Tuesday, November 30, 2010

El Trago de los Tigres (Novela inédita de Sindo Pacheco)

Parte 4. Capítulo 5:
El trago de los tigres


por Sindo Pacheco
(para el blog Gaspar, El Lugareño)


Hacíamos la tertulia para sobrellevar la pena de habernos quitado el corazón, y cubríamos con ella el vacío de las noches. Uno llevaba un poco de vino, o de ron para mezclar con hielo y jugo de limón. Rosa María traía una rosa, como la rosa de su nombre, y la ponía a presidir la velada. 

Pero nos pusieron un agente para que nos atendiera de cerca, y lo primero que hizo fue ver al Director de Cultura para que le explicara lo que nosotros escribamos, y el hombre no hallaba qué hacer, cómo averiguar lo que uno componía en la soledad de la vigilia, a altas horas de la madrugada, con un mocho de lápiz en unas hojas de segunda, y presentó su renuncia por enfermedad, y la tertulia siguió creciendo. 

Y designaron otro Director de Cultura y la tertulia siguió creciendo.

Y otro agente: qué era aquello de una felicidad falsa y mentirosa, por qué se decía: ese yo que guarde las verdades a la sombra, le explicáramos bien eso de un hombre caracol, y eso otro de el humo de los creadores sosteniendo mi cielo; y esa historia de las bolsas blancas y de las bolsas negras ¿tenía algo que ver con el contrabando?, ¿qué queríamos decir?, habláramos claro porque allí no podía haber confusión; y quién nos dijo a nosotros que éramos poetas o escritores, le enseñáramos el carné; si no teníamos ningún papel que nos acreditara, podíamos ser encarcelados por fraude; lo sentía mucho, pero lo mejor que hacíamos era dedicarnos a algo útil, miráramos bien que todos teníamos familias porque la próxima vez no sería igual. 

Y nos acordamos de la canción Pueblo Blanco: coge tu mula, tu hembra y tu arreo / sigue el camino del pueblo hebreo: Lunamía, nos asfixiamos, nos morimos, nos reventamos, nos vamos.

—¿A dónde?

Estabas muy asustada.

—No sabemos. 

No había muchas opciones.

Y nos miraste, y supiste que era cierto, y una lágrima rodó por la luna que era tu mejilla.

Para entonces habíamos empezado a ser respectivamente. Maribel y Santiago, respectivamente, María y Ale, Zenaida y Rony, Sol Alicia y Marcelito, respectivamente. Nos íbamos a casar, respectivamente; y respectivamente tendríamos hijos que se llamarían José y Julián y Celia y Fernanda, respectivamente, pero de pronto y respectivamente, fue como si todo hubiera estallado a nuestro alrededor, y empezara a fragmentarse. 

Habíamos llegado a la plenitud y bebimos con serenidad el trago reservado a los Tigres: 

Algunos nos quedamos con las escuelas, las fábricas, las casas, con el cielo, el mar, y el olor de los cañaverales, con la pobreza eterna de la gente, con la Ley de la Peligrosidad, y con el derecho de aplaudir, de aprobar, de estar de acuerdo…

Otros nos fuimos al Monstruo a conocerle las entrañas, a vivir de otra manera, a pensar de otra manera, a hablar de otra manera: tú, que dejaste la Tierra responde tú, que tu Lengua olvidaste, responde tú, y el interior del Monstruo no era oscuro como El Monstruo de aquellas postalitas de la infancia, sino que era un mons-truo luminoso como un haz de luz —las Mc Donald’s, los Burger King, las gasolineras— donde la creación brillaba tanto que tampoco allí podían verse las estrellas; y todo estaba hecho, inventado, sellado, empaquetado, excepto las cartas a la familia, que no podían comprarse en los mercados: querido hermano: tenemos comida y bebida y automóvil, ¿okey?, pero hay algo tremendo que nos falta, que está en falta, que no existe en estas tierras, algún remedio que nos saque el frío de adentro de los huesos… 

Al resto nos tocó el sino reservado a los bravíos: pelear y morir por la patria, que es vivir. Nos apuntamos, firmamos y partimos a la desavenencia como si fuéramos a un juego, y agotamos los vados calientes del páramo y la algaba, huyendo de las fieras, Lunamía, de las enfermedades, cuidándonos del oponente, que por el día era de los nuestros y en la sombra negra nos alanceaba por la espalda, engañando aquel presente con el perplejo albur de resurtir, ilesos de la furia de los cíclopes, de los maleficios, las cábalas y otras nigromancias. Y Marcelito gemía en las noches como la cuerda triste del arpa de Príamo, porque añoraba ciertos áridos ne-gros, y el cielo de Ítaca, y el calor de Ítaca y toda la piltrafa de Ítaca; y siempre nos pedía ayuda para componerle oficios a Sol Alicia, que lo esperaba destejiendo las luengas noches de la patria, y cuya estampa llevaba siempre en su pecho, y le hicimos una esquela bonita, del tiempo, la nostalgia, y del turbio destino del infante, y luego otra y otra, montones de cartas que recibían respuestas, que siguieron llegando a nuestras manos después de aquella noche, Marcelito, mucho después que te enterráramos, con más agujeros que un chinchorro, y con la chapilla de aluminio como moneda de alcancía en tu boca, como una hostia pertinaz en el nombre del Padre y del Hijo, para que algún día se supiera que aquel puñado de huesos con el número 1047 habías sido el guerrero Marcelito, del equipo Los Tigres, que llorabas por las noches y extrañabas a tu doncella, y al cielo hermoso de Ítaca; y nosotros no hallábamos qué hacer con las cartas de Sol Alicia que seguían llegando de la ínsula: cuídate mucho, Marce, por Dios, mira que ya estás terminando, todavía no he conseguido el apartamento, pero ya compré un juego de cuarto, y el colchón de muelles que nos hizo un amigo por ochenta pesos. Ahí te mando unas cositas, unos ojos de Santa Lucía, y una Virgen de la Caridad del Cobre para que siempre esté contigo y te proteja, escóndela bien no sea que te busques un problema.

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para leer los capítulos anteriores haga click en el link: 

2 comments:

  1. Interesante tu texto te invito a los mios

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  2. Qué triste la historia de estos pobres tigres sin luna, de estos tigres obligados a dejar su selva o que mueren por ahí, por otros sitios, sin ojitos de Santa Lucía ni virgen que los ampare. También las cartas a las familias que no se compran hechas en los mercados, tremenda imagen... Espero a saber qué más va a pasar...

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