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Friday, September 7, 2018

Cordobí (por Víctor Mozo)

Víctor  y su hermano en la Cafetería Mozo,
que era propiedad de su padre.
Martí esq Independencia. Camagüey, 1961.
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Cordobí era un negrito que había sido limpiabotas en el parque Agramonte a principios de los años 60. Si mi memoria no me falla, en ese tiempo eran más de una docena y ahí estaban siempre esperando a posibles clientes en los bancos que daban prácticamente frente a la cafetería de mi padre que hacía esquina entre Martí e Independencia. Cordobí, Andrés, Zenobio y Tuto son los que más recuerdo. En la época de la abundancia iban allí a tomarse algún refresco o a comprar alguna golosina. Eran mucho mayores que yo, de la edad de mis hermanos que me llevaban 7,8 y 9 años. En la época en que los zapatos debían estar siempre lustrosos, Cordobí limpió los míos en más de una ocasión. La relación se terminaba allí. Un buen día, por obra y gracia de la revolución, los limpiabotas desaparecieron del parque y tiempo después la gran mayoría pasaría también a engrosar las filas de hombres a reformar.

Siempre me llamó la atención cuando acudía a mis citas en el comité militar la diferencia de edad que se notaba entre los citados. Jovencitos como yo había pocos mientras que muchos de los presentes sobrepasaban los 30 años. Aun así, no se me ocurría pensar que algo raro estaba ocurriendo. Tampoco imaginaba que a esa misma hora en otras provincias los comités militares estaban a pie de obra entrevistando, bueno, controlando a miles de jóvenes y menos jóvenes para planificarles un futuro que tendría que ver más con la esclavitud que con un entrenamiento militar.

Durante las dichosas citas, yo que siempre fui reservado, lo era aún más y no buscaba contacto con nadie. Reinaba una gran desconfianza y las conversaciones entre citados que no se conocían eran escasas. Normal, me digo ahora.

Así en una de esas, alguien me llamó por el diminutivo de mi apellido. Era el negrito Cordobí, el limpiabotas.
- Mozito, ¿qué haces aquí? 
- Me citaron para el servicio militar creo. 
- Ta raro esto Mozito, aquí hay algo que no cuadra.
A Cordobí, desgraciadamente, la vida lo había golpeado duro. Contrariamente a mí, era el tipo de la calle con poca o casi ninguna instrucción, de jugar al duro y sin guante. Si no se las sabía todas, algo le decía su intuición solo con ver la gente que me rodeaba. Mira, Mozito, me dijo, aquí hay mucho puretos. Algo no me cuadra, repitió, mientras yo seguía sin entender.

- Estamos en un comité militar, ¿no? 
- Sí Mozito, pero esto etá raro. Aquí hay mucho delincuente, me dijo hablándome en voz baja. 
- Mira muchacho, ya no era Mozito, me dijo con tono serio. Trata de librarte porque esto yo lo veo de tranca.
Cordobí con su lenguaje callejero, de solo ver lo que estaba pasando, me alertaba de que la cosa no sería fácil. Yo seguía sin ver pasar la bola.
- ¿Ya te citaron para marchar los domingos?
No, le respondí. 
- En cualquier momento recibes una citación. 
- ¿Para marchar? 
- Sí, como unos comemierdas, con un sol de tranca y sin poder fugarse porque etá el soldao armao que jode.
No sabía qué decir, así que ante mi silencio, Cordobí me dijo para cambiar de tema, oye Mozito, tu puro se mandaba un genio del carajo, pero coño ir allí a comprar un refresco y un turrón de maní de Roselló no tenía precio. Hablaba de otra época. Aun así Cordobí no dejaba de meterme miedo o era quizás su manera alertarme para que me preparara. No se equivocaba, no eran vientos a favor los que soplaban, más tarde que temprano compartiríamos infortunio.

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Texte en français Cordobí

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Ver los textos anteriores de Víctor Mozo, en el blog.

Saturday, September 1, 2018

La antesala de la UMAP: creer o no creer (por Víctor Mozo)

Nota del blog: Sección semanal a cargo de Víctor Mozo. Cada sábado comparte un texto, de lo que será un libro sobre sus vivencias durante los primeros años de la llamada "revolución cubana" y su cautiverio en los campos de trabajo forzado, conocidos como UMAP.

Los textos se pueden leer en este enlace.


Víctor Mozo, con sus condiscípulos seminaristas
 y los sacerdotes profesores.
Seminario San Basilio Magno
El Cobre, Santiago de Cuba
Año 1964 o 1965
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¿Cree en Dios?
Sí.
¿Religión?
Católica
¿Va a la iglesia?
Sí.

Letanías, pensarán los lectores. Eran las preguntas repetidas por el militar de turno que me entrevistaba en el comité militar. A veces era un miliciano, o al menos así vestía, a veces era otro con uniforme verde oliva.

Unos días después de haber cumplido dieciséis años en noviembre de 1965, salía yo del Seminario San Basilio Magno en el Cobre. Resonaba en mi mente la frase evangélica multi enim sunt vocati, pauci vero electi, "muchos son los llamados y pocos los escogidos". La vida sacerdotal no era para mí. Nacido y criado en un ambiente católico, pensé en algún momento que ese era el camino que me estaba trazado, no fue así.

No obstante, conservaba mi fe a pesar de lo convulso de esos años donde por un sí o por un no, te mandaban a la cárcel o te fusilaban, poco importaba la edad que tuvieras. Ir a la iglesia no era bien visto por las autoridades, ni tampoco por una parte del pueblo, que poco a poco se acomodaba en lo que fuera para salir adelante. Dicho en otras palabras, muchos ponían a Dios de lado e incluso lo renegaban, cuando no hacía mucho eran de misa y procesión.

