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Saturday, December 8, 2018

Entre cercas (por Víctor Mozo)


El campamento de Méjico tenía historia, y muy triste. Los del primer llamado que nos habían precedido sufrieron construyéndolo y algunos de ellos fueron vejados de forma inhumana. “…el campamento estaba rodeado por una cerca cuyos postes de madera eran de caiguarán de unos 3 metros de alto, que llevaban en la punta una Y de cabillas, para poner por ambos brazos de ella 3 pelos de alambre de púas. Para cercar se usó tela metálica de cuadros que se superpusieron en número de tres”. Así lo describe muy bien mi amigo de muchos años y también compañero de las UMAP Osvaldo Betancourt Sanz, hoy médico retirado en España.

Contrariamente a otros campamentos, en el nuestro no había garitas elevadas con sus respectivos guardias armados. Según el sargento Rodríguez, era imposible fugarse y en sus arengas no dejaba de recordarlo. Aquel cercado no era el de un campamento militar normal, sino el de un campo de trabajo forzado, una suerte de mini gulag. No éramos reclutas, éramos confinados, éramos sencillamente mano de obra barata.

A solo 48 horas de nuestra llegada, los militares nos organizaban la vida, de formación en formación y de marcha en marcha. De las filas salieron los que serían cocineros, barberos ocasionales, el sanitario y un oficinista que sería Luis Peix Riverón con el número 33. En los escasos tiempos de descanso, algunos cabos de la UMAP, dando razón al refrán de que no hay peor cuña que la del mismo palo, unían sus voces a las de los sargentos utilizando siempre un vocabulario soez para pararnos en atención por cualquier cosa y verificar si había un botón desabrochado, una gorra mal puesta. Eran momentos de provocación constante. Los 45 primeros días a partir del lunes que ya asomaba a toda velocidad serían consagrados al trabajo por la mañana y a la marcha, que los sargentos llamaban entrenamiento militar, por la tarde.

Llamaba la atención no lejos del comedor un espacio cercado en lo que parecía haber sido una cochiquera. Una vez más Osvaldo Betancourt explica para qué estaba destinada esa parte del campamento y en lo que terminó. “… había un hueco cuyo destino era convertirse en una fosa, pero como nuestro SS de la compañía tenía una puerquita que se fugaba con frecuencia del campamento, condenó el animalito a guardar reclusión en el hueco destinado para la fosa convirtiéndose esta en chiquero. Pronto se convirtió aquello en un lodazal donde se mezclaban fango, excretas y restos de sancocho. En una oportunidad un confinado que había cometido una indisciplina fue sancionado a trabajar escoltado de día y a dormir por la noche en el chiquero. Era a principios del invierno, con una llovizna que caía de manera intermitente. Vi llorar a ese hombre como una magdalena, fue un espectáculo muy triste”.

Nuestra compañía sería la número 3 adscrita al batallón de Navarro, adscrito a su vez a la Agrupación Esmeralda. La compañía 1 tenía su campamento en el mismo batallón. La compañía 2, exclusiva para homosexuales y la compañía 4 se encontraban a escasos kilómetros de la nuestra.

Un largo y tortuoso camino se vislumbraba a la vez que poco a poco nos íbamos acostumbrándonos unos a otros. Los grupos se hacían voluntariamente por lugares de origen. Había confinados que se conocían entre ellos. Por mi parte, sin conocer a nadie, rápidamente entablé amistad con Peix, el 33; con Balseiro, el 34 y con Montejo que sería el 26. Montejo había sido cliente habitual de la cafetería. A ellos se añadirían luego Castillo, el 20 y el negrito Valero, el 18. Todos, menos Valero, teníamos una cosa en común: no aceptábamos nuestra condición de confinados y en mayor o menor grado maldecíamos la revolución y sus dirigentes. Valero vivía convencido de que había una equivocación porque él y toda su familia eran revolucionarios según explicaba. Bocón y provocador, pasaría el gran susto de su vida pocos días después.

El domingo 26 de junio por la tarde, luego de formarnos, el jefe de la compañía, el teniente de milicia Puro Ester Medina Cruz, un mulato de unos 50 años y pelo canoso se dirigió a nosotros de forma paternalista, pero con la mano derecha siempre descansando sobre su pistola P-38. A mí me gusta mucho la emulación, empezó a decir. Mientras más trabajen mejor, la revolución lo tendrá en cuenta. Aquí estamos para trabajar, para que la revolución sea más grande… Otra vez el sentimiento de pensar en la progenitora de sus días resurgió como un rayo en nuestras mentes. Bastaba con mirar de reojo a los demás confinados. El “rompan filas” fue bienvenido con agrado, pocos fueron los que no salieron echando pestes.

Por el momento, la dieta seguía siendo la misma. Según los comentarios salidos de los futuros cocineros, en el pequeño almacén contiguo al comedor había arroz, chícharos y carne rusa enlatada. Si bien ese día nos volvimos a acostar con la panza medio vacía, salivábamos ya la posibilidad de poder comer otra cosa. Con tal de variar, cualquier cosa sería buena. Aprendíamos a ilusionarnos con poca cosa.

Si la primera y la segunda noche caímos en las hamacas rendidos por el sueño, a la tercera empezamos a darnos cuenta de que conviviríamos además con ratas, tarántulas y otras alimañas que hacían de la barraca su terreno de juego. Revisar las botas cada mañana, se me hacía tan obligatorio como encomendarme cada noche a Dios y a todos los santos.


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Saturday, December 1, 2018

Méjico, el campamento (por Víctor Mozo)


Al toque de diana – que nunca fue con corneta - se unieron los gritos de los sargentos, Vicente Nodarse Pérez y Rafael Martel que apenas salido el sol entraban por dos de las cuatro entradas con que contaba la barraca para obsequiarnos con un brutal despertar bajando cuanto Dios y santos había en el cielo, sin olvidar a la Virgen. Le roncan los cojones, gritó un nuevitero desdentado que dormía frente a mí en señal de protesta. Morgado, otro de Nuevitas, no se quedó atrás: me cago en la puta madre que lo parió, diciéndolo a la vez que bajaba la cabeza para que los sargentos no lo notaran. ¡Arriba, arriba, tienen diez minutos para recoger las hamacas y lavarse!, gritó el sargento Martel.

Dábamos grima. La barraca con paredes y piso de palma y techo de guano no nos ayudaba, reinaba la suciedad. De manera obligada nos sentíamos hermanados por los malos olores que de seguro despedíamos y que nosotros mismos ni sentíamos después de más de 24 horas sin lavarnos. Sin olfatearnos como los animales, nos escudriñamos tratando de saber quién era quién.

Salimos casi en tropel para lavarnos un poco la cara en unos lavaderos de cuyas llaves salía un hilo de agua. Los más listos habían traído jabón, pero muchos como yo se atenían solo al cepillo y la pasta de dientes. Al menos mi boca no apestaría y el agua refrescaría mi cara aun somnolienta.

Me sentía perdido. Como bien lo describiría mi amigo y compañero de infortunio Pedro Bencomo Sarmiento, me habían sacado de un mundo: “Fue un trancazo físico y emocional sin transición alguna, un día estábamos ensayando para el vals de los 15 de fulanita y al otro día estábamos en casa del carajo con gente vociferándote en los oídos”. Los gritos, las malas palabras, serían mi pan cotidiano como lo sería también esa tierra roja que pisaba y que nunca había visto. Pensaba a veces que debajo de mis pies se encontraban las entrañas del mismísimo infierno.

Ciento veinte hombres conviviríamos hacinados en dos barracas con los cabos de la UMAP y el hedor de las cercanas letrinas. Completarían el campamento la barraca con piso de cemento que cobijaba a los sargentos, al jefe de compañía y al segundo al mando, más una pequeña oficina. El trabajo esclavo no podía dejar de contabilizarse.

El nuevo grito de a formar con las erres bien arrastradas del sargento Rodríguez me sacó de mi estupor. En lo adelante siempre formaríamos en el mismo lugar, no lejos de la barraca de los oficiales. Los once de Jaronú caímos en el pelotón 1. En lo adelante yo sería el número 28. Además de utilizar un número para llamarnos, también utilizarían la palabra elemento. A eso nos reducían, a ser “elementos”.

A la voz de marchen, nos encaminamos de nuevo al comedor donde nos dieron dos dedos de café claro y un pedazo de pan que engullimos con la rapidez del hambriento. Al salir, un paseo breve por las obligadas letrinas me puso frente a una realidad que no me esperaba, o me enfermaba o salía inmune de todo aquello.

