Thursday, July 11, 2019

Aleisa Ribalta Guzmán: estro y cerebro (por Manuel Vázquez Portal)


Aunque escribía desde muy joven, quizás por pudor, o por temor, o por respeto a tanta poesía cantada, contada y escrita desde los inicios del tiempo del "Reino de este mundo", no es hasta la bella e independiente otoñalidad de las cuarentonas (y ya se conoce la de matices que tiene todo otoño), que Aleisa Ribalta Guzmán se decidió a publicar sus dos primeros libros.

De niña declamaba. Sus inocentes manos moldeaban en el aire versos ajenos, de los que se adueñaba en su recitar para sentir en carne propia las vibraciones. Con vocecilla trémula rafagueaba metáforas que apenas si comprendía a cabalidad, pero que ponían en su piel irisaciones de núbil arrobada. Fue desde entonces que la poesía la penetró como un garañón febril y la enseñó a amarla; la poesía, ya se sabe, puede ser un sátiro libidinoso o una ramera descocada o ambas cosas simultáneamente. Lo que, quizás, en ese momento, no sabía Aleisa Ribalta Guzmán, era que ese amor sería para siempre, el breve siempre humano, y que la arrastraría hacia una dimensión donde todo es posible si se tiene la bendición/maldición de ser poeta, y se poseen los garabatos/ santo y seña/ del sonido.

Aleisa Ribalta Guzmán es una poetisa (y que conste, escribo poetisa por pura tradición semántica; una sacerdotisa no es un sacerdote, aunque el sacerdocio sea el mismo; pero, como la lengua es diacrónica, según indican, desde los más elementales hasta los más rigurosos, estudios lingüísticos, hoy es más común escribir poeta para referirse a la poetisa; y que a mí, en particular, me importa un carajo esa obsesión genérica, porque una concavidad o una protuberancia, no es lo que define al ser humano, y resulta, en fin, lo que verdaderamente me interesa) y ella guarda en sus versos una serenidad y belleza que la acorazan contra etiquetas, melindres y otros cacareos extraliterarios. Ella parece de pedernal puro cuando se tiene a prudencial distancia, pero, cuando se le camina por el alma, se descubre que es blanda y luminosa como la puerta de entrada a un universo paralelo. Así que poeta o poetisa, me propongo algunas aproximaciones a su poesía que es más esencial que esas bronquitas musicales, además de baladíes, entre "pitos" y "trompas".


Digo aproximaciones a su poesía porque toda valoración es apenas una aproximación al universo del poeta en cuestión, al menos para mi. No creo en el concepto de crítica constructiva porque me resulta socialistoide e hipócrita, un modo solapado de destrucción que aspira a la aprobación del criticado y resulta ser una especie de autoinculpación a la manera stalinista. No creo en el concepto de crítica cómplice porque se torna traicionero, veo en él un modo adulón para no decirle la verdad al amigo, y al cómplice debe decírsele toda la verdad, aunque sea en privado. Luego hacer una valoración estética publica debe regirse solo por el instrumental teórico que respalde la opinión.

En una primera lectura de la poesía de Ribalta Guzmán, la cual, por lo general, decide si se vuelve a por más o no, da la impresión de que escribe una poesía neuronal, que, dicho sea de paso, nada tiene de rechazable si alcanza la elevación y donaire que requiere, pero ya en las lecturas exegéticas que impone hasta el más humilde estudio, se descubre que no es solo fabricación cuidadosa sino que también hay en ella un estro poético que le propicia las resonancias que, luego burila con oficiosa mano lo valioso o taja con cruel navaja lo tumefacto de la versión primaria atrapada de la imago fugaz que una vez disuelta se pierde para siempre.

El primer indicio de esa combinación que algunos suelen llamar délfico/órfica y otros contenido/forma, Aleisa la proporciona en el poema A garabatos, cuyos versos cito en el segundo párrafo. Se necesita poseer la velocidad del trazo urgente (el garabato, engrasado por la acumulación y el sedimento cultural y alertado por el estro poético propio, añadiría yo), el oído proclive a las resonancias (conocer el santo y seña para que se abra el canal de lo inefable) y escuchar (el sonido) la armonía universal dentro del babélico chillar del parloteo inútil. Y he ahí que, más tarde, vendrá la parte cerebral de artesanía para conseguir una pieza digna: las estrellas son curiosas/ novias desde su propio azoro ante la nada.

Si en su primer libro, Talud, Editorial Bokeh, 2018, ya suena el verso sosegado y terso que la caracteriza, aunque aún falta la madurez que se alcanza, en este sentido, en Tablero, Editorial Verbo(des)nudo, 2019. Talud, como todo buen libro inicial muestra al poeta que se lo echó a cuestas y salió airoso, pero paga la cuota de adolescencias de estructuras caprichosas y deja transparentar óptimas influencias junto a otras no tan beneficiosas. No importa si el poeta tomó exprofeso las influencias, sino el resultado estético. En toda intertextualidad o apropiación, como en las analogías, una de las partes comparadas suele perder. Si la influencia es mala, pierde el que la permite. A Talud, excelente libro, en su mayor parte, lo salva la cuota de integridad, honestidad y amor/nostalgia que destilan la mayoría de los poemas, sobre todo, aquellos que le arrancan su éxodo propio de la tierra natal, donde la luz no es más/ que el reflejo del mar/ en cada lágrima, y, La ciudad de las nostalgias/ y de los nostálgicos que la habitan/ ha dejado de existir.

