamiento del lenguaje poético y del estilo; otros suben o bajan más que otros poemas ya leídos… En fin, en esta antología la lectura discurre (como movimiento, según la acepción 4 de la palabra). Además, permite al lector idear, imaginar y reflexionar (acepciones 1, 2 y 3 de discurrir, según la RAE) sobre otro mapa incompleto y valioso: la poesía cubana escrita por mujeres con una obra en curso.

A lo anterior, corresponde mencionar otro criterio fundamental que se tuvo en cuenta en la selección: la diáspora. Es decir, las poetas aquí incluidas residen fuera del país. En este sentido, la antología reúne varias resonancias y variaciones sobre el exilio (como expulsión forzada, directa o indirectamente, del país de origen) y del insilio (como permanencia física en el territorio físico de la patria, pero la persona es despojada de voz pública, de sus derechos y sus atributos simbólicos como ciudadano). Y es en trasiego entre lo vivencial y lo conceptual donde se configuran con mayor precisión cada uno de los perfiles identitarios y estéticos aquí reunidos.

Antes de analizar el contenido de la antología, hay otro aspecto que vale la pena valorar: el título. Porque, en el contexto de la literatura cubana, Que lo diga el mar es un acto locutivo que sugiere una gran puesta en marcha. Así lo dicho motiva rápidamente una serie de relaciones con la novela Jardín (1935) de Dulce María Loynaz, de donde proviene el título y el epígrafe de la antología. También, entre muchas otras relaciones posibles, está aquel verso ineludible de La isla en peso (1943) de Virgilio Piñera: “la maldita circunstancia del agua [mar] por todas partes”. Incluso, recuerda a Otra vez el mar (1983), que fue una de las novelas de Reinaldo Arenas. Ésta, especialmente, propone al mar como ámbito para el monólogo, la hibridación genérica (poesía y narrativa), límites y desahogos…

En fin, con ese título, la antología también abre otras relaciones más profundas entre los poemas aquí reunidos y otras acciones ilocutivas, como intención o finalidad de lo dicho, por ejemplo: ¿Por qué en tantas voces y en tantos poemas aquí insisten en tópicos como el tiempo, la casa, el silencio, el país, la familia y la memoria? ¿Por qué en la mayoría de los poemas seleccionados se insiste en la ruptura, la pérdida, la desidia y el fracaso? ¿Por qué esta nueva visita a Dulce María Loynaz (1902-1997)? Quien con su vida y su obra siempre motiva a reflexionar sobre las relaciones y las divergencias entre pertenencia y exclusión, entre lo universal y lo cubano.

Algunos momentos y curvas del recorrido

En el comienzo de este territorio incompleto y en movimiento está Magali Alabau (Cienfuegos, 1945, reside en Nueva York desde 1966). Quien en uno de sus poemas dice: “Hace tiempo que existo entre cosas rotas (…) / ese paisaje de labios / que recoge la tinta / es lo que importa. (…) El dogma sigue su ruta avanzando/ con gestos falsos de libertad. / Revolución acá / revolución allá / revolución de hace un siglo. (…) Solo la nieve mantiene la memoria. (…) / Me hablan de Cuba/ yo hablo del universo”. Y, con ese tono condensado y despojado de adornos retóricos, Alabau abre el contrapunto entre su noción de mundo externo o universo y su ardua relación con el dogma revolucionario que se perpetúa y castiga en su lugar de procedencia.

También hay una mención a la nieve, que ha mantenido una sostenida presencia en varias generaciones de la poesía cubana. Un ejemplo, incluso tradicional, es la clasificación que Cintio Vitier hace en Lo cubano en la poesía (1970). Donde separa, clasifica y, a la usanza de aquellos tiempos, también de algún modo encajona a “Casal como antítesis de Martí”, también evalúa como “nuevos rasgos de lo cubano: ‘el frío’ y ‘lo otro’” (p. 284). Y en la página siguiente califica o descalifica a Casal por “su incapacidad radical para asumir la realidad”. Luego argumenta sobre su “idealismo”, su “impotencia” y que “el Arte es para él, antes que nada, forma”. Por otra parte, en esa comparación, continúa diciendo: “Al revés que Martí, en Casal el mundo humano y el mundo natural se repelen” (p. 289).

