Thursday, April 28, 2022

Historia de un soneto cubano (por Antonio J. Rubio. Revista "Hispania", volumen VI, año 1923)


Es cosa bien curiosa que un tratado comercial que, entre paréntesis, nunca llegó a aprobarse, diera origen a varias piezas de no escaso valor literario. 

Al principio fueron dos discursos parlamentarios, después un soneto de sabor clásico, más tarde una acusación de plagio, luego la polémica consiguiente que fué comidilla por algún tiempo del cotarro literario cubano — y por último, la retractación del acusador, con la obligada apoteosis del agraviado. 

Discutíase en el senado de Cuba, allá por 1903, un proyecto de tratado comercial con Inglaterra. Estando la República Cubana recién nacida, algunos senadores y políticos aprovecharon la ocasión para tratar de averiguar hasta donde se extendía la libertad de Cuba al negociar un tratado con otra nación que no fuera los Estados Unidos. Los miembros del senado se habían dividido en dos bandos, a la cabeza de los cuales estaban dos cubanos, ilustres por más de un título: Manuel Sanguily y Antonio Sánchez de Bustamante. Como en todo cuerpo parlamentario, se discutió mucho y se discurseó más, pero de todas las oraciones pronunciadas, las verdaderamente sobresalientes fueron las de Sanguily y Bustamante. 

Hay que haber oído la frase rumorosa de éste y el verbo cálido de aquél para apreciar debidamente la oratoria de estas dos figuras cubanas. Basta decir que hay ritmo en el uno y fogosidad en el otro, pero que ante todo ambos son dos oradores de una sintaxis elegante, varonil, impecable.

Evidentemente ya Sanguily anticipaba el resultado de la votación contrario a su criterio. Iba a terminar su discurso, desde entonces memorable, pero le faltaba el último período, el final famigero, tan de Sanguily, que sirviera como de corona a su oración. Y acordándose del héroe cervantino, se volvió hacia Bustamante, diciéndole: “¡Oh Caballero de la Blanca Luna! ¡Vos podréis derribarme, pero jamás me haréis confesar que no es la más fermosa dama la que yo llevo en el corazón!" Uno o dos días más tarde, apareció en “El Mundo" de la Habana el siguiente soneto; estaba dedicado a Manuel Sanguily, y al pie había esta firma: El Bachiller Sansón Carrasco. 



La más Fermosa

Que siga el caballero su camino
agravios desfaciendo con su lanza,
todo noble tesón al cabo alcanza
fijar las justas leyes del Destino.

Cálate el roto yelmo del Mambrino
y en tu rocín glorioso altivo avanza;
desoye el refranero Sancho Panza,
y en tu brazo confía y en tu sino.

No temas la esquivez de la Fortuna.
Si el Caballero de la Blanca Luna
medir sus armas con las tuyas osa,

y te derriba por contraria suerte,
de Dulcinea en ansias de la muerte
di que siempre será la más fermosa!

Poco después publicó el “Diario de la Marina" una carta de un tal Iñigo, en la cual se decía que “La más fermosa” era un plagio de otro soneto compuesto por un poeta andaluz, Rodriguez, de nombre, si mal no recuerdo.



Y aquí fué Troya... literaria. El autor del soneto no era otro que Enrique Hernández Miyares, admirador de Sanguily, y poeta y distinguido crítico teatral del diario "La Discusión,” en el cual usaba el seudónimo de "Hernán de Enríquez.” Puesta en duda su honradez literaria, Hernández Miyares aseguraba que el soneto era original suyo, y negaba que conscientemente se hubiera inspirado en ninguna composición ajena.

La acusación de Iñigo no estaba bien ni mal documentada, le faltaban pruebas, pero tampoco las tenía el apesadumbrado poeta cubano para demostrar la paternidad del soneto. A pesar de que el acusador era poco conocido, no faltó quien diera crédito a su aseveración. Don Enrique Corzo, que a la sazón escribía en “El Comercio” una sección de crítica, tomó y mantuvo la acusación de plagio. Corzo, o “Ruy Díaz" (pues éste era su suedónimo) era abogado español con fama de atrabilioso y mortificante. Sus ataques a Hernández Miyares hicieron que los partidarios de éste mandaran a España por una prueba irrecusable de la inocencia del bardo cubano. Y la prueba llegó en forma de una contestación del poeta español, que se suponía plagiado, en la que aseguraba que nunca había escrito un soneto igual o parecido a “La más fermosa.” 


Para vindicar a Hernández Miyares, sus amigos le ofrecieron un gran banquete-homenaje, el cual tuvo lugar brillantemente en el Teatro Martí de la Habana. 

De Iñigo no se supo más, y en cuanto a Ruy Diaz, véase con cuánta gentileza cantó la palinodia en la siguiente donosa confesión: 

Confiteor

Yo, pecador humilde, me confieso 
de haber dado por cierta una patraña, 
y perseguido con injusta saña 
al que hoy recibe de su triunfo el beso.

La coba de un guasón me sorbió el seso 
mientras no se deshizo la maraña, 
mas al cabo la luz llegó de España, 
y el cable dijo ayer: No hay nada de eso. 

La situación de Iñigo es horrorosa; 
calumniador, demente, o lo que sea, 
debe poner los pies en polvorosa. 

Yo cumplo con decir al que me lea, 
que en el asunto de "La más fermosa" 
me ha tocado bailar con "la más fea". 


ANTONIO J. Rubio 
BROWN UNIVERSITY





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Nota mía: (re)Leyendo el discurso de Dulce María Loynaz, en el acto de aceptación del Premio Cervantes, me llamó la atención el poema que utilizó para cerrar su discurso, al que calificó como "los más bellos versos" dedicados al Quijote.

El soneto titulado "La más fermosa", escrito por Enrique Hernández Miyares, en el año 1903, fue motivo de una interesante controversia entre poetas, con acusaciones de plagio, defensa del autor, correspondencia cruzada en la prensa, caricaturas, etc.

Supuse al leer el discurso de la Loynaz, que el poema tenía más sustancia que la belleza de sus versos, y no me equivoqué al "googlear".

Comparto la transcripción de un artículo publicado en la revista "Hispania", volumen VI, año 1923, donde se resume la polemica que originó el soneto en su momento "Al principio fueron dos discursos parlamentarios, después un soneto de sabor clásico, más tarde una acusación de plagio, luego la polémica consiguiente que fué comidilla por algún tiempo del cotarro literario cubano — y por último, la retractación del acusador, con la obligada apoteosis del agraviado".

Las ilustraciones las tomé del libro "La más fermosa: historia de un soneto. Prologada y anotada porJosé Manuel Carbonell. Habana. Editorial El Siglo XX, 1917.

Como dato curioso, en la versión oficial del discurso de Dulce María Loynaz, en el poema aparece el siguiente verso "y en tu flaco rocín altivo avanza", pero en la versión original publicada del poema y en el mismo manuscrito aparece "y en tu rocín glorioso altivo avanza". (JEM)


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