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Saturday, October 10, 2020

La mujer y las banderas en la Historia de Cuba (por Teresa Fernández Soneira)

20 de mayo de 1902
La Habana
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La mujer y las banderas
  en la Historia de Cuba


por Teresa Fernández Soneira
para el blog Gaspar, El Lugareño


“Galano pabellón, emblema santo
de gloria y libertad, enseña y guía
que de Cuba en los campos algún día
saludado serás con libre canto”.
Miguel Teurbe Tolón(1)




No fue una sola sino varias las banderas que cosieron nuestras mujeres cubanas durante el siglo XIX. Aquí les dejo los interesantes relatos de cada una, algunos contados por ellas mismas.


Emilia Teurbe Tolón nació en Matanzas el 9 de enero de 1828. Cuando contaba 16 años contrae matrimonio con su primo, Miguel Teurbe Tolón. En 1848 Miguel se ve implicado en la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana(2), y al fracasar esta tiene que huir a los Estados Unidos, mientras que Emilia permanece en Matanzas cuidando de su madre que está enferma.

En Nueva York, Miguel asume la secretaría de la Junta Cubana Anexionista, mientras que en Cuba Emilia ayuda a distribuir ejemplares de los periódicos La Verdad, Patria y El Siglo, que se editaban en el extranjero. Pero cuando el 3 de marzo de 1849 las autoridades españolas registran su casa y encuentran una carta de Miguel en la que le informaba a Emilia algunos aspectos de la conspiración, el gobierno español confirma los vínculos de esta con los revolucionarios, y es condenada a diez años de presidio fuera de Cuba. Pero el 21 de marzo el capitán Federico Roncali(3) la expulsa de Cuba, y el 12 de abril llega a Nueva York donde se reune con su esposo. Muchos historiadores opinan que fue Emilia la primera mujer expulsada y exiliada en aquel siglo XIX.

En una de las reuniones que los cubanos con regularidad realizaban en la casa de huéspedes de los Teurbe Tolón en la calle Warren en Nueva York, Narciso López(4) le pide a Emilia que borde una bandera a partir del dibujo que había hecho su esposo Miguel un año antes. Presente en aquella histórica reunión de junio de 1849 estaban José Aniceto Iznaga Borrell, su sobrino José María Sánchez Iznaga, Cirilo Villaverde y Juan Manuel Macías. Sobre este hecho histórico nos ha quedado el testimonio de Cirilo Villaverde(5) quien relata lo sucedido: 
el que esto escribe fue testigo ocular de lo ocurrido en la sala del fondo de una casa de huéspedes […] en los primeros días de junio de 1849. Allí vivía Tolón y allí concurríamos casi todos los desterrados de entonces. […] la grácil y activa dama (se refiere a Emilia), entusiasta y filibustera como su marido y sus compatriotas, hizo la bandera con cintas de sedas blancas y azules y con un retazo de tela roja. La estrella también era de seda y tenía un ribete del mismo género, blanco y trenzado. El azul era muy fuerte, lo mismo que el rojo. Medía 18 pulgadas de largo y 11 y media de ancho; cada lado del triángulo 11 pulgadas y de una punta de la estrella a la opuesta, tres pulgadas(6). 
Fue así  Emilia Teurbe Tolón se convirtió en la primera mujer que confeccionó la enseña nacional de Cuba.


La bandera que acompañó a Narciso López y que iba izada en el mástil del barco Creole cuando la toma de Cárdenas, el 19 de mayo de 1850, fue elaborada en Nueva Orleans por un grupo de señoras y señoritas cubanas y americanas admiradoras de López, que a partir de la que había realizado Emilia en Nueva York hicieron muchas más para repartir en Cuba(7). Luego de la captura y muerte de Narciso López y el fracaso de las expediciones, Emilia Teurbe Tolón y su esposo siguieron luchando por la independencia fuera de su patria. A pesar de Cuba obtener su libertad en 1898, Emilia no regresó ya más a la Isla y muere en Madrid, el 22 de agosto de 1902.