Y de nuevo a formar, a marchar bajo el sol por no sé cuántas horas. Cinco minutos de descanso y me precipité al lavadero a tomar agua cometiendo el gran error de beber rápido. En medio de la formación, esperando la próxima voz de mando, vomité lo poco que había tragado. Pedí permiso para salir de la formación. ¡Negativo! Me respondió el sargento Rodríguez. Creí que me iba a desmayar. El 27, un guajiro de Santa Lucía y el 29, Ercilio Serrano, otro guajiro, me sostuvieron por los brazos. ¡Compañía atención! ¡Derecha, dré! ¡De frente, marchen! Nunca supe de dónde saqué fuerzas, pero aguanté hasta el almuerzo que consistió de nuevo en sardinas y boniato salcochado con su cáscara para variar el menú. Las porciones fueron de nuevo escasas y devoradas en pocos minutos.

Por la tarde nos dieron lo que sería nuestro uniforme: dos pantalones, uno azul y otro verde oliva; una camisa gris, una gorra, el distintivo, un sombrero de guano y un par de botas. Nos dieron además dos calzoncillos, dos pares de medias, un minúsculo pedazo de tela antiséptica que serviría de toalla y un jabón. Como calzado un par de botas carmelitas de trabajo, ¡y a arreglárselas para encontrar el buen número! El intercambio de botas entre unos y otros sirvió para entablar un poco la conversación. Los testigos de Jehová, que ya eran tres, rechazaron todo lo que fuera de color verde oliva. Había gente de Minas, Senado, Nuevitas, Sola, Holguín, Morón. Los de la ciudad de Camagüey seríamos unos 15. Para casi todos, más que la ropa, tener un jabón en las manos fue de amplio regocijo.

Las tablas que servían de piso en las duchas parecían más rojas que la propia tierra. Una veintena de llaves conectadas a tubos servían para ducharse. Duro momento la primera vez en que por grupos, sucios y desnudos, tratábamos de guardar una distancia prudencial. La principal preocupación era mantener el espacio vital, quitarse el churre de encima y ponerse el dichoso uniforme que al menos estaba limpio.

Nos volvieron a cansar de tanto marchar y marchar, ¡ni que fuéramos cadetes para desfile militar! La comida fue la repetición del almuerzo y la noche cerró con una marcha más y el grito obligado de patria o muerte que el sargento Rodríguez nos hacía repetir hasta que se cansara.

Raro campamento dizque militar. No había asta ni mucho menos bandera. Nunca se cantaría el himno nacional ni siquiera en las fiestas patrias. Imposible cantarlo, vivíamos en cadenas y en afrenta y oprobio sumidos. La Patria había dejado de ser ara para ser pedestal.


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Saturday, November 24, 2018

El día que odié la patria (por Víctor Mozo)


La poca claridad había desaparecido a toda velocidad dando paso a una noche de escasa luna. Cuando llegamos al campamento, el camión en que iba había dado tal frenazo que todos nos zarandeamos de una vez y si no nos caímos fue gracias a lo apiñados que estábamos. Era el frenazo de un chofer que entregaba la última carga, su vehículo y él podrían al fin ir a descansar. Si el camión hubiera sido de volteo, ahí mismo nos habría descargado como deshechos para el basurero.

Estábamos desorientados. La cacofonía de gritos que nos esperaba unida a las luces de las linternas que nos cegaban ponían nuestros nervios a ruda prueba. ¡Arriba, a formar! ¡Rápido, rápido! ¡Qué cojones se creen, que venían de vacaciones! ¡Atención, alineación derecha! Los gritos se entremezclaban con las voces de mando. Cabos de la UMAP y sargentos emulaban entre sí para ver quién gritaba más. Al final solo se oyó una voz. Era la de un sargento cuya figura nos costaba trabajo ver en aquella penumbra ya que las linternas enfocaban más nuestros rostros que los de ellos. Tenían que verle bien la cara al lote de esclavos.

Sin entrar aun en el que sería nuestro campamento el sargento apellidado Rodríguez empezó a torturar nuestros oídos. Como esta revolución es generosa, no los vamos a dejar sin comer. Van a entrar marchando, empezó a decir en alta voz para que lo oyéramos bien. Después irán a descansar. Ni que fueran tan buenos, pensé.

Derecha, dré. De frente, marchen. Un, dos, tres, cuatro… Quien dirigía esta vez nuestra compañía de esclavos era un cabo de la UMAP llamado Manuel Delgado Deillá. Entramos marchando al campamento, a mi derecha vi una especie de parasol de guano bajo el cual se encontraba un recluta armado con su fusil M-52, casco y cananas. A mi voz de mando, ¡compañía, alto! Izquierda, izquier… gritó el sargento Rodríguez dejándonos en atención. Veo que hay dos o tres que no marchan, dirigiéndose a Tomás Muecke y a Lázaro, los dos testigos de Jehová. No marchamos ni nos vestimos de verde oliva, somos testigos de Jehová, dijo Muecke muy convencido. ¡Ah, los famosos testigos de Jehová! Exclamó el sargento Rodríguez añadiendo: Aquí nos cagamos en Dios, en Jehová y todo lo que se nos meta por el medio. Ya verán quién manda aquí. Dicho esto, le cedió el mando de nuevo al cabo Deillá quien nos condujo marchando hasta el comedor.

Entramos en fila y en silencio. Nadie se fijaba en aquella barraca que servía de comedor. Nuestras manos se aferraban a aquellas bandejas de metal que al entrar nos daban garantizando que algo de comer pondrían encima. A cada uno se nos dio un jarro de metal. El cocinero, otro cabo de la UMAP, nos fue sirviendo medio plátano verde hervido y una lata de sardinas. Apenas nos habíamos sentado que ya el plátano, que rociamos con el aceite de las sardinas para que deslizara mejor por nuestras gargantas, y los minúsculos pececillos habían desaparecido. Hubo más de uno que lamió la lata. Fue un festín que entretendría nuestras sonoras tripas por un rato.

La alegría, si la hubo, fue efímera. En fila para lavar los platos en una caldera de agua hirviendo fuera del comedor, oímos a los sargentos y cabos gritándonos de nuevo para formar. Siempre bajo la voz de mando del sargento Rodríguez nos hicieron marchar por todo el campamento. Los testigos de Jehová caminaban.

¡Compañía, al…to! ¡Alineación derecha! ¡Prepareeen fren! ¡En su lugar, descansen! Delante de nosotros teníamos a los sargentos, uno para cada pelotón. Doce cabos UMAP (cautivos del primer llamado), cuatro por cada pelotón. Un teniente de milicia jefe de compañía y un sargento de primera que fungía de segundo al mando. Completaban ese cuadro un sargento, jefe de la guarnición de seis soldados reclutas del SMO, encargada de cuidar y sobre todo de vigilar que nadie escapara.

Van a ir a descansar, empezó a decir el sargento Rodríguez, pero sepan que la alarma - una especie de llanta oxidada que pendía de la rama de un árbol - puede sonar en cualquier momento y eso quiere decir de pie y a formar. Ya vieron donde se encuentran las letrinas. Si quieren ir durante la noche tienen que gritar: “posta, permiso para mear o posta permiso para cagar”. El que no lo haga se le da el alto y si no responde se le dispara. No se puede salir de las barracas bajo ningún pretexto. Como colofón nos vino con el consabido bodrio revolucionario. Sepan que ustedes están aquí para cumplir una tarea que la revolución les ha asignado. Están aquí para trabajar y para trabajar duro. Qué jodidos estamos, qué tarea ni qué revolución. ¿Habría manera de dormir y olvidar todo esto, aunque fuera por unos minutos? Me pregunté a la vez que mi cansancio aumentaba.

¡Compañía atención! ¡Para descansar rompan…! La palabra filas que terminaba la frase no llegaba. Un cabo UMAP gritó patria o muerte. ¡Ah, y encima teníamos que gritar patria o muerte! Caro el precio a pagar para ir a descansar.

¡Para descansar, rompan…! Repitió el sargento Rodríguez. De las bocas de los 120 cautivos salió un desganado patria o muerte. No oigo nada, añadió Rodríguez. ¡Para descansar rompan…! Lo dije prácticamente sin gritar, no tenía fuerzas y tampoco me salía del alma decirlo. Mis compañeros de infortunio y yo repetíamos al unísono aquellas dos palabras cuyo significado nos importaba un comino mientras nuestras mentes le rendían quizás un inmerecido “homenaje” a la madre del sargento Rodríguez. La señora se había ganado la ira de 120 hombres.

