Tuesday, November 9, 2021

La música en la revista "Lis", dirigida por Nicolás Guillén. (Texto de Verónica E. Fernández Díaz)

Teatro Avellaneda
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Desde el siglo XIX Camagüey contó con gran cantidad de publicaciones periódicas al ser la tercera villa de la Isla en poseer imprenta. En las páginas de periódicos como: Boletín de Ciencias, Arte y Literatura (1846), Aguinaldo camagüeyano (1848 y 1864), La Orquesta (1864), El Colibrí (1864) dedicado a difundir el arte en sentido general; El Oriente (1867) consagrado al desarrollo de las ciencias y las artes y El Patriota (1878) periódico manuscrito dirigido a promocionar la actividad de los teatros; es posible encontrar comentarios y anuncios referidos a la música. En particular, destacan publicaciones que, como El Fanal, La crónica del Liceo de Puerto Príncipe y El Popular respondían a los intereses de Sociedades de Instrucción y Recreo como el Casino Español —luego Colonia Española—, la Filarmónica y la Popular de Santa Cecilia.

A finales de la centuria aparecieron diferentes Sociedades pertenecientes a las clases de color. Entre ellas: Ilustración (1879), La Nueva Aurora (1880) y Antonio Maceo (1899). De igual manera, surgen periódicos en los que se reflejan las actividades culturales de las mismas como: La nueva aurora (1882) relacionada a la Sociedad de igual nombre, El Progreso (1884) órgano de la Sociedad de la misma denominación, El artesano (1886) y Las dos Repúblicas (1898), entre otras que tuvieron una vida efímera. Sin embargo, no es hasta 1923 que aparece una revista dirigida a promover las actividades de las Sociedades de color camagüeyanas de la época con un espectro nacional: la revista Lis dirigida por Nicolás Guillén Batista.

La música en Lis aparece generalmente en la sección titulada “Notas sociales”, pequeñas crónicas en las que se encuentran referencias a orquestas, géneros, instrumentistas y cantantes camagüeyanos o invitados de otras provincias del país. En su mayoría, músicos de color pertenecientes o no a las Sociedades de este tipo existentes en el territorio, pero si muy vinculados a las actividades musicales desarrolladas en las mismas.

Alberto B. Noriega de Varona
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Entre las agrupaciones musicales del patio recurren con asiduidad en diferentes números de Lis la orquesta Camagüey Jazz Band de Alberto B. Noriega de Varona y Joseíto Gómez. Alberto Noriega de Varona fue considerado por el Álbum Cuba musical de 1929, uno de los más importantes músicos cubanos. Estudió clarinete con Luis Casas Romero y aprendió también saxofón y flauta; fungió como director segundo de la Banda Municipal de Camagüey y destacó como compositor de valses, paso doble y danzones. Entre sus valses más conocidos destaca el titulado La reina de las flores que, presumiblemente fue compuesto para festejar el Baile de las Flores de la Sociedad “Antonio Maceo”, baile de sala en que según la revista Lis actuaba de manera invariable la orquesta de Alberto Noriega.

Por su parte, Joseíto Gómez destacó como intérprete de diversos instrumentos —clarinete, guitarra, contrabajo y trompeta— integró la banda del Segundo Distrito Militar y compuso varias danzas y danzones. La agrupación que dirigieron ambos: Camagüey Jazz Band fue una de las primeras agrupaciones de su tipo existentes en el territorio. Surgida en 1913 se mantiene hasta aproximadamente 1925 integrada en su totalidad por músicos de color que ejecutaban instrumentos como drums, contrabajo, violín, piano, saxofones y trompeta. Formato que, si bien no cataloga como orquesta, si contiene los timbres instrumentales que caracterizan las agrupaciones jazz band norteamericanas.

