Wednesday, February 4, 2009

Centenario de un Poeta Católico

(para el blog Gaspar, El Lugareño)

El gran poeta Emilio Ballagas (Camagüey, 1908-La Habana 1954) continuó, en las letras cubanas del siglo XX, la tradición de entonación católica que había sido una constante en la poesía romántica de la Isla, para mantenerse luego de forma menos nutrida en determinados autores —Dulce María Loynaz, el padre Ángel Gaztelu, entre otros—. Ballagas, por su parte, se autoconsideró siempre como un poeta católico, en cuya obra se destacan momentos de especial intensidad, tanto literaria como de interiorización religiosa. Es el caso del poema “Psalmo”, el cual, en sus severos alejandrinos, acusa una serenidad de voz imposible para un despavorido, a la vez que se afirma la tesitura religiosa de Ballagas:

¿Somos y por qué somos y para qué vivimos?
Cobre, sudor, ceniza, miércoles de morir.
Humor, tierra cansada, suspiro sin estrella,
sin sonrisa descalza, ni trino al entreabrir.[1]

La espiritualidad de la voz en “Psalmo” no proyecta todavía, en toda su fuerza, la médula conceptual católica que mostrará, más adelante, la poesía de Ballagas; es más bien la actitud de recogimiento interior de quien busca respuesta, a partir de la propia experiencia del dolor. Ballagas contesta con entereza no sólo la pregunta con que se abre “Psalmo”, sino también las incógnitas no despejadas en “Elegía sin nombre” y “Nocturno y elegía”. Aflora entonces el descubrimiento cabal de Sabor eterno: el hombre se perpetúa no en el amor, la poesía o la memoria, sino en el conjunto esencial de su tránsito por la vida, delineada de manera agraz a la luz de la existencia cotidiana, en la cual la única actitud realmente humana es afrontar el dolor con sobria nobleza. El sentido teleológico del hombre es, para el poeta, esa continuidad, capaz de trascender al yo, y de proyectarse con decoro en el conjunto profundo y misterioso de la existencia.

En 1943, la poesía de Ballagas se afirma con mayor fuerza y conciencia en la religiosidad. Es este el año en que publica el poema “Declara qué cosa sea amor”, uno de sus textos más refinados. La densidad espiritual del poema subraya la pervivencia de uno de los temas iniciales de la poesía de Ballagas en Júbilo y fuga, la voluntad de epitalamio con el cosmos:

Porque el amor es esto, es esto, es esto:
la luz gloriosa sobre las santas bestias de la tierra.
Un pájaro que pica una fruta madura
hiriéndola de gozo, penetrándola
del dulcísimo canto silencioso,
del leve pico azucarado.[2]

Esas nupcias con el universo no pueden realizarse más que a través de una comprensión de la realidad, lo cual, en la percepción de Ballagas, se asienta sobre una visión religiosa del cosmos y de la existencia humana. Ballagas imanta sus facultades líricas hacia un polo dominante de su ser, la fe religiosa, a lo cual, además, lo impulsaba también su ensimismada lectura de poetas católicos, como Charles Péguy, Coventry Patmore, Gerard Manley Hopkins, Francis Thompson, Joice Kilmer y, en particular, Paul Claudel. Por cierto que, comentando a este extraordinario poeta francés, Ballagas formuló juicios que, de algún modo, también pueden ser válidos para su propia poesía, sobre todo la de Sabor eterno:
Claudel, sanguíneo católico champañés, no acepta […] la regularidad del verso clásico ni la regularidad pretendidamente irregular del verso romántico. Quiere expresarse no exactamente como quien versa, sino como quien conversa: “Pero eso que usted dice es prosa” —le argumentan. Y él replica: “No, no es prosa, mi querido señor, esto nada tiene que ver con ella; son versos cada uno de los cuales es distinto, cada uno de los cuales posee una figura sonora diferente y contiene en sí mismo todo lo necesario para ser perfecto; en una palabra, es poesía latente, brotada de un hontanar mucho más hondo que el de todos los rebuscamientos mecánicos”. Esto no impide que Claudel haya realizado un trabajo semántico de puro arcaísmo que le lleva a familiarizarse con la médula de las palabras, con los giros medievales y las sonoridades litúrgicas que le dan a su verso un sentido orquestal.[3]
La consolidación estilística del verso, finamente lograda en Sabor eterno; la destreza en el cincelado semántico y tropológico de la palabra lírica —en Ballagas desprovista de interés arcaizante—; el sentido orquestal de sus elegías, eran hallazgos que lo aproximaban, junto con la coincidencia de fe, a la poesía de Claudel. La directa apelación religiosa que se advierte, como colofón principal, en “Declara qué cosa sea amor”, no es una irrupción arbitraria, sino el resultado de la angustia interior del poeta, ahora remansada en una perspectiva netamente católica, desde la cual escribe el breve poemario Nuestra Señora del Mar (1943), dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre, obra en que su palabra evidencia un barroquismo de renovado brío. Ballagas, apoyándose en la gracia popular de la décima, entremezclada con refinamientos neogongorinos, construye un poemario que, en alguna medida, resulta un eco, pero más destilado, del hondo sentido popular de Cuaderno de poesía negra. También aquí se apoya en la “cita torcida” o intertextualidad neobarroca, que se advierte no solamente en “Elegía sin nombre”, sino también en Nuestra Señora del Mar, en que la estructura general de la narración hagiográfica sobre la aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre, resulta modificada poéticamente hasta el punto de que se transforma en una serie de imágenes semi-autónomas, hitos de la narración que se transfiguran, por una serie de dispositivos estilísticos, entre ellos, el de la intertextualidad distorsionadora, como la que superpone, como en disolvencia cinematográfica, la imagen de la Virgen cubana sobre la remembranza de El nacimiento de Venus, de Botticelli —en imagen ya empleada en “Elegía sin nombre”— con lo que se retoma. más allá de la temática religiosa de este poemario, uno de los ejes semánticos principales de la poesía de Ballagas: el triunfo de la espiritualidad religiosa sobre la sensorialidad estetizante:

