Friday, March 2, 2018

Polvo de alas: entre el ser y el deber ser (por María Antonia Borroto Trujillo)

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Las entrevistas se suelen calificar en dos grandes grupos, de personalidad o de opinión. Así dicen los manuales de periodismo, mas ellos, siempre reductores, no podrían dar cuenta de un libro como Polvo de alas. El guión cinematográfico en Cuba, de Oneyda González, facturado por la editorial Oriente en 2009. No podrían, pues casi siempre, cuando se conversa con intelectuales fuertemente comprometidos, aun cuando el asunto no sea su vida, esta termina por ser iluminada. La relación no es siempre desde la vida a la obra, sino lo contrario: no en balde Juan Ramón Jiménez denominó “trabajo gustoso” la labor del artista. Trabajo que no lo es, que al dar sentido a la vida o al ser uno de los sentidos de la vida, es la propia vida.

Hacer un libro de entrevistas es faena complicada e ingrata. Uno, en tanto entrevistador, debe desaparecer, o para decirlo mejor: si se ha elegido tal género es por una certidumbre previa y primordial: se ha creído que lo de veras valioso es mostrar, con la mayor transparencia posible, la voz de las personas reunidas. Mas, ¿cómo renunciar a la realidad del punto de vista personal? En primer lugar, no hay tal transparencia, aun cuando se sea fiel a las palabras de los encuestados, siempre han sido abordados, mirados, interrogados, desde una peculiar perspectiva; por eso toda entrevista tiene un autor, y ese es el entrevistador.

Por eso Oneyda no se enmascara: el protagonismo de sus interlocutores debe ser asegurado con preguntas inteligentes o, tanto como preguntas, afirmaciones que los hagan pensar y cuya respuesta no sea el sí o el no, o, un sí o un no debidamente razonados. Tanto como preguntarles, los provoca. No ha sido elaborado un único cuestionario: cada entrevista es irrepetible en virtud no ya de las respuestas, sino desde las preguntas, concebidas a propósito de cada entrevistado, pensadas desde un conocimiento previo de su obra, de su personalidad y de la faceta desde la cual puede aportar más a esta obra. Sutilmente polémico, pues —he ahí quizás una de esas marcas de género que tanto se empeñan algunos en buscar y otros en borrar— no los enfrenta abiertamente, sino que uno siente y arma, por sí mismo, el ir y venir entre unas ideas y las otras, entre opiniones polarizadas y absolutas que hallan su equilibrio en otras páginas del propio libro. Oneyda me luce cual directora de orquesta. Sé que el símil no es muy feliz, pues no hay una partitura previa: cada cual se interpreta a sí mismo en el proyecto coral que es Polvo de alas, bellísima metáfora con que denomina el guión de cine, del que se ha dicho más de una vez que es Talón de Aquiles del cine cubano.

Oneyda confiesa haber escuchado tal afirmación en el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica: la obra es deudora y continuadora, en otro plano, del espíritu dialogante del evento. Mas a ella no le bastó con las opiniones de cinco guionistas, sino que los complementa con las ideas de once directores y de cinco críticos, estos últimos con opiniones aún más razonadas pero no menos apasionadas, opiniones que se tornan valiosas también respecto a la crítica y que más que mediar entre los primeros y los segundos, apuntan aristas insospechadas. Dean Luis Reyes, por ejemplo, echa por tierra muchas de nuestras simplificadas ideas sobre los seriales y afirma el proteico modo de ser de los productos de las industrias culturales.

Confieso que una entrevista no me sedujo grandemente. No es la entrevista en sí, rectifico, sino el entrevistado. Mas la creo necesaria, incluso indispensable: ello nos da la medida de la complejidad del asunto, de las variadas posturas con que puede ser asumido —hablo, por supuesto, de posturas vitales—, y los modos de ser del cine cubano y de quienes lo hacen. He ahí un dilema ético en el que yo misma me he visto implicada más de una vez: cuando algo de lo dicho por el entrevistado no me gusta mucho o lo siento inadecuado respecto a la imagen que de él me he forjado. Mas, ¿qué derecho tiene uno para enmendar palabras, lo que siempre es enmendar el ser que las pronuncia?

Imagino a Oneyda en situaciones análogas. Su profesionalidad se debió poner a prueba una y otra vez, y vuelvo a decirlo, su elegancia al evitar preguntas tendenciosas o que condujeran a enfrentamientos y juicios de los unos respecto a los otros. Ya eso es mérito suficiente. La honestidad y valentía es otra de sus virtudes. Hablo desde el punto de vista de la eticidad que debe acompañar a todo acto intelectual, máxime cuando otros nos hacen depositarios de sus opiniones, sueños, vivencias, desvelos e inconformidades.

Mas, ¿por qué el guión? Aquí —otro hallazgo del libro— no se examina el arte como mero arte, sino que el asunto se complejiza y adquiere carácter ontológico. Subyace en todo momento una reflexión en torno al ser mismo del arte, a su organicidad respecto a la realidad de la que es expresión, realidad que también modela y reconfigura. Menudo asunto este: no se oculta, mas bien lo contrario, que los problemas del guión no son solo problemas técnicos o de dramaturgia, sino que son, a la larga, de cariz ontológico: la elección de una historia o la otra, de unos personajes u otros, o más que elección su construcción, obedece a razones muy profundas y dialoga con el ser mismo de la nación, con nuestra realidad simbólica y nuestra realidad “real”.

¡Qué desafortunadas palabras estas de realidad real!, pienso mientras releo lo acabado de escribir; mas no se me ocurren otras mejores con que exponer algo que a menudo me sucede: respecto a la relación entre nuestra realidad y su cine, siento el mismo estupor que frente a una mujer excesivamente maquillada a deshora. Otras, la dama de marras luce short y tope, limpia su casa y lanza improperios porque alguien anda en lo mojado. ¿Cuál es la verdadera? ¿La muy maquillada o la extremadamente descuidada? ¿Ambas o ninguna?

En apariencia el asunto nada tiene que ver con lo dicho hasta aquí. El tema, por demás, se las trae, sonreirán algunas de mis lectoras, y hasta los hombres, encandilados a veces por postizos y tintes. Tanto es así que esto —aparente broma— tiene ribetes filosóficos, como de fuerte cariz filosófico es siempre el análisis del arte y de nuestra relación con el mismo. Al contemplar el arte, los contemplados siempre somos, en última instancia, nosotros mismos. ¿Qué decir, entonces, cuando la obra, fundada en lo que somos, pretende mostrarnos, proyectarnos, modelarnos? Tal es uno de los dilemas del cine cubano, de todo cine, por supuesto, pero sobre todo del cubano, que tan amargo sabor nos deja muy a menudo. Mucho de ello se nos muestra en estas cautivantes páginas, tan cautivantes como los entrevistados, la entrevistadora y el cine cubano, una de nuestras pasiones y derechos. Nosotros con su lectura, y Oneyda con su confección, hemos asumido un deber; un deber que es, esencialmente, con nosotros mismos.



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María Antonia Borroto Trujillo: Periodista. Dra. en Ciencias de la Comunicación. Autora de los libros La novia de Martí, Lectura en dos orillas, Imagen múltiple de la ciudad: tres cronistas miran La Habana, Palpitación de lo diario: un costumbrista llamado José Martí, Páginas volanderas, El escritor y la bibliotecaria y Julián del Casal: modernidad y periodismo (Mención Casa de las Américas en 2014.  Editorial Oriente, 2016).
Actualmente se desempeña como profesora en la Universidad de las Artes, ISA, filial Camagüey.

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