No recuerdo qué hora era, pero era tarde. Allí el sargento Rodríguez nos mantuvo parados en atención hasta que repetimos unas diez veces aquella frase que nos torturaba. Al fin la palabra “filas” gritada por él cayó como una bendición.

Entré en la barraca que me asignaron. No sé cómo, pero sin nunca haberlo hecho armé la hamaca que me habían dado. Como todos los demás, me acosté con la ropa puesta, muerto de cansancio y sucio. Quería dormir y olvidar. Ese día odié la patria y me dije que por ella no moriría.


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Saturday, November 17, 2018

Los Once (por Víctor Mozo)


Por mi mente vaga la imagen de aquel heterogéneo grupo, cansado, hambriento, cubierto por el polvo del camino recorrido y sin saber cuánto tendría aun por recorrer. No me quedaba más remedio que aceptar aquello que se me presentaba diciéndome que había que esperar y sobre todo aguantar. Lo peor seguía siendo no saber nada. El silencio de los que nos custodiaban era insultante, pero tampoco ellos sabían. Salvo el que los mandaba, todos eran reclutas del SMO, jóvenes como muchos de nosotros.

Yo no sé qué cojones se cree esta gente, porque a mí si me ronca. Deja que hable con mi familia, que de aquí me van a sacar en un dos por tres.

El que así hablaba era Pedro Valero Caballero, un negrito de dieciséis años al que le faltaban los cuatro incisivos superiores que se daba aires de guapetón de barrio.

A la espera de un próximo traslado, los soldados nos habían confinado alrededor de una ceiba que nos regalaba su sombreadora protección. Parece que esto va de largo, dije buscando conversación. El que espera, desespera y ya yo estoy hasta los cojones, me contestó Gilberto Castillo Domínguez, el clásico tipo de la calle, un par de años mayor que yo, fumador de cigarros suaves.

Cerca de mí se encontraba una persona que me parecía conocida, Luis Peix Riverón, 33 años. Inspiraba tranquilidad. Junto a él otro muchacho, muy reservado, Carlos Balseiro, ambos parecían conocerse. Me parece haberlo visto en alguna parte, le dije al señor Peix.
- En el comité militar.
- ¿De verdad? ¿No fue en la cafetería de mi padre?
- “Dios aprieta pero no ahoga”.
- ¡Sí, ya me acuerdo. ¿Usted es católico?
- Sí, de la iglesia de la Soledad.
Sentí un alivio tremendo, me sentía acompañado. Yo también voy a la Soledad, me dijo Carlos Balseiro dirigiéndose a mí. Vaya, al fin Dios me apretaba un poquito menos.

Completaban los once Miguel Ángel Montejo Lamas, quien tan pronto oyó mi apellido me asoció con la cafetería. Israel Areli Marrero Mesa, joven discreto y tímido; Jonatán Tejedor Pérez, de unos 17 años con algunos baches en la cara, dentadura inmaculada y sonrisa de oreja a oreja, pasara lo que pasara. Ambos se identificaron como adventistas. Un señor cuyo nombre no recuerdo que pasaba de la veintena y pertenecía al Bando Evangélico de Gedeón, cuyos adeptos eran conocidos con el mote de los batiblancos. El resto lo conformaban dos testigos de Jehová, Tomás Muecke Serrano y Lázaro, un hombre ya mayor, casado y con hijos.

El tiempo pasaba y seguíamos sin comer. Siempre acompañados por un soldado, cada cual podía al menos satisfacer la sed gracias unos tanques de agua no muy lejos de donde estábamos. Los que fumábamos, pensábamos que así entreteníamos el hambre sin darnos cuenta de que pronto nos quedaríamos sin cigarros.

Por ahí viene otro camión, exclamó con cierto regocijo el adventista Jonatán. Coño, ni que fuéramos de paseo, me dije. ¡A formar! Gritó el militar que estaba al mando. ¡Atención! Volvió a gritar. Qué formadera ni que tanta mierda, si solo somos once, tuve ganas de decir. Obedecimos. Allí hambrientos y sucios, estábamos derechitos como estacas.

Volvimos a subir a otro camión Zil. A partir de allí empezamos a recorrer guardarrayas, solo se veían cañaverales. El polvo que levantaba el camión a la velocidad que iba, añadía más suciedad a la ya acumulada durante todo el día. El trayecto fue relativamente corto, quizás media hora. Pensamos que sería nuestro destino final, pero no, el calvario parecía no tener fin. Habíamos llegado a un lugar donde había un gran bohío y muchos árboles, nada de cercas. No podía ser un campamento.

Alguien gritó que nos bajáramos. Era el sargento sin grados Vicente Nodarse Pérez, un rubio bajito de ojos azules. Venía acompañado por una perra cruzada con pastor alemán llamada UMAP. El animalito resultó ser manso y por mucho que el sargento lo llamara, no se separaba de nosotros buscando a alguien que le pasara la mano. Su acogida, meneando la cola, distrajo mi mente adolorida mientras estuvimos allí. Desgraciadamente, la distracción no duró mucho tiempo. No muy lejos veíamos la polvareda que levantaban varios camiones que se acercaban adonde estábamos.

Los camiones venían llenos. Al ver a todos aquellos hombres prácticamente hacinados en esos vehículos, pensé que a ningún lugar bueno nos iban a llevar. Parecían guiñapos humanos y así debían vernos a nosotros. El cansancio se reflejaba en sus miradas. Tan pronto pararon se nos dio orden de incorporarnos al grupo. Completábamos la carga para el destino final.

No recuerdo la hora, pero la oscuridad comenzaba a hacerse presente mientras rodábamos por aquellos campos. Experimentaba una extraña sensación ayudada por un silencio entorpecido solamente cuando el camión pasaba por un bache y brotaban las quejas y palabrotas de los que allí íbamos. Nos transportaban como bestias.

Llegamos a un crucero llamado México. No muy lejos comenzaban a verse las tenues luces de algunos mechones de luz brillante. El campamento que nos esperaba sería conocido con el nombre del país de los mariachis. No serían los corridos acompañados con violines, trompetas y guitarrones quienes nos darían la bienvenida.


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Saturday, November 10, 2018

Entre el miedo y el hambre (por Víctor Mozo)


La caravana con aquella carga humana enfiló su rumbo hacia la Doblevía para luego tomar la calle Francisquito y buscar la carretera central. Al parecer, orden debió darse de ir lo más rápido posible para evitar a toda costa que los camiones se detuviesen, que algunos sintieran la tentación de escapar e impedir a la vez cualquier comunicación con algunos transeúntes que pudieran ser interpelados. Había un silencio que solo era interrumpido ocasionalmente por el ruido característico de los frenos de aire de los camiones Zil.

Ya en la carretera central, más o menos pasado el Instituto, algunas lenguas comenzaron a soltarse. No sin desconfianza cada cual trataba de dirigirse al de al lado y la pregunta surgía casi al unísono: ¿Adónde nos llevan? En mi cabeza trotaba solo una idea y se la comenté a Robertico: Mi amigo, nos llevan para la UMAP. No se sorprendió, también había oído hablar de estas unidades y nada bien. De repente se le oyó decir a alguien que tenía más o menos nuestra edad: Nos llevan para el Mariel a pasar el SMO en la marina. Sigue durmiendo de ese lado, contestó de repente un negro mucho mayor que nosotros a la vez que soltaba una bocanada de humo. El que contestaba terminaría años después fusilado por abuso de menores y era conocido con el apodo de Perico. En el camión había de todo, desde lo mejor hasta lo peor y con esos bueyes habría que arar. En lo adelante tendría que abrir bien los ojos y aprender a hablar solo cuando fuera necesario. El miedo hacía de las suyas.

El trayecto comenzó a ser interminable. En cierto momento pasamos por el pueblo de Florida. El sol quemaba y las gargantas estaban más que secas. Tenía hambre, en fin, todos teníamos hambre y sed. En cierto momento la caravana se desvió. Alguien que reconoció el lugar mencionó que íbamos para Esmeralda. Detalle sobre el que “Perico” dio rápidamente su opinión: sigan comiendo mierda pensando que van para la Marina. Nadie le respondió. De repente la caravana disminuyó la velocidad y se detuvo. El miliciano que nos cuidaba dispuso su metralleta apuntando en nuestra dirección.