Así entraba yo, exseminarista, católico de misa y comunión, polilla de sacristía, acólito, lector y miembro del coro de la catedral de Camagüey, en la categoría de los que había que reformar. Y como por las buenas no funcionaba, porque nadie me iba a hacer entrar en el redil revolucionario, venían a buscarme por las malas.

Un buen día, o malo, para ser honesto, empezaron a citarme en el comité militar situado en aquella época donde una vez estuvo el ayuntamiento en la calle Cisneros, cerquita de la Catedral que era mi parroquia.

Siempre luego de una larga espera, el entrevistador detrás de un escritorio lleno de expedientes de otros como yo, pensaba, me preguntaba siempre lo mismo, nombre, apellidos, dirección y la consabida letanía.

¿Cree en Dios?
Sí.
¿Religión?
Católica
¿Va a la iglesia?
Sí.

Según fuera el entrevistador así era su reacción, porque yo siempre respondía afirmativamente. Estaba el que llenaba el formulario sin más y también el que te provocaba diciendo una mala palabra tipo “pues yo me cago en Dios y en la Virgen”, bien gritado para que lo oyeran los presentes. Todo estaba así planificado para ver mi reacción. ¿Y cómo reaccionar ante una persona que tiene todo el poder en ese momento? Guardando silencio. Por muy hombre que me creía a mis dieciséis años, no tenía el valor de enfrentarlos, de gritarle lo que sentía por dentro. Decirles que era católico y a mucha honra. Era un ambiente raro que daba miedo y al que a la vez yo desafiaba, sin imaginar ni remotamente las consecuencias.

Estaba en capilla ardiente y no me daba cuenta. A esa edad pensaba en la aventura, en la osadía, en enamorarme, aunque a veces solo fuera del amor. No vivía preocupaciones que, sin querer, se las dejaba a mis padres. No veía ni siquiera el futuro inmediato. Mientras tanto, en algún lugar de Cuba algo se preparaba de manera metódica y fría, algo que sin lugar a dudas dejaría huellas.


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Texte en français CROIRE OU NE PAS CROIRE

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Ver en el blog: Dieciséis años (por Víctor Mozo)


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Para conocer quienes aparecen en la foto ver: Una foto con más historia que mil libros (por Lorenzo Ferrer)

Sunday, August 26, 2018

Dieciséis años (por Víctor Mozo)

Víctor Mozo recibe la visitas de sus padres.
Un domingo del año 1966.
Campamento Méjico, 
en la zona de Sola, Camagüey
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¿Qué son dieciséis años? Edad me digo en que quizás, como suele decirse, creemos o nos vemos ya hombres hechos y derechos. A fin de cuenta a esa edad en la que se nos llama adolescentes, seguimos siendo niños con mamá y papá a cuestas por mucho que lo neguemos. Dieciséis años acaba de cumplir mi nieto, en él pienso al escribir estas cuartillas acerca de un pasado que no fue el mejor pero que siempre dejó su enseñanza.

Así, siendo un niño de dieciséis años, comencé mi vida de esclavo, sí, de esclavo en pleno siglo XX. Y como yo hubo muchos, con la excepción debo añadir, de que había viejos que también comenzaban a ser esclavos al mismo tiempo que yo. A los dieciséis años, alguien con 30, 40 o más se mira como un viejo, ¿verdad?.

Eufemísticamente nos llamaban reclutas, pero éramos esclavos. Allá en el Camagüey que me había visto nacer, nacían también en 1965 barracones para los nuevos esclavos. Mano de obra barata para trabajar en labores agrícolas, como la limpia y el corte la caña de azúcar.

La idea nacía según dicen, allá en Bulgaria donde Raúl Castro luego de un viaje se había impregnado de la forma en que habría que domesticar a los recalcitrantes, o sea, creyentes en Dios, entre otros, bajo todas sus formas, ya que Cuba devenía sobre todo en los años 60 “sin César, ni burgués, ni Dios” como dice la estrofa de cierto himno proletario.

Añada pues Católicos, Adventistas, Episcopales, Testigos de Jehová. Pero no solo eran los creyentes quienes conformaban la dotación. También, homosexuales, a los cuales había que volver machos a toda costa, rateros que había que encarrilar por el buen camino, vagos de cuantos tipos puedan existir y, sobre todo, aquellos que no comulgaban con el régimen, aquellos que, de una forma u otra, ya fuera por su manera de vestir, su educación, su manera de hablar representaban el peligro de la contrarrevolución, o aquellos que una vez quisieron irse clandestinamente, buscando aires de libertad. En fin, aquella mano. de obra esclava estaba conformada por una suerte de mezcla digna de un profundo estudio sociológico.

Creado por la mal llamada revolución de 1959, el Servicio Militar Obligatorio, conocido por las siglas SMO, serviría de enlace para esta mano de obra esclava a partir de 1965, y para que no quedara dudas de la “buena intención” de la revolución se le pondría el nombre de Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Así todo quedaba como si fuera una simple sucursal del SMO, pero, variaba el uniforme, así como también variaba el objetivo. Camisa y gorra de mezclilla gris, pantalón azul de mezclilla también y botas de trabajo. Y para ponerle cierto tinte militar como si fuera el uniforme de gala, un pantalón verde oliva para las visitas y pases. Como armamento, la guataca o azadón y el machete. Marchar como militares y saludar como militares. Todo un sistema ideado para la mayor gloria de la revolución,  oprimiendo, esclavizando, vejando, destruyendo al ser humano sin distinción de edad, credo o raza. Para la revolución empezaba la epopeya de la creación del hombre nuevo, para mí, a los dieciséis años, empezaba la esclavitud.



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 Texte en français: Avoir 16 ans
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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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