Monday, October 18, 2010

El Trago de los Tigres (Novela inédita de Sindo Pacheco)

Parte 3. Capítulo 6: ¿La queríamos así, de esa manera?



por Sindo Pacheco
(para el blog Gaspar, El Lugareño)



Susana allí, donde había un parquesito y una brisa ligera y seca que movía los gajos de los pinos y las hojas amarillentas de las majaguas.

—¿Qué vas a hacer esta tarde?

—No sé, ¿por qué…?

—Para salir.

—¿Adónde…?

—Donde tú quieras. A Coppelia, a cualquier sitio. Me siento un poco mal aquí adentro.

Susana no contestó. Ella casi nunca contestaba las preguntas cuando se referían a salir con nosotros a un paseo.

—Tú nunca contestas las preguntas cuando se refieren a salir con nosotros a un paseo.

Sonrió.

—¿Por qué te empeñas…?

—Por dos Lugares Comunes: nos gusta estar contigo, saber cosas de ti. Te hablamos de nosotros, pero tú nunca hablas de ti. Eres tan callada, tan… hermética, pareces una santa. ¿Cuándo nos vas a contar algo de ti?

—Siempre dices lo mismo. Algún día… Tal vez algún día… —Susana se incorporó—. Vamos.

—¿Adónde…?

—A Coppelia, o donde tú quieras.

—¿Ahora mismo…?

—Ahora mismo.

Ella era así: imprevista.

Cruzamos a través de una ancha acera en cuyos bordes crecían pequeños arbustos de majagua. Subimos a la ruta 3, y llegamos a la ciudad, y luego subimos a la 7, y llegamos al Arco Iris, allá en las afueras, y comimos pizzas y tomamos cervezas y nos tomamos las manos, y oscureciendo ya, un poco mareados, nos sentamos al borde del arroyo; y allí, poco a poco, nos fue contando de su vida, de su familia, de su Primaria, de su Secundaria becada, de cuando llegó aquel profesor nuevo, alto, elegante, y ella hacía unas pausas como si le diera trabajo sacarse la palabras.

—Sigue —dijimos, porque sabíamos que aquello le hacía bien.

Nada, casi todas estaban enamoradas de él. Un día la invitó al Privado para que le ayudara a actualizar el Registro de Asistencia. Eran las ocho o las nueve de la noche, pero la escuela estaba muy oscura. Ella fue porque no pensaba que Julito estaba solo, pero aquella vez no pasó nada.

Nosotros respiramos aliviados.

—Sigue —repetimos, pero ya sentíamos el temor de que la historia no tendría un final feliz.

Luego Julito la mandaba a buscar a cada rato, y se fue acostumbrando, y muchas veces no tenía nada qué hacer y se ponía a caminar por los pasillos a ver si él la llamaba. Aquella vez era cerca de la medianoche: entra, le dijo, y cerró la puerta. Ella estaba de espaldas cuando de pronto sintió que unas manos le acariciaban el pelo, se estremeció, sintió un miedo muy hondo, pero no podía moverse. Luego él la besó por el cuello, por la nuca. Ella se puso de pie, nerviosa, se iba, se iba, pero Julito la retuvo, la obligó a volverse, la atrajo.

Nosotros le apresamos la mano a Susana, que estaba fría y sudaba un sudor de muchos años:

—Ya eso pasó, ¿para qué me lo cuentas?, vas a sufrir.

—No ha pasado, todavía no ha pasado: ¿no querías que te hablara, no querías que la santa te hablara de su vida…? —dijo, y se quitó la rosa roja del pelo y la colocó suavemente sobre la hierba.

Era verdad, queríamos eso, ahora no teníamos deseos de oírla:

Allí, contra la pared del Privado la fue desnudando, no sabía si gritar, si quería o no gritar, cerró los ojos, pensó en su madre, que venía todos los miércoles a verla…, a mimarla, a traerle comida de la casa, cayeron al piso, fue brusco, doloroso… Aquella fue su entrada en el amor, sobre las losas frías de un Privado, en la intimidad de un miedo que la ahogaba. Estuvo más de una semana llorando. Cuando todas dormían, o soñaban, su almohada se iba tragando cada una de sus lágrimas.

Nosotros nos pusimos de pie:

—Vamos, Susana, es de noche.

—No, todavía falta más —dijo, y se quitó los aretes y el reloj de pulsera y los colocó junto a la rosa roja.

Como a los quince días volvió a caer en sus brazos, putas que eran las mujeres, y se hizo rutina, y todos los miércoles cuando él tenía guardia, Susana se escurría hasta el Privado. Luego se fue enfriando todo, muriendo, y Julito la cambió por Alina, y por Mercy y por las jimaguas, las dos…

—Esa escuela era un desastre —dijimos, pero Susana ya no nos oía:

Fue muy triste… porque Julito le contaba a todo el mundo sus “hazañas”. Y empezaron diciéndole Julita a ella, y luego a Alina, a Mercy, a las jimaguas. Y todas las que se acostaban con los profesores les ponían sus nombres: las Julitas, las Franciscas, las Armandas… Allí mismo en Arquitectura había uno que todavía le decía Julita.

—Hijo de puta, dinos quién es para ponerlo en su lugar, para partirle la vida —y tragamos en seco, coño, le roncaba la madre—; pero bueno, ya todo eso pasó, Susana, vamos, no te quites la blusa, vámonos al diablo.

—No, hay más, todavía hay más:

Al poco tiempo se curó de aquello —o creyó curarse porque nosotros sabíamos que no se había curado—, y conoció a Omar, esa vez sí se enamoró de verdad, pero tenía miedo que Omar la rechazara y nunca le contó lo de Julito. Con Omar había sido tan feliz que sentía un pánico terrible de perderlo, y pasó lo que tenía que pasar: se acostó con él, por primera vez se entregaba de forma voluntaria, y por primera vez sintió placer.

Nosotros estábamos apenados y al mismo tiempo celosos, y un poco molestos:

—¿Fueron muchas veces?

Sí, montones de veces, lo hicieron por el día, por la noche, en el campo, en casas deshabitadas, en la playa, en hoteles… Pero él era muy machista, nunca le perdonó su himen roto, y un día por fin la abandonó, Esa fue la segunda vez que ella lloró:

—Me sentí la mujer más desdichada del mundo, perdí el control, la seguridad en mí, me acosté con diez o doce más, con cualquiera, con gente que apenas conocía… Luego me aparté de todo, y me encerré en mí misma. Pensé que jamás podría ser alegre, y juré que si alguna vez me enamoraba, lo primero que iba a hacer sería contar toda esta historia.

Nos quedamos callados mientras ella se quitaba la saya, el ajustador, el blumer, y los iba doblando muy despacio, junto al reloj de pulsera, los aretes y la rosa roja, y su cuerpo era del color de la canela, y brillaba en la penumbra como una lámpara de aceite. Por último se quitó el corazón y nos lo puso en la palma de la mano:

Lo sentía, sabía que no nos iba a gustar, pero tenía que sacarse eso de adentro, y ahora: ¿la queríamos, nos atrevíamos a quererla así, de esa manera…?

Fue la tercera vez que ambos lloramos.

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1 comment:

  1. ¡Qué historia tan triste! Y a la vez tan bien contada, lo que la hace doblemente efectiva. Por sí misma es un cuento doloroso sobre la adolescencia y el amor en los tiempos de los becados.
    Me gusta mucho, mucho, ese plural...

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