El modelo de bandera confeccionada por Emilia fue el seleccionado por la Cámara de Representantes de la República en Armas, el 11 de abril de 1896, para el establecimiento de la República el 20 mayo de 1902. Esa fue la bandera que izó el general Máximo Gómez en el Morro de La Habana y también en el Palacio de los Capitanes Generales, quedando reconocida como la insignia de la nueva nación(8). La bandera original bordada por Emilia quedó en poder de Cirilo Villaverde, quien al morir la dejó a su hijo Narciso Villaverde. En 1942 Narciso la donó al Fondo Cubano Americano de Socorro de los Aliados, institución fundada para cooperar en la lucha contra el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Dos años después fue entregada al Palacio Presidencial donde, hasta 1959, permaneció en el Salón de los Embajadores. En 1950, durante las celebraciones del Centenario de la Bandera, la República de Cuba designó a Emilia como «Encarnación de la Mujer Cubana”.

A la investigadora cubana Clara Enma Chávez Álvarez(9), biógrafa de la patriota, le debemos que influyera en la investigación y descubrimiento de los restos de Emilia Teurbe Tolón en España. Luego de buscar en 22 cementerios de la capital española, y de chequear registros y documentos antiguos, se encontró la sepultura en el cementerio de Nuestra Señora de La Almudena de Madrid. Los restos fueron exhumados el 18 de marzo de 2010 para luego ser trasladados a Cuba. Habían pasado nada menos que 108 años desde su fallecimiento. El 12 de agosto de 2010 Emilia Teurbe Tolón fue enterrada definitivamente con todos los honores en el Cementerio de Colón de La Habana. La bandera confeccionada por ella en Nueva York en 1849 se conserva actualmente en el Museo de Historia de La Habana.
No se nuble jamás esa estrella
que las hijas de Cuba bordaron
y que nobles cubanos alzaron
en su libre y feliz pabellón. 
Estrofa de La Bayamesa de Perucho Figueredo(10)

La bandera de Adolfina de Céspedes. El 18 de marzo de 1866, festividad de San José, Carlos Manuel de Céspedes, Bartolomé Masó y otros patriotas, se reunieron en Yara y gritaron ¡Viva Cuba Libre!, brindando públicamente por su independencia. El 24 de junio de 1867, durante la festividad de San Juan, en la ciudad de Puerto Príncipe hubo fuertes enfrentamientos entre criollos y peninsulares. Y en Bayamo el 25 de julio de ese mismo año, durante la celebración del apóstol Santiago, un grupo de jóvenes a caballo recorría las calles dando gritos de ¡Cuba Libre! En los meses que siguieron a estas demostraciones públicas, Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio, Carlos Manuel de Céspedes, Vicente García, Donato Mármol, Perucho Figueredo, Bartolomé Masó y otros cubanos de Oriente y Camagüey, comenzaron a prepararse para la Guerra de los Diez Años.

Las mujeres ya llevaban tiempo colaborando con los conspiradores, repartiendo proclamas y bordando banderas y escarapelas(11) para sus novios y esposos. En La Habana, Florinda, Rosita, Lola y Leonor, las hijas de Miguel Aldama(12), y por iniciativa de su padre, salieron al paseo de carnaval vistiendo trajes que representaban la bandera de Narciso López(13). Los trajes eran de color azul y blanco salpicados de estrellas. Vestidas así desfilaron en una carroza frente al palacio del Capitán General, Francisco Lersundi(14) quien, al percatarse de aquella osadía, permaneció indignado y en silencio mientras el pueblo enardecido las aplaudía. En el ambiente se palpaba que algo iba a ocurrir, y Lersundi temiendo que algo tramaban en el oriente de Cuba, el 6 de octubre de 1868 ordenó por telégrafo a las autoridades españolas de Bayamo y Manzanillo arrestar a Aguilera, Céspedes, Masó, Maceo Osorio y a otros más en La Demajagua. Al enterarse, Carlos Manuel de Céspedes decidió alzarse inmediatamente.