Nuestro camión se detuvo frente a uno de esos bohíos que a veces se encuentran a orillas de la carretera. Según oímos, uno de los camiones de la vanguardia tenía problemas. Le pedimos a nuestro centinela que nos dejara bajar para pedir agua en el bohío, pero se negó rotundamente amenazándonos con su arma. Finalmente, al grupo que estaba en el camión que nos precedía se le permitió bajar para ir a pedir agua. Un militar vino y dio la orden a nuestro centinela de que nos dejara bajar. Tienen suerte, si fuera por mí, de aquí no se baja nadie, dijo tratando de hacerse el guapo. Era impensable fugarse, ¿para ir adónde? ¿para esconderse en dónde?

Un campesino trajo un jarro y así pudimos apagar un poco la sed que tanto nos agobiaba. Fue el inicio de algo que luego se haría habitual. Nadie se preguntó si tal o más cual tenía tal o más cual enfermedad. Todos bebimos en el mismo jarro. El otro problema era orinar y prácticamente ahí mismo lo hicimos delante la mirada atónita de los campesinos, ¡al carajo el pudor!

Al cabo de media hora, la caravana se puso de nuevo en movimiento. Cuando entramos a Esmeralda pasando delante del parque, un mulatico flaco que iba en el camión aprovechó que se aminoraba la velocidad para arrojar un papel con su nombre y dirección, lamenté no haber tenido la misma idea. Me consolé diciendo que a lo mejor nadie lo recogería. Aquel mulato estaba pidiendo auxilio.

Nuestro primer destino iba a ser el central Jaronú cuyas chimeneas ya se avistaban y allí llegamos alrededor de las 4 pm. A gritos nos hicieron bajar de los camiones en un parque que se me hacía inmenso y donde soldados armados con armas largas estaban omnipresentes.

Mientras estaba con Robertico me sentía confiado, tiempo después me confesaría que sentía lo mismo. El conocernos nos reconfortaba, lo importante era que no nos separaran. Al cansancio y el hambre se unía la preocupación y la angustia, ¡cuánto hubiera dado al menos por un pedazo de pan!

No tardó mucho en que empezaran a llamar por un altavoz y los camiones se fueran llenando nuevamente. Seguíamos sin saber. Entre gritos y voces de mando nos arreaban como ganado que iba al matadero.

Oí el nombre de Robertico y se me hizo un nudo en la garganta, esperaba que me llamaran también pero no fue así. Lo seguí con la vista hasta que dejé de verlo perdiéndose en aquella multitud. Sentí que se me aguaban los ojos pero me aguanté.

El tiempo fue pasando y cada vez fuimos quedando menos. De aquellos cientos de personas solo quedamos once vigilados estrechamente por más de veinte soldados armados con fusiles M-52 y bayoneta calada. El simple hecho de ir a orinar detrás de un árbol conllevaba que fuéramos escoltados.

Nuestras miradas se cruzaban buscando una explicación, la incertidumbre se volvía tortura. El hambre no dejaba de atormentarme y prepararme para lo peor se me hacía cada vez más difícil. Dicho en otras palabras, tenía miedo.



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Texte en français: ENTRE LA PEUR ET LA FAIM


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Sunday, November 4, 2018

Las palabras Quebec y Cuba se parecen mucho... Le Dictionnaire cubain indispensable (Prólogo de Víctor Mozo)

Nota del blog: Agradezco a Víctor Mozo, que comparta con los lectores del blog, su versión al español del Prólogo de Le Dictionnaire cubain indispensable (coautoría de Michel Brulé y Víctor Mozo).


Prólogo


Las palabras Quebec y Cuba se parecen mucho y algunos quebequenses que pasan el invierno en la mayor de las islas del Caribe, se definen como “cubaquenses”.

Existen dos posibilidades en cuanto al origen del significado del nombre de Quebec. La primera y la más conocida de las hipótesis es que vendría de la lengua iroquesa y significaría allí donde el río se estrecha. La segunda dice que viene más bien de la palabra innu “képak” que quiere decir “desembarquen”. En lo que concierne al origen de la palabra Cuba, existen también algunas hipótesis que se confrontan. El lingüista francés Léon Douay pretende que vendría de la palabra maya cuba, que quiere decir codo, pero la hipótesis más verosímil sugiere que venga de la palabra arahuaca cubanacan, que significaría “tierra del medio”.

La lengua arahuaca era hablada por las principales naciones amerindias de la Isla. Desafortunadamente, esta lengua desapareció en Cuba porque los que la hablaban murieron, ya sea por las epidemias, por el mestizaje con los colonos españoles o con los esclavos negros. Los ingleses, quienes siempre practicaron una forma de colonización segregacionista y racista, exterminaron ciertamente unos 40 millones de amerindios en América del Norte, pero sus políticas segregacionistas y racistas permitieron sobrevivir a las tribus de arahuacos. Actualmente podemos encontrar un cierto número de ellos en Jamaica.

Si van a Guardalavaca, cerca de Holguín, se hace hincapié en visitar el museo de Chorro de Maita. Allí aprenderán con estupefacción que los amerindios de Cuba vivían en largas casas como nuestros propios amerindios. Los colonos franceses son los ancestros de los hippies y preferían hacer el amor más bien que la guerra. En un fascinante ensayo intitulado Nuestros ancestros, los primeros hippies, Gabrielle Labeau diserta sobre este tema bajo todos sus ángulos. Los primeros colonos franceses vivían armoniosamente con las Primeras Naciones y la mayor parte de nosotros tenemos orígenes amerindios. Es más, el historiador Francis Parkman elogió siempre nuestro modelo de colonización: La civilización española aplastó a los indios; la inglesa los despreció y la francesa los abrazó y mimó.

Si los amerindios de Cuba y de Quebec se parecían tanto por sus viviendas, su alimentación y su relación con la naturaleza, no sucede necesariamente lo mismo con los cubanos y los quebequenses. Nuestras diferencias culturales son enormes y tratamos de explicarlas en este libro a través de las palabras. Y volviendo al movimiento hippie que se caracterizaba por la libertad sexual, la solidaridad y el sentido de la comunidad, no hay duda de que fue el movimiento que más amenazó al gobierno (establishment en el original). A aquellos que llamamos los grandes de este mundo han hecho todo desde el hundimiento de este movimiento para erradicar sus valores.

Desde 1970, los medios de comunicación no dejan de empujarnos hacia el individualismo y el cada uno para sí. Actualmente, su victoria es casi total con el advenimiento de los medios de comunicación social, ya que hemos entrado en una era de egocentrismo, los selfies son la prueba más explícita. En la unión está la fuerza, pero el credo de los que nos dirigen (establishement) es el de dividir para vencer. En la provincia de Quebec es evidente que nuestras élites, todas malintencionadas, opresoras y antidemocráticas como son, se sirven de sus medios de comunicación para desunirnos al máximo.

En Cuba, es evidente encontrar algunos cubanos aferrados a sus teléfonos, pero la mayoría de ellos no pertenecen a nuestro mundo moderno. Efectivamente, la solidaridad humana y el sentido de la comunidad están siempre presentes y bien implantados. En Quebec, abandonamos a nuestros padres en asilos subvencionados. En Cuba, los ancianos participan activamente en la vida familiar y en la educación de los hijos. En Quebec, el movimiento #metoo, que tiene sus cosas buenas, ha contribuido sobre todo a crear un abismo entre hombres y mujeres. En Cuba las mujeres aman a los hombres y viceversa. Los cubanos no podrían imaginar una sociedad sin el aporte de ambos sexos. El coqueteo es omnipresente y se ve regularmente cómo los hombres piropean y silban a las mujeres sin que estas se den por ofendidas. Es cierto que los cubanos son más pobres que nosotros, pero son ricos en sol y en sonrisas. Mucho tenemos que aprender de ellos, pero para aprovechar al máximo de sus enseñanzas, tenemos que conocer sus costumbres a través de sus palabras. Gracias a este Diccionario cubano indispensable, podrá aprovechar los numerosos atajos y evitar las trampas que le tenderán.



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Saturday, November 3, 2018

Viernes 24 de junio de 1966 (por Víctor Mozo)


El día se presentaba caluroso. Fui a esperar la guagua que me llevaría al campamento militar en la parada que quedaba casi enfrente de la Catedral en la calle Independencia esquina a Luaces. Serían apenas las 5:30 de la mañana y el aroma de pan recién horneado en la no muy distante antigua panadería y dulcería El Roxi del gallego Eusebio Cal, llegaba hasta la parada. Me comería un buen pedazo de pan caliente, me dije. Soñaba despierto, la que había sido una magnífica panadería y dulcería solo fabricaba ya un remedo de pan que solo era distribuido según el racionamiento impuesto.