Gloria City. Sierra de Cubitas.
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Poco antes de culminar el siglo XIX, la presencia de norteamericanos en la región de Camagüey fue aumentando paulatinamente. El desarrollo de la industria azucarera y otros renglones económicos como el cítrico trajo consigo diferentes asentamientos que trasladaron no solo estilos constructivos, modo de producción, cultivos y costumbres, sino también sus instrumentos musicales y tipos de música. Por ejemplo, en la comunidad conocida como Palma City del municipio Esmeralda y Gloria City de Sierra de Cubitas. En esta última se conoce la existencia de una orquesta de 12 músicos —5 mujeres y 7 hombres— con violines, violas, clarinetes y algunos instrumentos de percusión para amenizar sus fiestas, solistas acompañados por banjos o guitarras y otros conjuntos instrumentales que utilizaban como medios sonoros, clarinete, timbal y violín.[1]

Para la segunda década del siglo XX, el auge de la radio, compañías disqueras y sociedades al estilo norteamericano favoreció el boom de la música de aquel país debido a la especial relación cultural que se produce entre la Isla y Norteamérica más allá de la injerencia económica y política de esta última en la mayor de las Antillas. Tras un lógico proceso de transculturación, la influencia de esos músicos y sus agrupaciones instrumentales se traduce en la aparición de otros géneros y formatos que hoy forman parte de nuestra cultura musical: el jazz y la jazz band. Ambos definidos por la presencia de elementos afros, la capacidad de asimilación de estéticas y culturas musicales ajenas a su origen y de generar otras formas musicales; la proliferación de disímiles estilos como el fenómeno de la big band, swing, bop y cool, entre otros que presentan entre sí enormes diferencias musicales e interpretativas con base en la improvisación.

Camagüey Jazz Band
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Camagüey Jazz Band fue una de las primeras agrupaciones de su tipo en la región. Por las referencias a ella en la revista Lis se conoce que interpretó tanto música cubana como norteamericana, sobre todo danzones y fox trot.[2] Ambos, géneros bailables y de preferencia entre la población de color cuya influencia ya se había consolidado en diversos géneros musicales cubanos. Esto posibilitó la fuerte raigambre de este tipo de música y su formato instrumental en la población caribeña. Sobre todo, porque la jazz band norteamericana “[…] contribuyó (además) a un cambio profundo de la sonoridad de nuestras orquestas de música popular”.[3] Fortalecido el formato ya en la década del 20, se expandió por diferentes provincias incorporando ritmos e instrumentos netamente cubanos —fundamentalmente de percusión— y géneros como el danzón, de manera que su presencia como género musical habitual del formato contribuyó en su consolidación como baile nacional.

La composición racial de las primeras agrupaciones jazz band cubanas es un elemento que distingue este tipo de agrupación en la región camagüeyana con respecto a otras del país. Mientras en su primera etapa, las jazz band habaneras, por ejemplo, estaban integradas por músicos blancos, de buena posición social y en muchos casos egresados de carreras universitarias; la Camagüey jazz band de 1913 se componía, en su totalidad, de individuos de la raza negra pertenecientes a una pequeña burguesía de color y letrada.

Esto no hace sino confirmar las peculiaridades de la región y sus relaciones con los descendientes de africanos desde la centuria anterior. Además de servir de fundamento a la proliferación de Sociedades de Instrucción y Recreo de este tipo en el territorio y a los propios estatutos de la revista Lis, que en las “Palabras preliminares” de su primer número a cargo de Nicolás Guillén, deja esclarecidos sus objetivos y proyecciones al señalar que: “Con la revista se aspira a realizar una doble labor: dotar a Camagüey otra vez de un órgano que sea vocero amoroso de sus virtudes más altas y contribuir a la difusión de la cultura y el progreso”.[4]

Cultura que en su sentido más amplio —y en concordancia con el pensamiento que caracterizó la obra toda de Guillén— estaría encaminada a la reivindicación del hombre de color a través de la instrucción. No por azar la revista toma el nombre de Lis, palabra francesa que evoca la flor en la que se inspiraran no pocos modernistas, y cultura que no solo atañe a la cubana, sino a la americana en su sentido integral.