En Tablero ya estamos en presencia de una poetisa (poeta) de mayores quilates. Aquí, además del verso equilibrado y elaborado hasta el tuétano, escuchamos un tono más salmódico y melodioso, una voz más reposada y límpida, un atrevimiento conceptual más elocuente, y sugerente al mismo tiempo, en el que la polisemia toma bifurcaciones de dimensiones impactantes. No vertían allí más que sus sueños/ los jóvenes lánguidos y casamenteros/ en busca de su leyenda más real, y saben que han perdido algo tan preciado como el sueño congelado de una diosa.

¡Qué Catarina ésa, la Fagunda! Se exclama a la manera de los hexámetros épicos de los grandes rapsodas en Tablero, con el aire narrativo de los antiguos aedas sin que se pierda la contemporaneidad ni la sustancialidad. Y es que, ya a estas alturas, Ribalta Guzmán cierra los ojos porque sabe que la derrota es del que suelte el arpón. Aquí ya está la poeta (poetisa) entera. De ahora en adelante habrá que oírla (leerla) con la atención de quien sabe que se halla frente a la madurez de un ser dispuesto a expresar lo que cree su trascendencia propia.

Para muestra de lo que sostengo, "sin honda energía" pero con una convicción abierta a todo debate, aquí les dejo dos poemas de Aleisa.


Astro jodedor
(del libro Talud)

Para Alejandro Fonseca, in memoriam.


Y ahora, ponte el sextante al lomo
 que no te faltarán constelaciones.

Puesto a catalogar
no te querrás perder,
agarra brújula y azafea
y llévate una caneca
de aquello, por si acaso.

Sé que no puedes ni nombrarlo,
pero un día es un día.
Date el buche y pa’abajo.
Anonimemos eso.

Te advierto: las estrellas son novias
curiosas desde su propio azoro ante la nada.
Qué haces aquí y por cuánto tiempo
estarás, qué fue lo que te trajo,
caramba, cómo fue que caíste. En fin,
ese tipo de cosas que una estrella pregunta.

Tú no abras boca y contempla,
déjalas, feliz, inquisitarte el alma.

Sin prisa, enfoca el equatorium,
presume por vez primera de astrolabio,
sácales de remate un buen torquetum
despampanante y en desuso,
pa’ que sufran, bellezas.

Total, Galileo y el telescopio
se mueven ya patentados.

¡Ah! pero en eso de divisar
los golpes en la sombra, el cielo amplio,
el tiempo deslumbrado y tu ínsula
(de dónde va a ser) del Cosmos Barataria,
no te ganará nadie la pelea,
viejo poeta socarrón,
astro jodedor maldito,
hoy por la estela
de ti mismo
rejuvenecido.




A tiras y embadurnada 
(Del libro Tablero
"y ahora alumbra tu oficio
con su silencio fugitivo,
en son sereno como de agua a mediodía."
Claudio Rodríguez


¡Que Catarina ésa, la Fagunda! No se lo creería ni Dios.
Decían los marineros que iban a verle los tersos muslos
¡que hembra, cómo arponea la bestia, menudas ancas
pero que pobres brazos!, ¿cómo es posible tanta fuerza?

Ballenas surcan los mares de Terranova,
ahí va la hija de Joao, arpón de la casa Álvarez Fagundes,
mano tibia y púber, de casi niña,
hasta que entierra dura, y el lomo sangra…

Dicen que la ballena herida se hunde
mientras se desangra muy despacio
que sale varias veces a respirar,
y que el soplo es tenebroso.

Sola entre mozos, embadurnada de aquella sangraza
con manteca, dentro de una chalupa que se bandea
y se va a pique. Toda vida de mar es sin garante, dice el padre,
y lo sabe pues está a punto de sucumbir en un charco rojo. 
La Fagunda cierra los ojos, entierra más,
piensa en los tres hijos que un día tendrá,
en cuántas bocas pueden comer de una tira de carne,
en el aceite de la cámara que necesita más lumbre,
en su padre que viaja de punta a punta
del océano fundando islas con su nombre. 
Cierra los ojos porque sabe que la derrota
es del que suelte el arpón
esta vez no será ella, se dice, a oscuras…
sola con la voz de un poeta del que le separan siglos.

Como soplo de ballena, indescifrable
vuela en el tiempo el mejor consejo
a la niña asustada que todavía es:
"Y no mires al mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora".




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Ver Aleisa Ribalta en el blog

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