Wednesday, August 19, 2009

El Cristo de la Veracruz y el Médico Chino (por Roberto Méndez)

Imagen archivo del Blog Gaspar, El Lugareño
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por Roberto Méndez Martínez

(Versión abreviada del texto incluido en el libro Leyendas y tradiciones del Camagüey,
Roberto Méndez Martínez, Editorial Ácana, 2003. Se publica en el blog Gaspar, El Lugareño,
por cortesía de su autor.)


Hay momentos en la historia de Puerto Príncipe en que se mezclan hechos reales y legendarios de tal modo, que no hay manera de desligarlos, como si lo maravilloso formara parte de la vida cotidiana del territorio, hasta el punto de que una visión demasiado racionalista del acontecer sería incapaz de comprender la íntima urdimbre de los acontecimientos. Así sucede con dos elementos que van a superponerse en la memoria del ya lejano siglo XIX camagüeyano: el misterioso Cristo de la Veracruz y el no menos enigmático Médico Chino.

Unos sencillos hombres de Nuevitas encontraron en el mar, mientras pescaban, una gran caja de madera, con una sola inscripción: VERACRUZ. Al abrirla encontraron en su interior una gran imagen de Cristo crucificado. ¿Aludía la inscripción exterior al destino de la talla, quizá encargada para uno de los tantos templos de la mexicana Villa Rica de Veracruz?, ¿se refería quizá a que se trataba de una de esas imágenes del Crucificado, muy veneradas en Europa, que en alguna parte de ella atesoraba una reliquia consistente en astillas de la “vera Cruz” o sea, el leño que sirvió de tormento a Jesucristo, encontrado por la madre del Emperador Constantino en Jerusalén, conservado en la iglesia romana de la Santa Cruz y de la que se extraían mínimas porciones para obsequiar a reyes y prelados? Ni siquiera podían aquellos pescadores hacerse esas conjeturas, simplemente dieron el hecho por milagroso y llevaron el hallazgo a tierra.

Tampoco los ilustrados de Puerto Príncipe sabían del asunto, quizá la mayoría prefirió pensar que esta había caído de un barco o había sido arrojada al agua durante una tormenta, como era tradición que hacían algunos marinos desde muy antiguo para aplacar la furia de los elementos. Llamativamente la pieza no fue llevada a un templo, sino sacada a la venta pública. Fue adquirida por un matrimonio acomodado, de rancia estirpe principeña: Don Ignacio María de Varona y Doña Trinidad de la Torre Cisneros, quienes la instalaron en su casona de la calle Mayor esquina a San Clemente (hoy Cisneros esquina a Raúl Lamar).

Pronto la imagen ganó fama popular de milagrosa. Cada año el matrimonio la llevaba durante la Semana Santa a la vecina Parroquial Mayor, de donde salía el Viernes Santo en procesión por las calles, para volver a ser guardada en su domicilio. En una ocasión, cuando la ciudad estaba azotada por una gran sequía, la cruz fue sacada en procesión extraordinaria para suplicar que lloviera e instantes después de concluir esta, se formó una gran tempestad y pocos minutos después se derramó un gran aguacero, lo que llenó de júbilo y admiración a todos, en un territorio donde ricos y pobres dependían de los productos de la agricultura.