Las relaciones culturales entre Norteamérica y Cuba, por otra parte, se venían consolidando desde la centuria anterior. Es importante tener en cuenta que la esclavitud y las luchas por la abolición de la misma en ambos territorios es un factor común que no debe pasarse por alto. De igual manera, la huella de las culturas africanas en las músicas nacionales de ambos países es un elemento que las identifica y distingue del resto de los países de América Latina, a excepción de Brasil, cuya cultura musical, al igual que la cubana y norteamericana se significa y reconoce más por el componente afro en su música que por el indígena.

La presencia de Camagüey Jazz Band en las páginas de Lis y en las Sociedades de Instrucción y Recreo de color en Camagüey no es, tampoco, un hecho aislado. Al lado de ellas se presentaron otras agrupaciones de este tipo como la orquesta de Vitico González, luego conocida como de los Hermanos González, la orquesta de Angelito Mola, la de Nicolín Cánovas y otras invitadas de la vecina Ciego de Ávila y Caibarién.

La orquesta de Vitico González estaba integrada por los hermanos Víctor —director y saxofonista—, Chelito —piano— y Rafael —trompeta— entre otros músicos que completaron su plantilla de manera ocasional. Por ello, en la composición racial de esta agrupación se aprecia la presencia tanto de músicos negros como blancos y por ende su presentación en otros escenarios como el Club Ferroviario, la Colonia Española y las sociedades de blancos: El Liceo y Tenis Club. En su repertorio era común encontrar música cubana variada, sobre todo boleros populares como Chupando caña de Ernesto Duarte y Basta ya.

La orquesta de Angelito Mola realizó diversas actividades dentro de las sociedades de color del territorio. Las más destacadas por la revista Lis son verbenas, bailes, asaltos y veladas de concierto de la Sociedad “El Progreso”, ocasiones para las cuales ejecutaba, sobre todo, danzones y fox trot. La revista, además, devela el nombre de los integrantes de esta agrupación musical, algunos de los cuales destacan por su permanencia como músicos reconocidos en lustros posteriores. De ellos, vale la pena detenerse en Emiliano Castillo y Ángel Mola.

Banda Municipal de Camagüey. Foto año 1929
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El primero se destacó como instrumentista de la Banda Militar y Municipal donde tocaba el bombardino, fue considerado por sus colegas y amigos como el mejor ejecutante de este instrumento en la época por el sonido claro y limpio que lograba. Ángel Mola, por su parte, fue miembro de la Banda Municipal y director de la orquesta tipo jazz band “Los muchachos del swing”, que tomó su nombre de una de las vertientes del jazz norteamericano de preferencia entre sus integrantes y que luego incorporó mujeres en su seno. Entre ellas, Fela Hallowell —pianista y arreglista de música norteamericana— y la trompetista Suncia.


Por las páginas sociales de Lis se infiere que las Sociedades de color camagüeyanas se relacionaban indistintamente con estas agrupaciones. A la vez, se inclinaba por tipos de actividades musicales determinadas. Por ejemplo, la “Antonio Maceo” parece haber estado asociada a la Camagüey Jazz band y la Orquesta de Angelito Mola para la realización de bailables. En particular el llamado “Baile de las Flores” para el cual Alberto Noriega de Varona escribió su vals La reina de las Flores dedicado a la señorita Blanca Biosca, seleccionada reina del baile de esa Sociedad en 1923.

Otras actividades musicales habituales en la “Maceo” fueron las veladas que, al estilo de las tertulias decimonónica, conjugaban poesía, conferencias, música y proyecciones cinematográficas como novedad del siglo XX. En estas veladas Lis refiere la ejecución de obras para piano —aunque no menciona su título, ni el compositor— a cargo de señoritas de la Sociedad. También se interpretaba guitarra a cargo de Ángel Lazo y el banjo[5] —instrumento característico de la música tradicional norteamericana y de procedencia africana cuya ejecución se hizo común en las Sociedades de color de la época— por José Meléndez. Por otra parte, destacan las actividades líricas que tuvieron el concurso de Víctor Pacheco Zaldívar, hijo del director de orquestas y arreglista de partituras de óperas y zarzuelas para formatos orquestales pequeños Víctor Pacheco Arias y de quien su hijo aprende el amor por el arte lírico, ya de tradición en la sociedad del Camagüey. Pacheco Zaldívar se desempeñaba como director de la sección lírica de esta Sociedad. El coro por él formado en la “Maceo” interpretó, entre otras obras del repertorio lírico, el “Coro de las Segadoras” en el que intervinieron señoritas de la institución.