El Ave de Gracia llena
Sobre las aguas se posa.
Inmersa apenas reposa
O quiere avanzar serena.
El reino de Anadiomena
Perece, porque esculpida
Luce María adherida
A la concha de la aurora,
Perla de luz cegadora
Al amanecer mecida.[4]

La transmutación lírica del relato hagiográfico sobre la Virgen de la Caridad del Cobre evidencia una voluntad de visualizar la historia narrada desde la contemporaneidad del poeta, y no de la tradición religiosa: se trata de una sutil actualización no del lenguaje, sino de la visualización de la tradición, que ahora emana desde el punto de vista testimoniante del sujeto lírico. Esto, también, forma parte de la perspectiva neobarroca. Como señala Calabrese: “La nuestra —como se ha repetido a menudo— es ante todo una era de simulacros, no de documentos. El pasado, la tradición, resultan fruto explícito de ficción. Además, la nuestra parece ser una era que, con su «visualización total» de la imaginación, hace todo perfectamente contemporáneo”.[5]

El lenguaje neobarroco de Nuestra Señora del Mar alcanza su mayor estatura —como supo ver en su día Cintio Vitier— en las “Liras de la imagen”, que cierran el poemario desde un verso que, con plena deliberación, se hace eco del español del Siglo de Oro, justamente cuando el sujeto lírico abandona el viaje místico y regresa a su propio ser:

Me canta en la pupila
El arco iris de acendrada pluma
Que moja la tranquila
Cola de faisán real entre la espuma
Si el ala hastiada ofrece en rica suma.

Miro a los serafines
Revolotear en torno a tus estrellas.
La luz en que defines
La esmeralda que en trémulas centellas
Quiebra en tu cruz sus resonancias bellas.

Y regreso del viaje
A todo lo que en torno a ti fulgura
Para quedarme paje
De la que por virtud de su figura
En rostro del Amor nos transfigura.[6]