Sin embargo, y volviendo a los versos de Magali Alabau: “Solo la nieve mantiene la memoria. (…) / Me hablan de Cuba / yo hablo del universo”, aquí la oposición que por entonces utilizó Vitier, para resaltar al poeta-héroe sobre el poeta-escapista, ahora resulta difusa y se apaga. Porque, después de todo este tiempo, con los cambios simbólicos de la cubanía y con el dogma revolucionario todavía gobernando, la posición de una y otra visión de “mundo” y de “poesía” pierden consistencia como antagónicas. Es decir, ahora, en este poema de Magali Alabau y en tanta poesía cubana, escrita dentro y fuera del territorio físico de Cuba, “la nieve” ya no es más “lo ajeno” y sí es pertenencia, permanencia y vigencia de lo más propio: la memoria.

El exilio, el regreso y la muerte valerosa de Martí y el hastío del insilio de Casal, ahora, desde esta perspectiva, que recorre este poema y gran parte de esta antología, van teniendo en Cuba una trama, un tejido más acotado y pequeño, relacionado y sustentado cada vez más con el pasado. Por otra parte, el “yo” personal habla de un “universo” abierto, diverso, elegible; no en manos de la asignación ni de la clasificación de ningún dogma. En conclusión, “el frío” y tantos rasgos de “lo otro”, según los términos de Cintio Vitier, ya son tiempo y memoria de lo cubano. Y en las nuevas percepciones y relaciones con el universo, lo cubano, también en la poesía, es tan auténtico por lo típico y lo territorial como por lo extraño y lo foráneo.

En ese mismo sentido rupturista, Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, 1966; reside en Madrid, s/f) desde un poema en prosa asume otra primera persona de reclamo plural: “Se habían roto los muros hacia dentro y entramos en el redil, como mansas ovejas. (…) De la playa huimos hacia lo más hondo, a una cueva, al tazón de la memoria”. Y luego, en unos versos libres o de rima blanca, dice: “Solo canto mi queja. / Solo quiero estallar”. Más adelante, en este recorrido por la antología, Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964, reside en México desde 1992) tensa más esa relación con la memoria, como espacio o marcas constitutivas, tangibles y permanentes: “Humo serás / memoria de espejismo / canción que nadie evoca. (…) El silencio siempre ha sido idioma familiar”.

Además, en el poema “Osvaldo” se transfigura: “Una muchacha con nombre de varón (…) temerosa / de que alguien descubriera su falsa identidad. (…) Era la isla un palmo de mis noches / y la vida cabía en una bolsa de plástico / que en la espalda acomodaba / alegremente”. Vale destacar que Odette Alonso no ejerce ese cambio como impostura o una nueva apariencia, tampoco lo hace cuestionando ni cuestionándose “con qué espejos / con qué ojos” se mirará y le mirarán, como sí ocurre en “Vestido de novia”, de Norge Espinosa (Las breves tribulaciones, Premio El Caimán Barbudo, 1989; Ediciones Capiro, 1991). Poema que en la literatura cubana dio un paso importante sobre este tema, prejuicios y censuras.

Por su parte, Odette Alonso elige y reivindica un cambio más pleno y de una sinceridad radical: desde adentro hacia afuera. El nombre de Osvaldo es apenas la evidencia de lo visible, aquello que cualquiera podría ver y cuestionar. Pero allí, dentro y fuera de esa identidad elegida, como la menudencia de esa vida que cabe dentro de una bolsa de plástico, está Osvaldo en toda su magnitud. Incluso, “después que ya no hubo noches / ni caminos / y los trenes se perdieron entre las guardarrayas / cual sonido del viento que choca en el vacío”.

Con otros presupuestos temáticos y estéticos, el poema “Aurea”, de Aimée G. Bolaños (Cienfuegos, 1943, enseña literatura en Brasil y Canadá) aporta otros goces: la belleza de la naturaleza y la celebración de la vida. El epígrafe de Góngora anticipa ese sentido: “Goza, goza el calor, la luz, el oro”. Y, a diferencia de otros poemas de otras poetas de la antología, aquí Bolaños sale del imaginario urbano y se refugia en una secuencia simbólica: luz-silencio-bosque. Así la cubanía llega por trillos menos previsibles. El lenguaje es delicado y esmerado. Lo sereno y lo leve se abrazan.

En otro camino de otras lejanías están la voz, la persona y la poesía de Damaris Calderón (La Habana, 1967). Afincada en el sur de América, más precisamente en Chile (desde 1995). Desde allí Damaris, como una hidra que tiene por mirada y tono el desencanto de Baudelaire, no territorializa el dolor, sus antecedentes ni causas; ella es el dolor, lo corporiza. Tampoco lo limita a su condición de mujer ni al exilio. No, Damaris va por una envergadura mayor: toda la tierra es jaula. En sus poemas aquí seleccionados y en los numerosos títulos de su obra poética se puede reconocer algo así como “la anatomía múltiple del dolor”. Sin embargo, contrario al venero de la hidra, su voz cura estetizando el dolor hasta convertirlo en hecho literario y bello desencanto: “Lo que antes fue literatura / es un río que me desborda. (…) Soy mi padre. / La hija del difunto. / La otra”.