En fracciones de segundos me vi años atrás en ese mismo lugar vestido con camisa azul, corbata blanca y pantalón kaki, esperando la ruta no 1 que me llevaría al colegio de los Hermanos Maristas. Camisas azules y corbatas blancas, ese es el Marista, había dicho una vez el Hermano Julio, rector del colegio. De repente, todo me resultaba tan distinto. La ruta no 9 que me llevaría a mi destino disminuía su velocidad para detenerse. Sin querer, empezaba a comprender el sentido de la palabra preocupación.

La guagua inició su rutinario recorrido atravesando calles, me pareció que iba más rápido que de costumbre o quizá era yo quien quería que fuera más despacio. Me acompañaban algunas cabezas rapadas sin que ninguna me fuera conocida, lamenté. Siempre el mismo aire de desconfianza. En los asientos del fondo alguien pasaba la borrachera de la víspera. Este vive en otro mundo, me dije. Mejor para él, no sé si ahogaba penas o alegrías.

Eran casi las 6 cuando la guagua llegó a nuestro destino. Me bajé sin pensarlo mucho, total, no había vuelta de hoja. Éramos apenas unas diez personas. Sin mediar palabra entre nosotros fuimos entregando la citación al militar que nos esperaba en la puerta de entrada. Si en las marchas dominicales acostumbradas notaba que había mucha gente, estaba vez aquel terreno enorme estaba prácticamente cubierto por una nube humana casi estática que trataba de buscar su rumbo. Ese 24 de junio de 1966 éramos probablemente más de mil.

Tratando de buscar a alguien conocido, me encontré con un viejo amigo de la infancia. ¿Y a ti por qué te citaron? Le pregunté.
- Pues ná, dejé de ir a la escuela y empezaron a citarme. ¿Y a ti?
- Por ir demasiado a la iglesia, creo.
- Tú siempre fuiste muy católico.
- Fui no, lo soy. Afirmé convencido.
Me alegró ver a alguien conocido, fue recíproco, era apenas un año mayor que yo. Robertico, le llamábamos. Buen muchacho, de buena familia. Tratamos pues de permanecer juntos y así pasar el poco tiempo que tendríamos haciéndonos conjeturas sobre el futuro.

Esta vez había muchos militares. En su mayoría se trataba de oficiales del Ministerio del Interior con sus inconfundibles uniformes y sus rostros impasibles. Como si de ir a al combate se tratara había además muchos soldados armados con armas largas. Los Sacker, Arroz Blanco y otros pasaban a un tercer plano. Me pareció ver al “sargento” Aguilera.

Al cabo de una hora empezaron a llamarnos por nuestros nombres a través de un altavoz. El que lo hacía era un oficial del Ministerio del Interior. Así se fueron formando compañías de 120 hombres. Por suerte Robertico y yo caímos en el mismo grupo, nos sentíamos menos aislados.

Mientras tanto una caravana de camiones Zil soviéticos con barandas de madera hacía su entrada en el campamento, nunca antes había visto tantos. Robertico y yo nos miramos, en esos vehículos nos transportarían.

Aquel pase de lista parecía no tener fin hasta que a eso de las 11am nos hicieron marchar militarmente hasta donde esperaban los camiones. No se nos permitía hablar, no se nos había permitido tomar agua y el calor no daba tregua. A lo lejos percibí una ambulancia, no sé si llegaron a utilizarla, ¡éramos tantos!

La orden de subir a los camiones fue dada y los encargados de arrearnos como si fuéramos ganado eran los “sargentos”. Sacker y compañía se dieron gusto gritándonos para que subiéramos rápido a los camiones. No nos daban tiempo ni de tener miedo. ¡Rápido, muévanse! ¡Arriba, arriba, partida de vagos! Vago el coño de tu madre, respondió entre dientes uno de los que subía.

No sé cuánto tiempo estuvimos parados en el dichoso camión, poco era el espacio donde podíamos movernos. Al menos, podíamos fumar y hablar, unos se encerraban en un silencio sepulcral y otros maldecían bajito la hora en que allí estábamos. El último en subir fue un miliciano con metralleta en mano y cara de pocos amigos que no dejaba de fijarnos con la mirada.

Desde donde estábamos ubicados pude ver que un jeep del Ministerio del Interior iría al frente de la larga caravana de camiones que nos llevaría a un destino aún incierto. Le seguía un camión posiblemente del Ministerio del Interior también lleno de soldados armados. Cada 4 o cinco camiones se situaba otro jeep con militares.

Nuestro camión se puso en marcha con un zarandeo que puso a prueba nuestras piernas que perdían equilibrio. Podíamos hablar, pero de pronto, a medida que íbamos saliendo, un silencio extraño invadía todo el espacio. Que sea lo que Dios quiera, me dije.





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Texte en français VENDREDI 24 JUIN 1966



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Saturday, October 27, 2018

Destino incierto (por Víctor Mozo)


Salí del comité militar diciéndome que a Dios se le estaba yendo la mano en el apretón que me estaba dando. Mucho me repetí que solo se trataba de una citación militar, pero cierta duda me asaltaba. ¿Y si me llevaban para las UMAP? Lo conversado con Jorge Llaguno días atrás me daba que pensar. ¿Por qué citaban también a tanta gente mayor si el servicio militar era obligatorio entre las edades de 16 a 27 años? ¿Por qué tanto desprecio por aquel que practicara una religión?

Mientras que la ciudad de Camagüey se preparaba tranquilamente en junio para sus carnavales con sus comparsas, congas y colores, en toda Cuba se activaban los comités militares para una entrega en masa de mano de obra barata. Como a muchos más, me tocaría formar parte de esa entrega cual si fuera un paquete más que la alta jerarquía revolucionaria le regalara a su comandante en jefe. La “fabricación” del hombre nuevo, calculada de la manera más fría y metódica posible, estaba en marcha.

Apenas tuve tiempo de pensar en carnavales, para fines de la primera semana de junio, fui convocado nuevamente, sería la última vez. Esta vez el proceso fue rápido. Me tocó de nuevo el “sargento” Aguilera quien luego de una cortesía inhabitual, me dijo: Tiene que presentarse en la unidad adonde acostumbra a marchar los domingos el viernes 24 de junio a las 6 am. Lleve solamente cepillo y pasta de dientes. Y pase por una barbería para que lo pelen a lo militar, los barberos ya saben, añadió, antes de entregarme un papel donde estaba escrito que debía presentarme en tal lugar, a tal hora y en letras más pequeñas el inciso tal, número tal de la ley del servicio militar obligatorio. Sentí que se me aflojaban las piernas. ¿Y para dónde me llevan? Atiné a preguntar con voz que debió denotar miedo.
- Ya lo sabrá cuando llegue a su destino.
- Pero… es para que sepan mis padres.
- Es todo, puede retirarse.
- Pero…
Se levantó y sin mirarme llamó al siguiente.

Se jodió esto, me dije. Ya saliendo miré a los otros que esperaban, están tan jodidos como yo y todavía no lo saben. Algunas de sus caras se me fijarían en la mente como la de aquel que parecía un dandy, vestido de saco y corbata, listo, diría yo, para ir a una fiesta de 15 a media mañana.

De inmediato fui a la cafetería a decírselo a papá, en fin, fui a llevarle una preocupación más, me digo ahora. Bueno mijo, que sea lo que Dios quiera. ¿Para dónde te llevan? Me preguntó dándose cierto aire de estoicidad.
- No sé.
- ¿No te dijeron?
- Lo sabré cuando llegue.
- Trataré de averiguar con un amigo.
Papá terminaría sin saber adónde me iban a llevar.

La idea de pelarme al rape no me gustaba, lo dejaría para última hora. A partir de ese momento los días se irían en un abrir y cerrar de ojos, quería aprovechar lo que me quedaba de libertad, no lograba ver bien el futuro.

Cuando mamá se enteró se echó a llorar. Por mucho que le decía que muchos jóvenes hacían el servicio militar, no quería entender. Nunca le había mencionado lo poco que sabía de las UMAP. ¿Habría oído decir algo?

El 23 de junio por la noche fui a la Catedral como de costumbre a despedirme de todos aquellos con quienes compartía. La atmósfera no era de mucha alegría. Cada cual venía con su consejo tratando de darme ánimo, sobre todo los más viejos. Días antes había ido a ver a Monseñor Adolfo, obispo entonces de Camagüey, piensa en lo peor que te puede pasar y mantén la fe, me había dicho.