La Sociedad “El Progreso” por su parte, aparece asociada en Lis con la orquesta de los Hermanos González y Nicolín Cánovas en la realización de bailables. Mientras que la de Angelito Mola se destacó en la ejecución de obras de concierto —sinfonías, según se deja constancia en Lis— que de modo particular, menciona las incursiones de Angelito Mola como ejecutante del violín en dúos ocasionales con la pianista María Tornet y el guitarrista Enrique Hernández.[6] Fuera de los salones de la Sociedad, se realizaron verbenas, especie de ferias en que se vendía comida, refrescos, bebidas y se realizaban bailables al aire libre. Ocasiones en las que la orquesta de Angelito Mola era la agrupación seleccionada.

Lis hace notar, además, que en los salones de “El progreso” era habitual la ejecución de obras al piano y la interpretación de canciones y trovas cubanas en las que salen a relucir nombres como el de “Cuco” Agüero y Virgilio Guerrero. Es necesario entonces, detenerse en la figura de José de la Cruz Agüero Frías “Cuco”, destacado pedagogo del violín y compositor de obras de carácter patriótico como el Himno para coro mixto titulado Al Mayor Agramonte,[7] ya que precisamente la revista Lis dedica diferentes números a temas y figuras relacionadas con la independencia. Entre ellas, José Martí, Antonio Maceo y Salvador Cisneros Betancourt (Marqués de Santa Lucía). Por otra parte, la mayor cantidad de las fiestas de las Sociedades de color que da a conocer en sus páginas, están dedicadas a fechas importantes como “El grito de Baire” (24 de febrero) y la instauración de la República (20 de mayo).

De “Victoria” se conoce por Lis que contó con la orquesta del violinista Nicolín Cánovas y del maestro Manuel Borrero en sus actividades bailables, en particular, el denominado “Baile de las hojas”. Veladas en las cuales primó el canto, la ejecución de piano, guitarra y como elemento diferenciador, la realización de altares de Cruz de mayo, festividad de tradición andaluza en la que junto a la ceremonia religiosa se entonaban salves y música popular como cierre a la celebración. Posiblemente los altares de Cruz de mayo auspiciados por la Sociedad “Victoria” fuera una de las últimas desarrolladas en la ciudad, pues el historiador Jorge Juárez Cano asegura que este tipo de festejo desapareció a principios del siglo XX.[8]

En las referencias de Lis a las actividades de la Sociedad “Antonio Maceo” y “Victoria” destaca la realización de comparsas. Estas comparsas se entienden en su acepción de representación de un tema determinado como era costumbre en las actividades realizadas con motivo de las festividades del San Juan principeño de la centuria anterior. En las mismas tenían un peso fundamental las que representaban alegorías musicales, muestra del interés de las sociedades de color por este arte. Entre ellas, las realizadas sobre valses populares como el titulado “Las tres de la mañana”, comparsa en la que se cantó y bailó en honor de la Reina del San Juan de la Sociedad “Maceo”.[9] Además, estas comparsas constituyen otro elemento de tradición conservado por las asociaciones negras de la región, aspecto que se encuentra remarcado en los propósitos manifiestos de la revista Lis al enfatizar en: “[…] la defensa de la hermosa tradición cultural camagüeyana y beneficio de sus elementos más humildes”.[10] Es decir, el rescate y continuidad cultural de la región.