Desde Santa Cruz de Tenerife, llega a esta antología otro poema singular: “Discurso sobre la pared”, de Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, 1964). La primera relación de este poema con la tradición lírica cubana, podría ser con Eliseo Diego, En la Calzada de Jesús del Monte (1949); y, más precisamente, con el siempre memorable “Primer Discurso”. Pero a diferencia de Eliseo Diego, ahora Díaz Corrales no canta o pronuncia un discurso desde la exaltación de aquello sublime o “más bien enorme”. Por el contrario, aquí la pared es límite y limitación limitante. Siempre detiene, reduce, simplifica el sentir y el decir. Esa pared también es censura y casa de familia: estrecha y vigilada. En su discurso, Eliseo Diego da voz y tono a la fascinación: “Calzada, reino, sueño mío, de veras tú me comprendes / cuando la demasiada luz forma nuevas paredes con el polvo / y mi costumbre me abruma y en ti ciego descanso”.

En esa misma tradición, años después hay un libro de Dulce María Loynaz: Últimos días de una casa (1958); que con otro tono más sosegado, despliega el arco narrativo de la historia de una casa, desde los buenos tiempos pretéritos hasta el ocaso y el vaciamiento. Sin embargo, en “Discurso sobre la pared”, aunque su lectura trae rápidamente recuerdos de los poemas mencionados y otros, el tono es seco y por momentos irónico cuando afloran las relaciones de los dos elementos de la analogía (pared-gobierno). La exaltación de Eliseo Diego y la épica familiar de Dulce María Loynaz aquí son sustituidas por el ostracismo de un deterioro consciente. La poeta no canta aquí a las bellezas de un barrio ni de una ciudad. Tampoco está la figura retórica de personificar y dar voz a una casa. Habla sí, con una naturalidad y una ingenuidad inquietantes, la habitante menor de la casa. Quien se atreve a decir: “Una vez quise derribar la pared / ver más allá / y mi abuelo ordenó a la pared hacerse a un lado / miré / y más allá no había nada / aun así mi abuelo insistió en que mirara otra vez / pero no puede / el miedo estaba tendiéndome la mano / y mi abuela dijo al abuelo que le sacaría los ojos si no ordenaba a la pared recolocarse”.

Es, precisamente, con esa aparente ingenuidad, que la confesión infantil de la nieta alcanza su mayor valor. El lector va reescribiendo o completando todo aquello que está detrás del silencio. No hay reclamos ni lamentos en lo escrito. Sí hay un civismo oprimido, la misma pared y toda la derrota. En el final del poema la ironía se impone: “convenimos / que ella (la pared) aceptaría tener alguna puerta / yo me encargaría / sin excepción / de que no entrara nadie”.

En otro tramo de la antología, Margarita García (Matanzas, 1959, reside en Normandie desde 1992) apuesta por una escritura descarnada, “sin litúrgico drama”, como dice uno de sus versos. Del mismo modo, Ana Rosa Díaz Naranjo (Las Tunas, 1973, ahora en Estados Unidos) escribe: “La miseria ha estado siempre, / en todas partes, / y en el centro de mi casa”. Asimismo, Rita Martin (La Habana, 1963, reside en Estados Unidos, s/f) aborda con gravedad el exilio cubano en el poema “Isla”, donde la ciudad-país es destinatario y confidente de tantos desencuentros: “Déjate vencer / ciudad soñada / invento de nuestras cabezas putrefactas”. Y en el poema “Conversación con Dulce María Loynaz” reconstruye lo perdido y amalgama fragmentos de la historia de la nación y de la cultura cubana: “El cuerpo del valiente / desmembrado / por cuatro caballos / españoles y sus campos / de concen- tración. / La República desmembrada / de un 20 de mayo. / El canto de la mujer estéril. Las tapias del jardín de Bárbara”.

Vale agregar que Bárbara es el personaje de Jardín, la novela de Loynaz antes citada. A continuación, el poema gana en ritmo e intensidad con la enumeración de familiares de Dulce María, más escritores y músicos cubanos. En esa lista también incluye otros hechos históricos y fechas de oposiciones ideológicas. Este caos elaborado saca crédito a cualquier argumento razonable, cronológico y realista. El poema, como la nación enunciada, termina configurándose en un amasijo de sucesivas ruinas y pérdidas. Finalmente, Rita Martin cita y da razón a Dulce María: “Tanta cosa en el mundo / nos fue dada. Sólo es nuestra / la pura soledad”.