Esa noche dormí apenas, entre los sollozos de mamá, papá tratando de calmarla y las mil y una cosas en las que pensaba fue difícil conciliar el sueño.

A las 5 papá vino a despertarme. El desayuno fue frugal, un poco de café y un pedazo de pan. No queda leche, mijo, me había dicho. Me hacía el duro, pero por dentro sentía mucho miedo. La despedida fue breve. Trata de mandarnos la dirección de donde estás, exclamó papá.

Salí de la casa después de abrazar a los viejos. Me imagino el dolor, la angustia que deben haber vivido en ese momento. Pienso en ese drama multiplicado por cientos de familias que pasaban por lo mismo. Solo ahora, después de haber sido padre me doy cuenta. El espacio que dejaba vacío en mi casa era repentinamente reemplazado por una infinita tristeza. Era el 24 de junio de 1966.




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Texte en français DESTINATION INCERTAINE

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Saturday, October 20, 2018

Dios aprieta, pero no ahoga (por Víctor Mozo)

Un grupo de católicos camagüeyanos
peregrinan al Cobre, por los 50 años 
de la Virgen de la Caridad como Patrona de Cuba. 
Mayo 1966. Foto cortesía de María Obregón
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Si bien la frase de Llaguno mientras no te manden a pelar al rape todo está bien daba que pensar, mi vida continuaba sin preocupación, o sí, me preocupaba lo del pelado, pero por lo mal que me vería. Cuando se tienen dieciséis años se impone casi como dogma estar bien peinado y presumir. Vanitas vanitatum et omnia vanitas, me digo ahora sonriéndole al pasado.

En general el mes de mayo de 1966 se había presentado bien, hasta un viaje había hecho a Santiago de Cuba y al Cobre con los amigos de la iglesia para la celebración del cincuentenario de la Patrona de Cuba.
Virgencita del Cobre
flor de la sierra
que con amor el cielo
trajo a la tierra, trajo a la tierra.
Flor peregrina
de aromas y colores
sin una espina… 
tarareo aun 52 años más tarde.

Fueron días muy alegres, lejos de imaginarme que un mes más tarde, con un escenario completamente diferente, mi vida cambiaría y conmigo la de mucha gente.

Un par de semanas después de mi regreso de Santiago recibía dos citaciones más, una para ir a marchar al domingo siguiente y otra para presentarme de nuevo en el comité militar. De repente, mi madre que nunca tocaba el tema, me dijo preocupada: ojalá no te lleven. Yo sabía que mis padres tenían ese presentimiento. Era el más pequeño de los cuatro hijos, mis hermanos eran mayores que yo, dos estaban fuera de Cuba y el que quedaba, ya casado y con hijos, no vivía en casa. No mamá, ya verás que no, le dije para tranquilizarla. Hasta que no me manden a pelar no hay problema, añadí. Que Dios te oiga, dijo algo resignada retornando a sus quehaceres.

La cita para ir a marchar fue más de lo mismo, siempre los mismos sargentos milicianos, siempre las mismas arengas revolucionarias, sin faltar las palabrotas atacando todo lo que fuera religión y que hacían el goce de los que nos sometían en ese momento.

La otra cita, sin saberlo entonces, sería la penúltima antes de que me llevaran. Fue en el mismo lugar que las anteriores con la salvedad de que el que me hizo las preguntas ya acostumbradas era un “sargento” de apellido Aguilera, si mi memoria no me traiciona. Era un tipo flaco, cincuentón, pelo algo canoso y bigote fino también algo canoso. Me dio la impresión de que era alguien con más responsabilidad por la manera en que sus subalternos se dirigían a él.

Me dije que la entrevista sería a la que ya estaba acostumbrado pero esta vez las preguntas concernientes a la religión se hicieron más incisivas. ¿Y qué comedera de mierda es esa de estudiar para cura? Vaya, que esa no me la esperaba. Como no dije nada, insistió diciendo casi a gritos para que todos lo oyeran: ¡Mira que hay cosas mejores que hacer en la vida, coño! Lo único que se me ocurrió decir de la manera más inocente posible fue: Ya no estudio para cura, salí del seminario.
- Pero sigues yendo a la iglesia, ¿no?
- Sí.
- ¿Y sigues creyendo en Dios?
- Sí.
- Pues vas por mal camino.
- Tienes dos hermanos que viven fuera del país, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Tienes contacto con ellos?
- Sí.
- ¿Qué tipo de contacto?
- Pues… de familia.
Aquellas preguntas se asemejaban más a un interrogatorio que a una simple citación, como si él no supiera de antemano la respuesta. Tu mamá es de mucho ir a la iglesia, tu papá menos, recuerdo que me había dicho. Se sabía nuestra vida familiar de punta a cabo. Tu hermano que te queda aquí va por buen camino porque ya no va tanto, ya tú entrarás por el aro también. Quizás la cita no duró media hora, para mí fue eternidad inundada de miedo.

Al salir de su oficina, casi tropiezo con el próximo citado. Nunca lo había visto pero sereno y con voz pausada me dijo: Dios aprieta, pero no ahoga y entró donde el “sargento” Aguilera lo esperaba. Era alguien mucho mayor que yo, el doble de mi edad. Me dio qué pensar y no fue precisamente nada bueno. El cerco se iba cerrando y tenía nombre: UMAP.




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Texte en français DIEUX ÉTREINT MAIS N'ÉTOUFFE PAS


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Saturday, October 13, 2018

Llaguno (por Víctor Mozo)


Jorge Llaguno Cuéllar había llegado a la misa que cada día celebraba el P. Tarcisio Villafuerte en la Catedral a las 7 de la noche. Llaguno, no era del lugar por lo que rápidamente llamó la atención del grupo de jóvenes que casi a diario íbamos allí no solo a la misa sino a reunirnos para compartir sanamente entre amigos.

Llaguno vestía un uniforme que nunca habíamos visto. Se trataba de una camisa gris con un distintivo rojo cosido en la manga izquierda llevando el número uno bordado y cuatro letras, UMAP. El pantalón de color verde oliva y una gorra gris que en ese momento estrujaba en su mano, me imagino, para no olvidarla en el banco de la iglesia. Llaguno se nos había acercado tímidamente al acabar la misa no sin vencer cierta pena. Pasados los saludos lo invitamos a pasar a la sacristía.

Tiempos eran aquellos en que ir a la iglesia era una afrenta contra el sistema. Había que ser osados. Aparte de algunas personas de cierta edad y de misa diaria como la señora Concha Sosa, una venerable dama cuya sonrisa y bondad recuerdo, el hecho de que algunos jóvenes vinieran tan asiduamente no dejaba de preocupar a las autoridades en su búsqueda constante de tratar de alejarnos de todo lo que fuera religión, ese llamado opio del pueblo atribuido a Marx.

Me intrigaba el uniforme y el distintivo con aquellas cuatro letras que nada me decían, no sabía si confiar o desconfiar. Doña curiosidad terminó por imponerse enterándome así de que venía de Cárdenas, que estaba de pase por 24 horas y que no conocía a nadie en Camagüey donde estaba en una unidad haciendo el servicio militar.

Ya establecida cierta confianza, uno de mis amigos también llamado Jorge quien terminaría en las UMAP igualmente, le había comentado que los reclutas del servicio militar no se vestían así.

Tiene razón, había añadido yo, los del servicio militar obligatorio visten camisa y pantalón verde oliva y el distintivo tiene solo tres letras: SMO.

Llaguno se quedó pensativo buscando una respuesta que dar. Como mucho tiempo después me confesaría, tenía miedo. Se encontraba ante gente que no conocía. ¡Ese miedo que conocemos muy bien los cubanos y que tardamos años en quitarnos de encima!

"Esto es distinto", dijo de un tirón.
- ¿Cómo? Le pregunté intrigado.
- Es más trabajo que otra cosa. Es… de tranca a veces, titubeó.
Le costó Dios y ayuda decir la última frase:
- Pero, ¿es servicio militar o no?
- Se le considera como tal por los tres años que hay que hacer como para el SMO.
- Entonces, ¿qué quiere decir UMAP?
- Unidad Militar de Ayuda a la Producción.
- ¿Y el número 1?
- Primer llamado.
- Pero reciben entrenamiento militar con armas, ¿no?
Llaguno hizo un gesto pasando sus dos manos por la cara por unos segundos diciéndome: "Muchacho, como no sea la guataca o el machete, no sé a qué armas te refieres".

