Friday, February 7, 2020

El amigo de Casal: Teniente Coronel Eduardo Rosell Malpica (por María del Carmen Muzio)


El 6 de marzo de 1893, desde Nueva Orleáns, Eduardo Rosell Malpica (1870-1897) le escribe a su amigo en La Habana, el poeta Julián del Casal (1863-1893) preguntándole si hay noticias sobre una expedición salida de Cayo Hueso: «Te las pido porque, aunque sé que no son de tus aficiones, muchas veces, por vivir en la administración del País, te enterarás de ellas, hasta sin querer. A mí me interesan, pues veo en ellas una manera bonita de acabar.»(1).    De la amistad de ambos hombres –de la que se ha especulado suficientemente sin que tenga relevancia para una valoración histórica y literaria de ambos– existe la profusa correspondencia recopilada durante el tiempo que Rosell viajó a Madrid, y luego a Estados Unidos para estudiar Química. Así lo exigía la familia, en especial su tío Domingo Malpica(2), por ser heredero del ingenio Dolores en Matanzas.

Las cartas de Eduardo Rosell demuestran una comunidad de intereses literarios, intercambio de libros, muchos de ellos solicitados a París, dominio del francés e inquietudes literarias. Sabido es que Casal fue enterrado en el panteón familiar de los Rosell-Saurí que años más tarde también acogería los del amigo.

Tanto para la literatura como para la historiografía militar, Eduardo Rosell y Malpica apenas es conocimiento de unos pocos, y más que nada, por su relación con el poeta de Nieve. Sin embargo, la lectura de sus cartas y de su Diario durante los años que estuvo en la guerra (1895-97) brindan la imagen del joven de grandes aptitudes inmolado por la causa independentista, perdida irremediablemente aquella figura culta, que temía enseñar sus escritos por considerarlos de poco valor, y que lo dejó todo para ir a la guerra, aunque disfrazara su actitud tras el spleen. « […] fue Rosell el único hacendado, condueño de un gran ingenio, que muere con las armas en la mano para independizar a Cuba.»(3)


Y los avatares del Diario son dignos de la mejor trama novelesca posible. Cinco libretas lo componen, y en la primera página de cada una escribía con ligeras modificaciones que en caso de extravío «agradeceré al que me las encuentre las envíe a mi amigo Edo. Rosell, Merced No. 24 o Apartado 486, Habana, Cuba.» Halladas en la manigua por el coronel Pavía, quien irrumpiera gracias a una traición en el campamento Ohito, una bala certera hizo caer mortalmente herido a Rosell, reconocido su cadáver como el del Jefe del Estado Mayor de la Brigada Oeste de Matanzas, el oficial español copió de aquellas libretas los datos militares que le resultaron de interés, dio sepultura en el cementerio de Alacranes al teniente coronel mambí y después le hizo llegar a la familia el Diario. Parece que este coronel Pavía era de los pocos caballeros españoles que luchó en nuestra guerra que actuó con nobleza ante el enemigo, quizás al reconocer el abolengo de la familia del caído.

Recuperadas las libretas, exhumado Rosell al finalizar la Guerra y llevado al panteón familiar con honores de sus amigos de la Acera del Louvre; estas son cedidas después al general Pedro Betancourt a cuyas órdenes estuvo Rosell, quien se las dio al historiador Benigno Souza para su publicación. Actualmente, es muy difícil acceder a los dos tomos del Diario, pues en la mayoría de las bibliotecas se encuentra incompleto, a no ser en la del Centro Cultural «Padre Félix Varela».

Dos tomos conforman el Diario. El primero, «En camino» trata sobre las vicisitudes para enrolarse en una expedición que lo trajera a las costas cubanas; por lo que escribe varado en Nassau, pendiente de juicio los expedicionarios apresados y al fin, cuando logra regresar a New York. Sus criterios sobre la Junta Revolucionaria y algunas figuras de la emigración resultan objetivas y mesuradas: «En la Junta creo que hay mar de fondo; todo el mundo está conforme en reconocer la poca acometida de Estrada Palma (me temo serias complicaciones y disidencias.»(4)     Ofrece criterios escuchados por los cubanos de la emigración sobre los líderes, muchos de ellos escritos de oídas, como sucede con los juicios sobre Martí.

Este primer tomo ejemplifica con claridad y de manera imparcial –uno de los logros de su prosa– las rencillas y resquemores acumulados por los jefes de la Guerra del 68 contra algunos de los líderes del 95, lo que dio lugar a expediciones frustradas y que la incorporación de los expedicionarios dependiera de subjetividades.

El spleen que no lo abandonaría –presente en sus cartas– lo recorre por varios momentos, en especial los momentos vividos en Nassau. No obstante, aun así hay momentos para sus inquietudes literarias: «Esta mañana desperté temprano, y cuando me levanté, lo hice de buen humor por habérseme ocurrido escribir dos o tres cuentecitos para cuyo complemento necesito de datos. Uno de ellos, pienso titularlo Plagio.

Para más informes necesito hablar con Pepillo de Armas. El otro se llamará Encasquillado. ¡Qué feliz ha sido el hallazgo de esta palabra!»(5)

El tomo II «En la guerra» comienza con su desembarco el 28 de marzo de 1896 junto al general Calixto García por la ensenada del río Maraví en Oriente. Y comienza su odisea sobre la tierra patria: los caballos que se derrengan la mayoría por sus 200 libras de peso, –problema que lo acompañará siempre–; su desasosiego ante el cargo civil impuesto por su nivel cultural y al que reniega, incluso petición rechazada por el general Máximo Gómez.