El baile es el tipo de actividad relacionada con la música que resulta común y de mayor popularidad entre las principales sociedades de color del Camagüey. Quizás por ello, Edmundo del Valls escribe una crónica impresionista en la que refiere a este tipo de actividad como espacio propicio para encontrar pareja, lucir trajes de moda y mostrar dotes de bailarín. De ahí que su autor coloque como subtítulo de la crónica “De cómo fui derrotado espiritualmente, por ser una cosa detestable, un mal bailador”.[11]

Debe recordarse que en la centuria anterior, Gaspar Betancourt Cisneros había tomado algunas páginas del periódico La Gaceta de Puerto Príncipe, en su sección de “Escenas Cotidianas” para referir al baile tanto de la aristocracia como de la gente que habitaba los llamados barrios “de orilla”. También, Antonio Bachiller y Morales en “Recuerdo de mi viaje a Puerto Príncipe” hace notar que: “La afición a bailar es extraordinaria en Puerto Príncipe”.[12] De manera que la crónica del señor Valls se fundamenta no solo en la defensa de una tradición cultural camagüeyana, sino en su pervivencia en las generaciones del presente. A ello se suma que la mención de la crónica de Lis refiere en particular al danzón, género que desde la centuria anterior se venía perfilando tanto en su estructura musical como en su coreografía y era habitual, casi obligado, en las actividades de todas las Sociedades de blancos y negros del siglo XX.

Lis, por otra parte, incluye la programación de sociedades y clubes de asociaciones de color de algunos municipios del Camagüey y de los teatros de la ciudad. Entre los primeros destacan las noticias sobre los bailes del Club “Esperanza” de Florida amenizados por la orquesta danzonera de Sixto Pintó, director y profesor de la academia municipal de música de esa localidad[13] y del Club “Unión jaronesa” del poblado de Jaronú en Esmeralda, que realizó bailes amenizados por una orquesta integrada por siete profesores de Caibarién.[14]

En cuanto a la programación de los teatros de la ciudad se destaca la presencia de músicos extranjeros como el lírico español Miguel Fletas, la violinista Rauskaya ejecutando danzas clásicas y la representación de compañías de óperas en el Teatro Avellaneda.[15] Asimismo, la presencia del guitarrista español Antonio Hernández, autor de la conocida obra La semana santa de Sevilla[16] en el Teatro Iris y los trovadores habaneros María Teresa Vera y Rafael Zequeira interpretando canciones y boleros de su autoría[17] en el teatro Camagüey.

La referencia a la actuación del dúo Vera-Zequeira no fue bien acogida por la crítica de la revista Lis, que calificó su interpretación como desfavorable quizás porque, como ha señalado la musicóloga María Teresa Linares: “[…] cantaba igual que hablaba, (sin) […] prestar atención a la dicción de las palabras. (y) […] Nunca fue preciosista en la pronunciación ni en la expresión de la voz”.[18] No obstante, y como la revista Lis se propuso llevar la alta cultura a la raza de color, este rasgo —hasta cierto punto similar al estilo improvisatorio del jazz norteamericano— era visto como un defecto ante las impecables cualidades vocales, virtuosistas e interpretativas de la alta cultura musical a las que aspiraban los asociados a estas instituciones. A pesar de ello, ya María Teresa Vera había grabado algunas obras del trovador camagüeyano Patricio Ballagas como Timidez, El trovador, El lunar y Nena y esto le aseguraba un puesto importante en los escenarios del territorio.

El rescate y continuación de la cultura camagüeyana como objetivo de la revista se evidencia, además, por la presencia de José Varona Hernández como colaborador de Lis. En el último número de 1923, bajo el título Hagamos nuestro porvenir, el señor Varona Hernández insta a la raza de color a la superación constante, a olvidar viejos resquemores y prejuicios, a dejar atrás vanas imitaciones y ser, en cambio, más virtuosos y honestos. Años antes, el propio Varona Hernández había dejado constancia —quizás por conocer la inexistencia de documentación al respecto— de la actividad en los cabildos africanos del antiguo Puerto Príncipe. La cual constituye hoy día, la única evidencia detallada de la función de los mismos, sus rituales, música, cantos e instrumentos musicales empleados.