Fue tan serio al decirlo que me quedé sorprendido. Llaguno debió haber visto mi cara como un gran signo de interrogación. Razón tenía de sobra porque me vino a la mente mi encuentro con el negrito Cordobí cuando me decía durante la espera en una citación en el comité militar que había algo que no cuadraba. "¿Ya te han citado?" Me preguntó interrumpiendo mi cogitación.
- Sí, varias veces.
- Mientras no te manden a pelar al rape todo está bien.
Sus últimas palabras, si las había dicho para que no me inquietara, estaban lejos de lograrlo. El bichito de la duda me había picado, para la próxima citación no vería las cosas de la misma manera.

El pase de Llaguno vencía al día siguiente y debía irse para no perder el transporte que lo llevaría de regreso a su unidad. Me despedí de él acompañándolo a la puerta de la sacristía que daba a la calle Independencia. "Suerte", me dijo, mientras notaba cierta tristeza en su mirada. Me daba la impresión de que quería haber dicho más y el miedo no lo dejaba. La siguiente vez que lo vería sería casi año y medio después en el batallón 30, allí también conocería a su hermano.



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Texte en français: Llaguno

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Saturday, October 6, 2018

El Cambio (por Víctor Mozo)

Don Leopoldo Mozo y Andrade
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Como el curso escolar ya había empezado cuando salí del Seminario San Basilio Magno a fines de noviembre de 1965, mi padre no me dejó otra alternativa y tuve que ir a trabajar con él a la cafetería, o mejor dicho a lo que quedaba de aquella que con mucha ilusión se había inaugurado en 1959 en el mismo local de lo que otrora había sido El Cambio, la esquina del dinero, como rezaba el membrete de los sobres que había hecho imprimir mi abuelo Don Leopoldo Mozo y Andrade.


Haciendo esquina en Martí e Independencia, la billetería El Cambio había sido primeramente tienda de abarrotes cuando fue fundada por mi abuelo allá por los albores del siglo XX en 1909.

Era pues un local bastante grande con sus mostradores y tendederas exhibiendo los números que serían jugados en la semana. Mi abuelo tenía allí también su oficina que comprendía un escritorio en el cual las pilas de su aparato para los oídos les servían de pisapapeles y debajo del cristal que lo protegía, varias fotos de José Martí a quien había conocido en República Dominicana, país donde había nacido su madre y también su esposa, mi abuela, así como dos de sus hijos. Años más tarde me contaría una de mis tías que mi abuelo sentía una gran admiración por el apóstol a quien había conocido en República Dominicana.

Además de billetería, El Cambio servía de casa de cambio portando así bien su nombre. Vi muchas veces a los veteranos de las guerras de independencia ir allí a cobrar su pensión. Me llamaba la atención que la mayoría, al no saber ni leer ni escribir, firmaban con una X y mi padre les hacía mojar el pulgar en una almohadilla de tinta dejando así constancia con su huella dactilar.

Suministraba también El Cambio billetes de lotería a algunos vendedores ambulantes que iban por las calles pregonando ilusiones a quien quisiera oírlos y proveía también en billetes de lotería a Nuevitas, Florida, Ciego de Ávila, Morón, por solo citar algunos lugares. Recuerdo a mi padre preparar los paquetes con los billetes y sellarlos con lacre para luego despacharlos por ferrocarril.

Víctor y su hermano, 
en la Cafetería Mozo
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Un buen día por obra y gracia de la mal llamada revolución se terminó la renta de lotería con la llegada de lo que se llamó el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda. Papá tuvo que dejar la venta de billetes de lotería y a fin de aprovechar el local tan céntrico que había heredado, decidió abrir lo que se llamó la Cafetería Mozo. Para mi gran placer, los billetes de lotería cedían el terreno a los refrescos, sándwiches y dulces. Eran buenos tiempos todavía.

Era la cafetería lugar de cita de los comerciantes de los alrededores que venían a tomarse un café o comerse un helado y a echar una conversada con papá. Los Alfredo, uno propietario de la sedería Los Muchachos, el otro, su cuñado, dueño de La Piragua sombrerería y tienda de ropa para caballeros. Los empleados de la farmacia de la Dra. García Izaguirre, justo enfrente de la cafetería, entre ellos Pino, padre del actual arzobispo de Camagüey. Todos en la calle de Independencia, sin olvidar a Balbis, dueño de Balbis Electric, los dueños de la ferretería El León, los polacos Koricki con su lema de “Koricki sí que vende Barato”, Alfonso Sedrés y su empleado Pared que tenían un tallercito de reparación de relojes y joyas al lado nuestro. En los altos de la cafetería vivía el señor Pascual y su esposa, quien era uno de los dueños de la ferretería Mimó, aficionado a los buenos tabacos y al lado, por la calle Martí, Doña Juanita Revilla, una gran dama, cuya casa mucho visité con mi padre.

Muchos de estos recuerdos saldrían a colación durante mi cautiverio en las UMAP. Siempre me tropecé allí con alguien que me hablaba de la cafetería e incluso de la billetería. Esas conversaciones nostálgicas me servirían de bálsamo en muchas ocasiones diciéndome así que algo bonito me había tocado vivir por muy efímero que hubiera sido.

Así transcurría mi vida entre citación y citación durante los primeros meses del año 1966 y entre alguna canción de Charles Aznavour y las emisoras captadas en onda corta como la WQAM o la WLCY. El trabajo en la cafetería era poco porque apenas había que vender. La época en que Andrés surtía en helados de distintos sabores que fabricaba él mismo bajo el nombre de Helados Delicias había desaparecido, así como los refrescos Pijuán y las galleticas Siré por solo nombrar esos. Eran ya otros tiempos que de buenos tenían cada vez menos.

Rafael Mozo, en la oficina de
El Cambio
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Texte en français El Cambio

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Saturday, September 29, 2018

Cucuta (por Víctor Mozo)


Entre citaciones que iban y venían con indeterminada frecuencia se deslizó una algo diferente. Se trataba de pasar un examen médico. Mira que joden, pensé.

No me quedó más remedio y así me presenté una mañana en un policlínico que estaba por la calle República. Luego de entregar a mi llegada la consabida citación al miliciano de turno, insisto en lo de miliciano porque casi siempre los que se ocupaban de nosotros no eran militares, me senté en un banco a esperar a que me llamaran.

A mi lado se encontraba un tipo que parecía partirse de tan flaco que era. Yo que de gordo no tenía nada, me sentía como un Charles Atlas comparado con él. Se llamaba Manuel, tiempo después lo conocería con el apodo de “cucuta”. Cucuta era muy conversador.

- Ahora sí estamos jodidos, me dijo.
- Ná, es una citación como las otras, le repliqué.
- Coño, no joda, ahora sí que nos llevan.

Cucuta era también muy expresivo y así era de flaco así tenía tremendo vozarrón. Su manera de hablar era populachera y franca, sin pelos en la lengua. Tuve que interrumpirlo porque creí haber escuchado mi apellido, pero no, habían llamado a un tal Ricardo Tozo

- ¿Tú eres de los Mozo de El Cambio?
- Sí.
- Mi viejo compraba billetes de lotería allí hasta que se jodió la cosa.
- Después fue cafetería.
- Sí, y buenos batidos que hacían, hasta que se jodió la cosa.

Cucuta repetía bien alto hasta que se jodió la cosa. Me caía bien su tono desafiante, sincero y sin miedo. Así la pasamos conversando de El Cambio y de la cafetería, fumando un cigarro tras otro. El Cambio, la billetería de mi abuelo, había sido muy conocida en una época. La conversación hizo más llevadera la espera hasta que lo llamaron y entró en un cubículo donde esperaba un médico. Luego de un rato de espera al fin me tocó mi turno.

El médico que me examinaría era alguien conocido sobre todo en la barriada de La Caridad. Era ya cincuentón y, como supe después, candidato al exilio. No olvido que en ese momento su trato no era el más profesional debido quizás a su frustración.

Siéntese, me dijo, como dándome una orden y señalándome una silla de metal. Me senté, debo reconocer con algo de miedo, para seguidamente hacerme preguntas sobre mi estado de salud.

- ¿Padece de tal cosa?
- No.
- ¿Enfermedades hereditarias?
- Ninguna.

Todo transcurría normalmente hasta que me pregunta.

- ¿Enfermedades venéreas?
- No.
- Usted ni siquiera sabe lo que es eso.

Sorprendido, le respondí. Sí sé lo que es.

- No me diga, me dijo con sorna.
- Son enfermedades del aparato génito-urinario como la sífilis, la gonorrea…

No me dejó terminar la frase. Al fin alguien que sabe algo, me dijo, entre sorprendido y molesto. Luego siguió con otras preguntas hasta que me dio un papel diciéndome a la vez: vaya a tal puerta para que lo pesen y lo midan.