Con Cielo en rehenes, sin embargo, concluye la trayectoria estilística de Ballagas (y, también, poco después, la existencia del poeta, muerto a sus cuarenta y seis años en 1954). Este poemario, construido a base de sonetos de los más exquisitos de la literatura cubana de todos los tiempos, está muy lejos ser un revival del tono neoclásico de la poesía insular. No puede pasar inadvertido que “Blancolvido”, pensado transitoriamente para ser una sección primera de Sabor eterno, comenzaba con un soneto, mientras que también lo es el último poema de este poemario: podría pensarse entonces que la presencia —exigua, pero significativa— del soneto en Sabor eterno, resulta un indicio sutil del desarrollo siguiente del poeta, no ya en cuanto a un interés por el tipo compositivo en sí mismo, sino en cuanto a la búsqueda de una poesía más contenida y depurada en su forma. Por otra parte, hay que recordar la fuerza refinada con que la generación del 27, tan cara a Ballagas —es muy difícil no pensar que el soneto “En la muerte de un poeta” sea por completo ajeno a Federico García Lorca—, había retomado el soneto para insuflarle nuevo aliento, en particular en los brillantes sonetos vulnerados de Miguel Hernández y, en general, por esa generación de poetas españoles, nuevos lectores y paladines de Góngora. Por su parte, Ballagas escribe los suyos en una tesitura que recuerda en cierta medida la aspiración declarada por Regino Boti en cuanto a lograr una poesía ni gélida ni volcánica, sino cristalizada en un equilibrio esencial entre lo subjetivo y objetivo. El torbellino emocional de Sabor eterno se aquieta ahora, sin renunciar a ninguna de las conquistas acumuladas: el refinamiento queda desnudo de toda ingeniosa orfebrería; la angustia aparece sofrenada, no por la resignación sin ilusiones, sino por una madurez que le permite integrar, en un solo poemario, toda la trayectoria artística recorrida, vale decir: ansia de refundación de la poesía, devoradora soledad interior, identificación con el cosmos en sus esencias; captación de la identidad cultural cubana y, sobre todo, en este último poemario, el alto relieve artístico en la expresión de la espiritualidad y el sentido religioso de la existencia.

Los sonetos de la primera sección del libro, “Cielo gozoso”, tienen una maestría deslumbradora: la poesía cristaliza en el tema —constante en Ballagas— del cómo aprehender la vida; como en las primicias de su escritura, la poesía constituye tema del primer texto, y en él vuelve a bregar Ballagas con la paradoja y el círculo concéntrico, los paralelos —tan barrocos— que caracterizan su estilo: es un soneto al soneto, y en él proclama su preferencia por una poesía de cabal densidad, de tono y de palabra:

AL SONETO

A través de su reja mi ventana
mide el paisaje, pauta la distancia
y no opone pared a la fragancia
que de la rosa virginal emana.

Si pierde en infinito es porque gana
la vista mía en la porción que escancia
y, caja de divina resonancia,
finos colores de la luz devana.

Así a tu escueta cárcel me someto
y a tu cinceladora geometría,
O! tú, piedra adorable del soneto.

Entra y sale de ti la poesía
con la sombra imponente del abeto
y la fragancia de la rosa fría.[7]

La gestación del neobarroco se esparce a lo largo de Cielo en rehenes, que se organiza como un recorrido libre por zonas diversas del universo propio del poeta, cosmos que, simultáneamente, abarca el nivel micro y el macro, la subjetividad y la realidad más concreta —la personal concepción del soneto y la descripción directa de la playa, en su desnuda materialidad geográfica y humana—; el pasado cultural —“Fuente colonial”— y el presente doloroso y personal —“En la muerte de un poeta”, “Soneto para un amigo muerto”—; la dinámica sensorial de la percepción —“Delicia amanecida”— y la ansiedad del espíritu atormentado en su búsqueda de la unión con Dios —“La mirada”, “De cómo Dios disfraza su ternura”—. Todo ese tránsito de un nivel a otro, convierten Cielo en rehenes en un texto laberíntico, espacio fractal en el cual se contiene toda la trayectoria estética de Ballagas, y, posiblemente, mucho de su angustia como ser humano.

Otro de los factores que con mayor ímpetu contribuyen a conformar esa presencia neobarroca en el poemario, es la visión del enigma como una aspiración que se disfruta estéticamente. Sobre el placer del enigma en la estética neobarroca, ha apuntado Calabrese:
El más moderno y «estético» de los laberintos y de los nudos no es aquél en el cual prevalece el placer de la solución, sino aquel en el cual domina el gusto del extravío y el misterio del enigma […] En otras palabras, el que, más que nada, preside el nudo y el laberinto moderno es el claro placer de perderse y de vagabundear, renunciando, si fuera posible, a aquel principio de conexión que es la clave de la solución del enigma.[8]
Véase el modo en que Ballagas establece una imagen del enigma —en este caso, el esencial, el de la vida y el ser— que halla su punto más alto de belleza estética precisamente en la no resolución, que, por lo demás, constituye un contraste con otros sonetos, de estremecido fervor religioso, en el poemario:

EL ENIGMA

No existe el tiempo sino el insistente
aletear de un pájaro perdido
en la niebla volando oscuramente
buscando su razón y su sentido.

No existe sino el golpe reincidente
pero decapitado de un sonido
que torna a recobrarse nuevamente
y a tomar posesión de su latido.