Casi como un remanso o dos estaciones en el tramo final de este recorrido, aparecen dos voces de facturas lingüísticas muy diferentes y muy consolidadas. Una es predominante poeta (Reina María Rodríguez, La Habana, 1985, reside en Miami, s/f). Otra es predominantemente narradora (Zoe Valdés, La Habana, 1959, reside en París desde 1995, nacionalizada española desde 1996). Quizás el mayor aporte de Reina María a esta antología es la bondad de compartir varios poemas inéditos; que se dejan leer como complementos de una obra poética extensa, variada y espléndida. Y que, como ha dicho Rafael Rojas (artículo en Rialta, 8 de diciembre, 2019), en la obra de Reina María Rodríguez se puede explorar “el contorno de la historia que constituye el silencio de la poesía o lo que el texto calla y el territorio donde se mueve la figura pública del poeta: los otros lugares de su enunciación”.

Por otra parte, desde la reseña de presentación de Zoe Valdés en esta antología (ella no se detiene a detallar títulos, premios, distinciones, activismos, lenguajes creativos, géneros literarios ni una lista descomunal de méritos y publicaciones) hasta los poemas elegidos (breves, personales, claros, rotundos) hay un eje común: la contundencia. Ella hace del poema un lugar de encuentros comunicantes. Y después de cada lectura queda algo así como un fogonazo sonoro que retumba.

Todo resulta tan claro y aparentemente simple, que algunos de estos poemas, además del sedimento de lo dicho, dejan la naturalidad de lo ocurrido. Por ejemplo, luego de un anti-título como “Explicaciones” (lo que no se espera de la poesía ni del poema), Zoe Valdés dice: “Estamos equivocados, / tú y yo no nos parecemos, / yo elijo el erotismo, / tú la personificación escrita, / el regodeo del sensualismo. (…) / No somos iguales, poema. /Tú abandonas, yo ardo”.

Retratos en el aire

Terminado el recorrido por esta antología, es hora de volver a la imagen (siempre vigente y cada vez fundacional) de Bárbara personaje, cuidando el jardín, en la novela Jardín, de Dulce María. Incluso, la imagen se podría completar poniendo a todas las poetas aquí incluidas con la cara pegada a los barrotes de la reja, del jardín, de la trama que se complejiza y se repite. Porque, como en la novela de Loynaz y en cada rastro de la cubanía, siempre está cerca el mar. Para decir. Para callar. Para irse. Para quedarse. Para de tantos modos, unos agotados y otros cambiantes, ser y definirse.

Vale entonces aquel trabajo (de supremo y poético amor) que en el epígrafe de esta antología aparece citado: “Los retratos van esparciendo en el aire restos de emociones dispersas, y Bárbara las recoge, y las junta y va formando con todas, al azar, una sola emoción grande, extraña, indefinida”.

Acaso ese trabajo ha sido también el mayor valor de esta antología: juntar los retratos vívidos y diversos de la poesía cubana fuera del jardín, de la reja, del mar y en la dispersión de la diáspora.

Allí, donde estas poetas cubanas cultivan, en los jardines de otras resistencias.

RENÉ FUENTES
Montevideo, Uruguay
30/7/2022


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Poetas incluidas


Magaly Alabau
María del Carmen Ares Marrero
Ileana Álvarez
Uva de Aragón
Odette Alonso
María Elena Blanco
Aimee. G Bolaños
Ana Ivis Cáceres
Damaris Calderón Campos
María Eugenia Caseiro
Amelia del Castillo
Gleyvis Coro
Yosie Crespo
Sonia Díaz Corrales
Ana Rosa Díaz Naranjo
Lleny Díaz Valdivia
Lizette Espinosa
Josefina Ezpeleta
Rosa Fuentes
Laritza Fuentes López
Margarita García Alonso
María Teresa Glaría (Maité Glaría)
Julie de Grandy
Liyanis González Padrón
Zurisaday Gómez Torres
Miladis Hernández Acosta
María Elena Hernández Caballero
Ivette Hernández Más
Yankilé Hidalgo
Odalis Interián
Maya Isla
Carmen Karin
Odalis de León
Aleida Lliraldi
Yanira Marimón
Rita Martín
Lídice Megla
Ana Margarita Mireles (Ana Mieles)
Madelin Pedroza Lombana (Piky)
Isayli Pérez
Juana Rosa Pita
Liudmila Quincoses
Martha María Riqueiro Dueñas
Mireya Robles
Reina María Rodríguez
Liliana Rodríguez Peña
Zoe Valdés
Vivian Vila Morera
Ketty Blanco


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