Thursday, June 5, 2014

"Passar Páxaros" poemario de Joaquín Badajoz, ilustrado por Eduardo Sarmiento

El libro en Amazon
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Las ilustraciones aparecen en este post
 por cortesía de su autor Eduardo Sarmiento 

Técnica:  Pastel y Lápiz de Color
 sobre Papel Arches, 20 x 14 pulgadas
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"La poesía no es un libro de autoayuda ni un traje prêt-à-porter que se acomoda a cualquier maniquí, no es ni siquiera la mayoría de las veces divertida o ingeniosa, es otra cosa. Por respeto a esa otredad, porque no es la escritura sino la lectura la que completa y transforma una obra en un universo irremplazable, dejo zarpar estas construcciones mentales". (Joaquín Badajoz en este "álbum doble" que incluye textos poéticos escritos entre 1994 y 2004)


EL GRAZNIDO. EL GRAN NIDO


Seremos nosotros, los animales moldeados a la intemperie,
cuando canto a la raíz y estoy cantando al árbol,
salterio de lo que se me escurre entre los labios;
lo que escribí en la casa obscura,
la que se levanta tétrica sobre el acantilado,
donde se rompen las olas y los pájaros.

Pasan premoniciones, rastros que revelan.
Soy el hacedor, el de la brizna en el pico.
Mi nido es heredado, escamoteado, no es mío.
He dejado que los demás hagan de mi un escudo,
sigo paseante bajo los flamboyanes,
las sombras que talaron en días aciagos.
No pienso en lo que fue ni vivo en el presente,
el presente será siempre lo que vamos perdiendo,
un gesto y un gesto es el signo que antecede.

El primer acto del hombre fue nombrar,
luego destruir lo nombrado.
Por eso la palabra fue siempre un encierro,
una construcción para echar a rodar las tauromaquias
con sus caminos pielagosos y los convidados de piedra.
La palabra creó mundos que habrían de venir,
roturando estos mundos, partiendo, resanando,
dejó de ser espíritu convirtiéndose en ritual,
para incinerar los caballos agrestes,
las tierras meridianas, los mares,
las heladas regiones donde las bestias lívidas
esconden bajo sus ojos el verano;
creó trampas y encierros y súbditos.

Sigo andando por estas calles.
Cuando entré deslumbrado a la vagina serpentaria,
herido de hormigón y vidrio todo estaba.
Mis manos no han parido ni una mueca
algo que en el gran nido muestre que he pasado.

Estoy puede ser otro tatuaje,
un canto del hacedor a las moliendas;
estoy es la razón de no haber sido
mas que algo impersonal e imaginario.


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DIOS ME DIO LA PLUMA DEL FUGAZ ESCRIBA


La pluma que quema, la que cauteriza
los sangrantes dedos del amante ciego,
deja su rastro incendiado sobre el pliego
transformándose en palabras de ceniza.
Ni el frío del desamor ni el breve juego
del que su fiebre con obsesión poetiza
darán más fulgor a la verdad plomiza
de la vaporosa tinta sobre el fuego.

Dios me dio la pluma del fugaz escriba,
la que se incendia cuando el amor entrego
inocente, como un temblor o un ruego,
al ángel que en vez de amarme me derriba.
Vuelo a la región de los muertos en vida,
que el ave fénix conoce y acendrada
cultiva con un desdén de convidada
que ha probado hasta el hastío la comida.

Pájaro de las muchas muertes, aleja
tu pico de mí, la lumbre retadora,
múltiple sueño del animal que afora,
las súbitas vidas sin ninguna queja.
Come, muerde, hiere, deposita, encierra
entre mis labios resecos de abandono
la lluvia de otros labios que destrono:
los incendios del amor tras esta guerra.

Sobreviviendo a la muerte y al pecado,
el ave carga encinta su descendencia,
es Onán que se masturba de impaciencia,
y pone nombre a su semen delicado.
Al Narciso frente al espejo, añado
la dialéctica del erotismo obsceno.
Sabe de amores como sabe el trueno
anticipar tormentas con arte pergeñado,
como sabe el amor morir de urgencia,
cuando el oro de los bosques demorado
desdibuja sobre el rostro un ser alado,
ojos de amor, de muerte y de demencia.


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EL OLOR A TRIGO DE SU PELO


La mujer que trenza esta temporada
el dulce pan que no podrás comerte,
tiene azules los ojos. De la muerte,
dulce aroma como de miel tostada
ha hurtado; se niega a poseerte.
Sombra opalina sombra abandonada.
¿Cuándo y cómo comencé a perderte?
Era otoño sobre tu piel mojada,
quedó el sudor, su doble filo inerte,
entre los cuerpos una sombra amada,
fue la bruma, fue el desamor más fuerte,
ese hastío que llega a enmudecerte
nos hizo gravitar hacia la nada,
devorarnos el pan, querer la muerte.



Joaquín Badajoz

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