No existe el vuelo sino el implacable
aletear en el pecho prisionero
como en un cielo breve e insondable…

Sólo se sabe que el tenaz viajero
horada la muralla inexorable
para encontrar su brasa o su lucero.[9]

El discurso interior de Cielo en rehenes concluye en “Cielo invocado”. Leído con atención, el último segmento del poemario revela un matiz peculiar, que confirma el afán del poeta por comprender —de manera insistente y amorosa— esencias del universo en tanto ámbito creado por el Ser Supremo. Tal es el centro temático del soneto “Pasión de la inteligencia”, en que clama por una mirada de cabal lucidez:

Caiga el polvo habitual de la mirada,
la sombra veladora de las cosas,
y desvestidas quédense las rosas
y desnuda la voz enamorada

de un arpa con las cuerdas del diamante
bajo la hegemonía que la invita
a presidir la esplendorosa cita
que lo eterno se da con el instante.

No las palabras, mas la idea pura,
no la materia, sí la coincidencia
entre la forma y lo que la apresura.

La cáscara mortal del accidente
disipada en las luces de la esencia
y el lucero del Acto, permanente![10]

Se trata de acceder a un conocimiento trascendente, que garantice al hombre una confianza más allá de lo sensóreo y accidental. Por eso el poeta aspira a alcanzar un logos verdadero, más allá incluso de las palabras. Pocos poemario como Cielo en rehenes proporcionan una sensación tan intensa de estar en presencia de una tan grave conciencia dialogante, proyectada hacia una indagación existencial.

Toda la sección “Cielo invocado”, de Cielo en rehenes, insiste en una actitud intensa búsqueda mística, en el marco de la cual el soneto “De cómo Dios disfraza su ternura” alcanza un nivel especial en la invocación de Dios por el poeta:

Si a mi angustiosa pregunta no respondes,
yo sé que soy abeja de tu oído.
Dios silencioso, Dios desconocido,
¿por qué si más te busco, más te escondes?[11]

En esa súplica a Dios, al mundo, a sí mismo —en tanto se reconoce como una indoblegable voluntad noética—, el sujeto lírico se asume como rodeado de silencio en el poema final de Cielo en rehenes, pero eso no sofrena en él su afán de conocer la belleza total del universo:

LA POBREZA MERECIDA

Infiel a la pobreza desprecié su vestido,
su mirada que Dios ama rendidamente.
No pude desposarme con ella ricamente:
el Amo de la Viña me habrá compadecido.

Me veo más desnudo que el lirio reluciente
que para su atavío no ha hilado ni tejido.
Cambié mi perla única por perlas sin oriente
y me turbo por no haberla retenido.

A tiempo no ceñí mi ropa a la cintura,
hallé por fin de aceite mi lámpara vacía.
Soy el terco mendigo de la eterna Hermosura.

El que cubrió su cuerpo con harapos dorados,
el lunático; el que dilapidó la Levadura:
el que esconde los húmedos ojos avergonzados.[12]

En Ballagas alcanzó el tema religioso en la trayectoria toda de la poesía cubana, uno de sus puntos más altos.


[1] Emilio Ballagas: “Psalmo”, en: Obra poética de Emilio Ballagas. Edición póstuma a cargo de José María Chacón y Calvo, Mariano Brull, Gastón Baquero y Cintio Vitier. La Habana. Impresores Úcar García, S.A., 1955, p. 155.
[2] Emilio Ballagas: “Declara qué cosa sea amor”, en: Obra poética, edición citada de 1984, p. 164.
[3] Emilio Ballagas: “La poesía nueva”, loc. cit., p. 54.
[4] Emilio Ballagas: “La Virgen se aparece en Nipe”, en: Obra poética, ed. cit., p. 171.
[5] Omar Calabrese: La era neobarroca. Madrid. Ed. Cátedra, S.A., 1989, p. 195.
[6] Emilio Ballagas: “Liras de la imagen”, en: Obra poética, ed. cit. de 1984, pp. 175-176.
[7] Emilio Ballagas: “Al soneto”, en: Obra poética, ed. cit. de 1984, p. 197.
[8] Omar Calabrese: La era neobarroca, ed. cit., p. 156.
[9] Emilio Ballagas: “El enigma”, en: Obra poética, ed. cit., pp. 205-206.
[10] Emilio Ballagas: “Pasión de la inteligencia”, en: Obra poética, ed. cit., pp. 209-210.
[11] Emilio Ballagas: “De cómo Dios disfraza su ternura”, en: Obra poética, ed. cit., p. 211.
[12] Emilio Ballagas: “La pobreza merecida”, en: Obra poética de Emilio Ballagas, ed. cit., p. 262.

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