Estos dos trabajos de José Varona Hernández, aunque fueron escritos en fechas y con propósitos diferentes, están relacionados entre sí. Si bien el objeto del artículo sobre los cabildos africanos daba a conocer la cultura de este grupo social —en el sentido amplio del término y de la cual no se había hablado suficiente como sí sucedió en otros territorios de la Isla—; no es menos cierto que como institución, los cabildos tuvieron como fin salvaguardar dicho acervo al fungir como organizaciones de asistencia mutua; formar una sociedad de pura diversión y socorro.

Al producirse la abolición de la esclavitud en 1886 y de los cabildos como su asociación legal, los descendientes libres de africanos y mestizos cubanos continuaron reuniéndose y celebrando sus fiestas tradicionales. Pero este negro libre tenía ahora una mejor posición económica y un nuevo reconocimiento social —no solo en Cuba sino también en las dos Américas—, de manera que las Sociedades de Color en la región, bajo el apelativo de Instrucción y Recreo serían la continuación del antiguo cabildo, mantendrían esa tradición cultural, incentivarían la erudición e incorporarían otros elementos culturales/musicales presentes en la Isla.


De ahí que Varona Hernández en su artículo de Lis titulado “Hagamos nuestro porvenir”, advirtiendo esa continuidad, ese legado cultural y alertando sobre la necesidad de defensa del reconocimiento social alcanzado, expresara:
Piense nuestra entidad que, no con un título de Mandatario, Procurador, Comadrona, Modista &, queda resuelto el problema, ¡no! Es, elevándonos por sobre disensiones y bastardías de disociadores pareceres de antaño, es, dejando como bagaje inútil la arcaica carga de desiguales cunas; […] es estudiando hondamente nuestros problemas y viendo de mejorar […] nuestras facultades intelectivas. […]

Hacia ese fin, deben de tender todas nuestras iniciativas, ese debe ser todo nuestro solo anhelo […] puesto que, de ese entrelazamiento de los intereses de todos, brota la fuente más pura de la energía nacional.

Pensemos siempre, que a la Patria y a la entidad social nuestra, no se le sirve con lirismos inútiles; la mejor manera de honrarla es, honrándonos en aumento de decoro […] depurándola de males, a medida que nos depuramos nosotros mismos.[19]
De esta manera y aún siendo una revista local, Lis —por el contenido de los trabajos que publicó— se convirtió en órgano defensor de los derechos y anhelos de la raza de color, en revista cultural/didáctica que contribuiría en la formación de valores de este sector poblacional y fuerza impulsora del interés por el conocimiento. En particular, hacia los temas y las figuras de la Patria. Mientras que por su estructura puede compararse con otras revistas culturales de la época en la que colaboraron hombres —blancos o negros— que representan la estética modernista de aquellos tiempos: José Enrique Rodó, Rubén Darío, Amado Nervo y Julián del Casal; de la literatura clásica: Alejandro Dumas, Honorato de Balzac, Guy de Maupassant, Rabindranath Tagore o Víctor Hugo y mujeres que defendía su lugar en la sociedad desde diferentes profesiones y campos como Aurelia del Castillo y Josefa Guillén.

Nicolás Guillén
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En lugar especial puso Lis a la intelectualidad camagüeyana, alzando las voces negras y mulatas de su director Nicolás Guillén, Félix Nápoles, Edmundo del Valls y Tomás Vélez cuyos artículos de corte social y trabajos literarios en diversos géneros marcaron la orientación de la revista como “[…] reflejo del espíritu de los cubanos de la época”.[20]






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[1] Cfr. Martha Esquenazi Pérez: Del areíto y otros sones. Ed. Adagio, Centro Nacional de Escuelas de Arte, 2007. p. 176.

[2] Fox trot es un baile popular estadounidense que nace en 1912 con las primeras orquestas de Jazz. Su nombre significa, literalmente, "trote del zorro" y este nombre alude a las primitivas danzas negras que imitaban pasos de animales y en las que se inspiraron los primeros bailarines de Fox trot. Es un baile de ritmo cortado y alegre.