- ¿Es todo?
- Sí.

Aun teniendo su estetoscopio guindado al cuello, nunca me auscultó ni me tomó la presión. Tampoco me mandó a hacer análisis de algo, de lo que sí me alegré. Todo lo que hizo fue llenar un formulario basándose en las respuestas que le daba. Así de sencillo fue el examen médico, no en balde vería luego cosas inexplicables.

Pesarme y medirme no duró cinco minutos. Ya para irme me topé de nuevo con Cucuta. Esto se jodió, a prepararse porque nos llevan insistió entre preocupado y resignado para luego despedirse y seguir su rumbo. Cucuta se veía ya haciendo el servicio militar, yo seguía sin imaginarlo.




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Texte en français Cucuta


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Saturday, September 22, 2018

Arroz blanco (por Víctor Mozo)


De oír tanto a mi hermano Leopoldo repetir en casa el nombrete de “arroz blanco”, no tardé en recordar quién era el sargento que nos había dado la arenga revolucionaria antes de salir de la unidad aquel domingo de marcha fatigosa. Pero, ¿cuál de los dos “arroz blanco” era? ¿Cómo identificarlos si solo era uno el que estaba presente sabiendo que eran mellizos idénticos? Nunca lo supe.

Están como el arroz blanco, decía mi hermano, no se pierden una ceremonia. Prefiero no recordar cómo se llamaban, pero me parece verlos enjutos, con sus espejuelos en fondo de botella y un tinte siniestro en la mirada. Eran inconfundibles. Ora portando la cruz, ora portando el cirio o el incensario, allí estaban los mellizos vestidos con sotana negra y roquete al frente de toda procesión. No sé a qué parroquia pertenecían, pero tanto podías verlos en la Catedral ayudando una misa que siempre al lado de un cura en cualquier tipo de ceremonia. ¡Vaya, que más piadosos no podían ser los dichosos muchachos! La piedad era solo de fachada.

Para ese año 1966, “arroz blanco” y su hermano ya no vestían sotana y mucho menos asistían a ceremonias religiosas. Lo de ellos era entonces estar siempre vestidos de miliciano. Dicen que se les vio participar en aquellos momentos en que las turbas organizadas por el gobierno saqueaban las iglesias y gritaban en plena calle los curas, ladrones, que se quiten las sotanas y se pongan pantalones. Decididamente, los “arroz blanco” habían adoptado las consignas revolucionarias y olvidado el confiteor y otros kyrie eleison.

Ahora, yo los veía cada vez que me citaban para marchar o para entrevistarme en el comité militar. Para mí eran simples cagatintas con ínfulas de generales cuando se hacían llamar sargentos, pero se creían todopoderosos. De hecho, lo eran, sobre todo ante una masa de hombres que se complacían en tratar de someter.

Muy aplicados eran los hermanitos “arroz blanco” a la hora de cazar cristianos, sobre todo católicos. Ya no rezaban sino blasfemaban emulando entre ellos para ver quién lo hacía mejor. Yo con mis dieciséis años les hacía frente y eso les jodía. Los “arroz blanco” sabían que éramos de ir a la Iglesia y que yo pasaba más tiempo entre la Catedral y el entonces obispado, que en mi propia casa. Para ellos era yo una presa ideal.

Era fácil para el “arroz blanco” de turno hablar de un futuro luminoso, de sacrificios, de luchas delante de 120 hombres que deseaban más que todo que terminase su maldita arenga para largarse. Ya veríamos que el futuro sería más bien tenebroso, el sacrificio sería esclavitud y la lucha sería, en muchos casos, para sobrevivir.

“Arroz blanco” es una de esas caras que nunca se olvida. Nunca supe quién de los dos era quién, nunca supe ni sus nombres. Los recuerdo con sotana y vestidos de miliciano. En algún cajón de fotos viejas en el arzobispado de Camagüey o en el archivo de la arquidiócesis debe haber fotos de esos mellizos otrora tan piadosos en primera fila en una procesión. Yo las vi.

Quizás, así como el sargento Sacker, ya no formen parte de este mundo o quizás, como muchos se reconciliaron con la Iglesia. Como habría dicho mi madre, nada mijo, son cambiacasacas.





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Texte en français Riz Blanc



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Saturday, September 15, 2018

La citación (por Víctor Mozo)


La citación me había llegado tres o cuatro días antes para ir a marchar un domingo. Se trataba de un papel impreso con firma y cuño en el que según la ley número tal se te indicaba que si no te presentabas en tal unidad militar sita en tal lugar, podrías buscarte problemas.

El domingo era significativo para mí ya que nunca faltaban a la misa dominical. Desde pequeño, el domingo era sagrado, así me lo habían enseñado. Ya de adolescente si la misa era importante, también lo era el momento pasado con los amigos en la sacristía o en la oficina del cura encargado de la catedral en ese tiempo que era el P. Tarcisio Villafuerte. Que las autoridades escogieran el domingo, no me extrañaba.

La citación indicaba que había que presentarse a las 6:30 am y a esa hora me presenté a regañadientes. La guagua que me llevó iba medio vacía, excepto unas dos personas, el resto de los pasajeros, si me fiaba a las caras que llevaban, diría que iban directo al patíbulo. Nada extraño, ya había visto a algunos de ellos en el comité militar. Una vez llegados a la parada donde nos bajamos, la unidad militar no quedaba lejos y no dejaba de impresionar con sus cercas, garitas con soldados armados y vehículos militares.

Pronto se confirmaría lo dicho por Cordobí. Un miliciano recogía las citaciones, anotaba nuestros nombres y nos indicaba el lugar donde nos teníamos que concentrar. Así pasamos una hora o más hasta que llegó otro miliciano gritando, cuando no ladrando, diría yo, ¡a formar! Fijándome en lo que hacían otros que al parecer tenían experiencia de citaciones anteriores, me puse en fila.

Así nos formaron en 3 pelotones de 40 hombres, lo que hacía, según acababa de aprender, una compañía. El miliciano que gritaba se presentó como el sargento Sacker, como era medio gordo, lo habían apodado el sargento García, recordando a aquel sargento regordete y torpe que perseguía a el Zorro, personaje de múltiples aventuras en el cine y la televisión. Al tal Sacker nunca le vi los grados de sargento. Ya me tocaría conocer a muchos sargentos sin grados.

Luego vinieron lo que ahora yo llamo ladridos y que en aquellos tiempos llamaban voces de mando. ¡Compañía atenhó! gritó el sargento sin grados. Y a ponerse pues en atención, derechos como estacas. Esa voz de atención me tocaría oírla muchas veces bajo distintos tonos o ladridos: atenjao, adenjou, etc. ¡Alineación derecha! ¡Al fin algo pronunciado como Dios manda, me decía! ¡Preparen fren! ¡A tu lugar descan! Nunca entendí porqué tenían que deformar las palabras.

Y al minuto empezamos a marchar. Aran, ho, tres, cuat; aran ho, tres, cuat… que si flanco izquierdo, que si flanco derecho, que si retaguardia. El sargento sin grados se daba gusto haciéndonos marchar a pesar de que su gordura lo hacía sudar la gota gorda. Todo consistía en marchar y marchar. Solo paramos un momento para hacer guardia vieja, la que consistía en recoger y destruir cuanta colilla de cigarro descubríamos por tierra. Estábamos en tierra de fumadores y las colillas no faltaban.

Así estuvimos hasta pasado el mediodía. Nuestra compañía no era la única, por lo menos había visto unas seis, o sea, unos 720 hombres de diferentes edades marchando y prácticamente sin derecho a una gota de agua. En eso consistía el entrenamiento militar, entrenamiento que duró algunas semanas.

Para terminar, había que aguantar una arenga revolucionaria dada también por otro sargento sin grados vestido de miliciano. Nos hablaba de patria y de muerte, de revolución y de contrarrevolución, sin olvidar a los eternos enemigos imperialistas. Cansados como estábamos la arenga llegaba a oídos sordos a la vez que una lluvia de improperios a sotto voce, sobre todo contra el sargento Sacker, podía escucharse. A mí me preocupaba más el que nos daba la arenga, el personaje no me era desconocido.

No sería mi última citación, vendrían también las citas para exámenes médicos. Pronto otros encuentros me llevarían a pensar que nada bueno se preparaba. La suerte iba siendo echada poco a poco.



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Texte en français La Convocation

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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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