Thursday, September 23, 2021

Las sombras del caos sobre Santiago de Cuba (por Rafael Duharte Jiménez)


La historia de Santiago de Cuba tiene páginas de horror que muchas veces apenas constituyen una breve referencia en los libros y generalmente están ausentes de las aulas, donde historiadores y profesores privilegian las narrativas heroicas para explicar la tradición de rebeldía de los santiagueros.

Los ataques de los corsarios y piratas a la ciudad sembraron el terror en numerosas ocasiones en el vecindario el cual huyo despavorido hacia el poblado del Caney; quizás sin embargo la invasión y saqueo de los ingleses en 1662, fue uno de los momentos más traumáticos. Sobre este olvidado episodio, escribió Bacardí lo siguiente en sus crónicas:
El Gobernador con 170 soldados y algunos voluntarios les salio al encuentro, siendo completamente derrotado y rindiéndose el Morro. Morales se retiro al Caney con la mayor parte de las familias de esta ciudad. Los invasores saquearon la ciudad, dieron fuego a la población, consumiéndose la Catedral, la casa de Roca, la de Osuna y el castillo del Morro.
Entre los numerosos terremotos que afectaron a Santiago en sus primeros siglos de existencia, el peor parece haber sido el del 11 de junio de 1766. Sobre el mismo comenta Bacardí:
… un horroroso terremoto llenó de desolación a la Muy Noble y Leal población de Santiago de Cuba, destruyendo la mayoría de los edificios y ocasionando numerosas victimas (…) Hubo más de ciento veinte muertos, entre ellos el Alcalde provincial D. Juan Antonio Saviñon, y se contaron más de seiscientos heridos. El primer cirujano de la plaza, licenciado D. José Rodríguez, se desvivió curando y amputando…
Algunos piensan sin embargo que nada fue peor que los primeros días de julio de 1898, cuando los habitantes de la ciudad se vieron atrapados entre dos fuegos; de un lado las tropas norteamericanas que con el apoyo de los mambises avanzaban sobre la ciudad y del otro la flota española anclada en la bahía y una guarnición dispuesta a no rendir la plaza.

El día primero en medio del calor infernal del verano, el hambre y la incertidumbre, los santiagueros escucharon a lo lejos el retumbar de la fusileria y la artillería en los combates del fuerte del Viso en el Caney y la Loma de San Juan.

El día 3 la ciudad despertó con el aterrador cañoneo de la flota norteamericana contra las baterías costeras españolas de La Estrella y La Socapa y los barcos de la escuadra del Almirante Cervera que salían por la boca del Morro y eran perseguidos a lo largo de la costa.

Cuando en unas horas terminó la batalla naval, se hizo un silencio sepulcral y rápidamente comenzó a circular el rumor en el vecindario de que la escuadra norteamericana comenzaría a disparar contra la guarnición española de la ciudad.

El día 5 de julio unos 30 mil santiagueros con sus bártulos a cuestas, salieron en estampida de la ciudad, fue un éxodo terrible de familias a campo traviesa. El periodista Joaquín Navarro Riera que iba entre los que huían, público años después su testimonio sobre aquel momento de locura colectiva:
…y llegó el terrible 5 de julio de 1898, el día del éxodo que tuvo que emprender, victima de todos los sufrimientos por la libertad de la patria, la mártir población de Santiago de Cuba. Entre la masa de aquellos treinta mil habitantes que huían de la capital de Oriente, rumbo al campo revolucionario, para esquivar los peligros del bombardeo yanqui contra la guarnición española que aun resistía por la obcecación de sus jefes (…) En medio del oleaje humano de los emigrantes que iban a El Caney se destacó, a mis ojos, la figura del doctor Hartmann. Iba a caballo, algo encorvado sobre la montura, con un paraguas abierto. Su larga barba le imprimía más que nunca, el aspecto de un patriarca bíblico, e idealizaba más aquella visión la presencia de una nieta del gran medico, la bellísima señorita Katty Woodcock, que, a pie, iba guiando en algunos malos pasos del camino el caballo en que viajaba su ilustre abuelo.
El bombardeo finalmente no se produjo, aunque la guarnición no rindió la ciudad a los norteamericanos hasta el 16 de julio, entonces los santiagueros regresaron a sus casas. Aquel éxodo debió quedar en la memoria colectiva de varias generaciones de santiagueros como la huida de Egipto en la de los hebreos.

En las primeras décadas del siglo veinte nuevamente las sombras se cernieron sobre la ciudad de Santiago de Cuba. Todo comenzó según marco el reloj de la Catedral a la 1 y13 de la madrugada del miércoles 3 de febrero d 1932.

Un estupendo reportaje publicado en el periódico Diario de Cuba ofrece una visión dantesca de aquel oscuro momento vivido por los santiagueros:
… se sintió una leve sacudida, inmediatamente otra de mayor intensidad, y tras un leve momento de descanso la tierra se conmovió en epilépticas convulsiones. (…) Hombres, mujeres y niños se lanzaron a las calles, clamando misericordia divina, mientras que, los toques de campana de los carros de bomberos, puestos rápidamente en movimiento, recorrían la ciudad (…) Las familias iniciaron, inmediatamente, el éxodo hacia el campo o hacia lugares apartados de la ciudad. Los parques se colmaron de publico (…) Cuando el sol alumbró pudo verse la intensidad de la hecatombe. Montones de piedras, maderas y bloques de cemento interrumpían el transito. Las casas presentaban grietas por doquier. Las cornisas de los grandes edificios estaban caídas o amenazando con el derrumbe.
Durante algún tiempo las replicas continuaron asustando a los santiagueros, pero la ciudad se recuperó decía la prensa de la época con orgullos: “por sus propios y grandes esfuerzos”.

Algunos historiadores gustan de recrear los hechos bélicos, particularmente si están rodeados de himnos y banderas desplegadas y suelen ignorar la importancia que tiene la adversidad para templar el carácter. Si se desconocen o minimizan aquellos momentos de caos en que los habitantes de Santiago de Cuba se sintieron abandonados a su suerte, no podríamos conocer cabalmente a los santiagueros.





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Rafael Duharte Jiménez (Santiago de Cuba, 1947). Profesor, Historiador Ensayista y Guionista de radio y televisión. Ha publicado 12 libros, numerosos artículos y ensayos en revistas en Cuba y el extranjero y una Historia Audiovisual de Santiago de Cuba que consta de 355 audiovisuales de 12 minutos cada uno; conferencista en 28 universidades y centros de investigación en El Caribe, América Latina, Europa y Los Estados Unidos. Es miembro de la UNIHC y la UNEAC. Actualmente labora como especialista de la Oficina de la Historiadora de la Ciudad de Santiago de Cuba.

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