Únicamente en la zona matancera logra deshacerse de él porque «[…] no me gustan los cargos civiles, me parecen ridículos aparte de la gran responsabilidad que pesa sobre los de mi clase». Solo logra deshacerse de este cuando encuentra al joven Armando Menocal, conocido suyo, al que considera un joven agradable de fácil conversación; y después de haber recorrido casi todo el país. Ingresa como soldado y Jefe del Estado Mayor del general Pedro Betancourt el 1 de octubre de 1896.
Sus opiniones sobre los grandes de la Guerra son interesantes, a pesar de que, en ocasiones, transcribe anécdotas escuchadas no del todo fidedignas. El famoso combate de Hato de Jicarita lo narra de oídas. Del general Lacret opina que: «El único defecto de Lacret es que desconoce el valor del dinero […] Es una lástima lo de Lacret porque honrado, lo es; en su persona no gasta nada; ni siquiera tiene ropa, pero en cambio le consiente a sus oficiales y soldados muchas cosas.»(6)

En uno de sus momentos de reflexión, no exentos de su humor criollo anota: «De Oriente traigo mi coquito, las espuelas de Camagüey, de Las Villas mi machete, sólo me falta algo de Matanzas, a más de los malos ratos que he pasado en ella probablemente será una herida. ¡Y menos mal que no sea mortal!»(7)

Conmocionado ante la muerte del general Antonio Maceo escribe sentidas palabras de las cuales se deduce que lo conoció junto con Casal en la Acera del Louvre: «Sufro la misma sensación que si hubiera perdido a una persona de mi familia; solo lo vi una vez allá por el año 90, cuando estuvo en La Habana conspirando, pero parece mentira como llega uno a identificarse con una idea y con sus principales sostenedores.»(8)  Destierra entonces cualquier duda sobre su incorporación a la guerra para «una bonita manera de acabar».

Ante su ingenio devastado: «[…] los pormenores de la guerra del Dolores. ¡Pobre ingenio! Constituía toda mi esperanza, inútil fue que no moliera el año pasado y que diera todo el dinero que se le pedía, todo por Cuba; como dice Lacret.»(9)

Más adelante, ante la esperanza de los mambises por el cercano fin de la Guerra cavila: « ¡Qué pena me da ver tantos campos desiertos, los cultivos abandonados, tantas viviendas destruidas. ¡Qué trabajo va a costar reconstruir todo eso! Muy cara pagamos nuestra independencia y la terquedad de nuestros dominadores. ¿Cuándo se convencerán de que está para ellos esto, definitiva, irremediablemente perdido?»(10)

En una mirada modernista admira el paisaje del Carril de Guanamón de Armenteros que le recuerda «esos grandes paseos europeos». Siente la diferencia entre el Oriente y el Occidente mucho más azotado por las tropas españolas. Debido al frío no podían dormir en hamacas y lo hacían en el suelo «ablandado con hojas de plátano». Y se define como un «hombre metódico» porque le gusta cuando están más de un día en el mismo campamento, cuestión harto difícil por la persecución enemiga y porque el general Betancourt, hombre muy vital, imprimía gran movilidad a su ejército. Anota una frase que oyó sobre los caránganos(11)  y le gustó: « ¡El que no los tiene es indudablemente espía de los españoles!»

Del 29 de enero de 1897 es una estremecedora nota: «Si es cierto lo de Weyler, vendrán a atacarnos aquí, en Guanamón; quizás hoy o mañana me encuentre aquí la muerte. ¿Chi lo sa?»(12)

Apenas cinco días después moría en el ataque sorpresivo al campamento del general Pedro Betancourt en el Ohito. Los pocos que lograron escapar lo hicieron por la Ciénaga. Se perdía uno de los grandes jóvenes del futuro de Cuba, el que según Souza fue «criado en la opulencia, hacendado, acostumbrado a la vida del sibarita, gran gourmet, casero, muy casero, adorando su hogar, su familia» pero que no le importó dormir en el suelo que estar lleno de caránganos o contemplar en llamas su ingenio, porque para él, también, era necesario ¡todo por Cuba!




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  1. Sarría Leonardo, Epistolario de Julián del Casal, Ediciones UH, La Habana, 2018.
  2. Autor de una novela caída en el olvido: En el cafetal
  3. Souza, Benigno, Diario del Teniente Coronel Eduardo Rosell Malpica, Academia de la Historia, tomo I, La Habana, 1950.
  4. Souza, Benigno, Diario del Teniente Coronel Eduardo Rosell Malpica, Academia de la Historia, tomo I, La Habana, 1950, p.114.
  5. Ibídem, tomo II, p. 177.
  6. Ibídem, p. 90
  7. Ibídem, pp. 105-106
  8. Ibídem, p. 144
  9. Ibídem, p. 134
  10. Ibídem, p. 153
  11. Piojos
  12. Souza, Benigno, Diario del Teniente Coronel Eduardo Rosell Malpica, Academia de la Historia, tomo I, La Habana, 1950, p. 159





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Ver
María del Carmen Muzio, en el blog

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María del Carmen Muzio Zarranz (La Habana, 1947). Tiene publicadas las novelas El camafeo negro (1989), Sonata para un espía (1990), La Cuarta Versión (2000) y Dios no te va a entender (2015), así como los ensayos Andrés Quimbisa (2001), María Luisa Milanés: el suicidio de una época (2005) y el libro de cuentos para niñosLos perros van al cielo (2004). Ha merecido varios galardones y reconocimientos entre los que destacan su mención en el Concurso Internacional Relato Policial, Semana Negra, Gijón, España (2002) y la del centro “Juan Marinello” por su ensayo sociocultural sobre la figura de Andrés Petit.

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