Es interesante apuntar que en esa casona de la calle Mayor nació Ignacio María de Varona y Agüero, nieto del citado matrimonio, quien andado los años se convertiría en un ingeniero relevante, que llegó a ser Jefe del Departamento de Agua, Gas y Electricidad de New York, ciudad en la que contribuyó a la instalación del tranvía urbano y para la que diseñó los famosos “elevados” neoyorkinos. Tanto en la contienda de 1868 como en la de 1895 colaboró con los insurrectos y ayudó a recabar fondos para enviar expediciones a la Isla. Este científico era también poeta aficionado de cierta calidad y lo llamativo es que la única pieza salida de su pluma que conocemos es un soneto al Crucificado que dedicó a su tía Lola de Varona, muy probablemente inspirado en la imagen que desde su infancia se veneró en su casa:
Yo, vivo; y vos, muriendo dueño amado;
Yo, en gloria; y vos en penas mi querido;
Yo, sano; y vos, mi bien, tan mal herido;
Yo, con soberbia; y vos tan humillado;
Yo, con honor; y vos tan afrentado;
Yo, celebrando; y vos escarnecido;
Yo, contento; y vos tan ofendido;
Yo, confortado; y vos crucificado.
No, Señor, no es razón siendo mi esposo
Que yo no muera a fuerza de mi llanto,
Muriendo vos tan triste y abatido.
Muramos ambos, Dueño Sacrosanto:
Vos de amor que me tenéis piadoso;
Yo, de dolor, de haber pecado tanto.
El 14 de marzo de marzo de 1848 llegó a Puerto Príncipe una figura que inmediatamente despertó la curiosidad de los vecinos, se trataba de un médico natural de Pekín, al que se comenzó a conocer como “el chino Siam”. Hombre ceremonioso y cortés, pronto ganó prestigio con las curaciones que realizaba, a pesar del temor y la ignorancia de muchos principeños que al principio lo consideraban como un hechicero y de los comprensibles celos de muchos galenos locales a los que iba sustrayéndoles clientela. Un suceso inesperado lo cambiaría todo.

Un Viernes Santo, muy probablemente el de 1850, mientras la procesión de la Veracruz recorría las céntricas calles principeñas, apareció súbitamente Siam, ataviado con ricas vestiduras orientales y se arrodilló solemnemente en medio de la vía, delante de la imagen, en gesto de oración. La sorpresa fue general: el misterioso brujo se había convertido al cristianismo. Cuenta la leyenda que al día siguiente, visitó a los esposos Varona de la Torre y les expresó su deseo de recibir el bautismo. ¿Era sincero el personaje o había encontrado esta vía para alejar de sí los malignos rumores e incorporarse mejor a la sociedad en la que iba a residir y ejercer su profesión? No es posible discernirlo.

Según consta en el Archivo de la Parroquial Mayor, el “chino Siam” recibió allí el bautismo el 25 de abril de 1850 y adoptó el nombre de Juan de Dios Siam Zaldívar. Pronto ganó prestigio en la ciudad y algunos aseguran que amasó una gran fortuna con el ejercicio de su profesión. Su silueta se hizo familiar en la ciudad, acostumbraba a desplazarse en un lujoso carruaje y vestía, ya al modo occidental, con traje negro, cruzado por una leontina de oro con un sonajero. Pasó el resto de su existencia en Puerto Príncipe: en 1879 vivía en la calle Jesús María – hoy Padre Valencia- no.23 y en el Padrón de Vecinos se le consigna como de 68 años de edad, casado y médico.

Falleció el 23 de marzo de 1885. Dos días después de su muerte apareció una gacetilla en la sección “Flores y Espinas” del diario El Camagüey, que recoge su deceso: “El lunes por la tarde se dio sepultura al cadáver de D. Juan de Dios Siam, hijo del celeste imperio, que había ejercido entre nosotros con buen éxito la ciencia de Galeno.”

La imagen de la Veracruz ha tenido un paradero incierto, algunos han querido reconocerla en un viejísimo crucifijo que estuvo guardado en la Parroquia de la Soledad y que hoy, con muchas modificaciones, adorna una modestísima capilla en las afueras de la Ciudad, pero no hay pruebas de ello. La procesión de la imagen y la devoción popular quedaron hace más de un siglo en el olvido. En cuanto al “chino Siam”, ha quedado en el habla popular, a través de la expresión coloquial, extendida por todo el país, “eso no lo arregla ni el médico chino”.

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Información relacionada en el blog: «Eso no lo arregla ni el médico chino»

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