[3] Juan Carlos Malagón: “La big band en Cuba. Entre rumbas y lentejuelas” en, Clave Nos. 1-3, Año 6, 2004, p. 3.

[4] Nicolás Guillén Batista: “Palabra preliminares” en, Lis No. 1, Año 1, 10 de enero de 1923.

[5] Banjo: instrumento musical de cinco cuerdas constituido por un aro o anillo de madera circular de unos 35 cm de diámetro, cubierto por un "parche" de plástico o piel a modo de tapa de guitarra. El parche y el anillo de madera se ensamblan con tornillos metálicos (y el resonador de madera que se añade posteriormente también). La mezcla de materiales que conforman el banjo consigue uno de los instrumentos musicales con un sonido más característico e inconfundible que existen.

[6] “Sociales de El Progreso” en, Lis No. 12, Año 1, 30 de abril de 1923.

[7] Cfr. Verónica Fernández Díaz: “Un diamante en la música” en, Cuadernos de historia principeña 9.Ed. Ácana, Camagüey, 2010. Pp. 74 y 81.

[8] FONDO Jorge Juárez Cano, carpeta 122. Archivo Histórico Provincial de Camagüey.

[9] “Sociales de Maceo” en, Lis No. 18, año 1, 30 de junio de 1923.

[10] José Armando Pla: “Cinco párrafos” en, Lis No. 2, año 1, 20 de enero de 1923.

[11] Edmundo del Vals: “La influencia taumatúrgica del baile en Sociedad. De cómo fui derrotado espiritualmente, por ser una cosa detestable, un mal bailador” en, Lis No. 3, año 1, 30 de enero de 1923.

[12] Antonio Bachiller y Morales: “Recuerdos de mi viaje a Puerto príncipe” en Prosas Cubanas. T.1. Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1962, p. 211.

[13] Lis No. 8, año 1, 20 de marzo de 1923 y No.11, año1, 20 de abril de 1923.

[14] Lis No. 16, año 1, 10 de junio de 1923.

[15] Lis No. 8, año 1, 20 de marzo de 1923.

[16] Lis No. 12, año 1, 30 de abril de 1923.

[17] Lis No. 13 año 1, 10 de mayo de 1923.

[18] Jorge Calderón: María Teresa Vera. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1986, p.30.

[19] José Varona Hernández. “Hagamos nuestro porvenir” en, Lis No.18, año 1, 30 de junio de 1923.

[20] Ernestina Hernández Bardanca y Alicia Moreno: “Dirección y proyección de la revista” en, Estudio crítico bibliográfico de la revista Lis. Biblioteca Provincial Julio A. Mella, Camagüey, 1993 (s.e.).







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Verónica E. Fernández Díaz. Nació en Camagüey, el 28 de enero de 1972. Doctora en Ciencias sobre Arte, Profesora Titular e investigadora Auxiliar de la Universidad de las Artes y el Centro de Estudios Nicolás Guillén. Premio Anual de Investigación Cultural 2007 con “Diccionario de la música camagüeyana. Siglo XIX” y 2015 con “Música e identidad cultural. Puerto Príncipe 1800-1868. Premio CUBADISCO 2014 en Producción de Investigación Musical con el CD Páginas de vida. Música camagüeyana del siglo XIX. 3er Premio de Musicología Argeliers León de la Uneac 2017 con el estudio de la obra de José Marín Varona.

Tiene publicado el libro Diccionario de Música camagüeyana. Siglo XIX, y varios artículos en Cuadernos de Historia Principeña de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey, el Anuario de la Universidad de las Artes y la revista Antenas de su ciudad natal. También tiene trabajos publicados en la revista Videncia de Ciego de Ávila, Sic de Santiago de Cuba y Clave de Ciudad de La Habana, así como artículos en varios libros. Otros trabajos suyos se han publicados en Lisboa, Portugal; Baeza, España y Santiago de los Caballeros, República Dominicana.

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