Pedro de Céspedes y del Castillo, hermano de Carlos Manuel de Céspedes(15), se había casado en primeras nupcias con Ana Tamayo y Tamayo de quien decían era la muchacha más bonita de Bayamo. Ana y Pedro habían tenido cinco hijos: Adolfina, Herminia, Carmita, Jesús Chucho, y Leonardo. Pero Ana moriría loca y Pedro, a su muerte poco antes de 1868, se volvería a casar, esta vez con Joaquina Lastre. Pedro y Joaquina se fueron a vivir a la hacienda de Macaca(16) donde tenían una tienda en el lugar conocido como La Caridad.

Al amanecer del 9 de octubre, Adolfina de Céspedes, una de las hijas de Pedro de Céspedes, corrió a reunirse con su futuro esposo, Francisco Estrada y Céspedes para entregarle un mensaje que su tío Carlos Manuel enviaba para su padre. En el mensaje, Carlos Manuel informaba que el punto de reunión para el alzamiento sería en Barranca. En pocos instantes se había dado el paso decisivo y la Guerra del 68 había comenzado, pero no en La Demajagua, sino en la Caridad de Macaca el 9 de octubre, adelantándose Pedro con el grito de libertad(17). Y fue una mujer la portadora de este importante mensaje. Toda la familia de Pedro de Céspedes: Joaquina Lastre y sus hijos, junto con los hijos de Pedro de su primer matrimonio se alzaron y encaminaron a la Sierra Maestra. Pedro pone a disposición de los más de 400 hombres las provisiones de su tienda y en horas del mediodía, se produce el primer grito de ¡Viva la Libertad! Pocos días después, Pedro y Carlos Manuel se encontraron en Nagua y unieron fuerzas.

Para aquel primer grito de libertad en la Alegría de Macaca, Adolfina de Céspedes confeccionó la enseña que es conocida como la bandera de Céspedes. No se sabe cuándo fue elaborada, pero se cree que no fue hecha improvisadamente y que Carlos Manuel le hubiera dado a Adolfina el diseño con anterioridad. Tampoco hay ningún testimonio de que Adolfina la haya realizado el mismo día 9. Lo que sí se sabe es que el 9 de octubre, bajo la enseña que ella había confeccionado, Adolfina siguió a su padre y a otros patriotas a la manigua.


La bandera de La Demajagua. Al fallecer María del Carmen de Céspedes y del Castillo, esposa de Carlos Manuel de Céspedes el 19 de enero de 1868, Céspedes se trasladó a su ingenio La Demajagua(18). Allí, Juan Acosta era el mayoral y estaba casado con Concepción Fontaigne Segrera. El matrimonio había tenido una hija llamada Candelaria a la que cariñosamente llamaban « Cambula». Candelaria había nacido en Veguita, Manzanillo, el 2 de febrero de 1851, en el batey de La Demajagua, muy cercano a la mansión de Céspedes. Cuando Carlos Manuel enviuda, Cambula tiene diecisiete años. Pronto Céspedes sostiene relaciones íntimas con ella y de esta unión nacerían dos hijos.

Al igual que Adolfina la sobrina de Céspedes había hecho para el alzamiento de la Alegría de Macaca, Carlos Manuel de Céspedes le confía a Cambula la empresa de hacer otra bandera. La historia relata que del cielo de un mosquitero sacó Cambula el rojo, y de un corpiño, el blanco. Pero, faltaba el azul. Entonces Céspedes se dirigió a un cuadro de su esposa fallecida que estaba cubierto por un velo de ese color. Cambula lo detuvo diciéndole que no era necesario utilizar aquel velo, que ella tenía un vestido azul que podía utilizarse. Y así se fue haciendo la bandera. La estrella la dibujó el joven Emilio Tamayo, y como Cambula no sabía bordar, fijó la estrella con alfileres. Esta bandera que cosió Cambula Acosta fue enarbolada en Yara.


En octubre de 1871, Céspedes escribió en su diario que había visitado la casa de Cambula, quizás por última vez, pues su vida corría peligro. Le recomendó a Cambula que saliera del país y la mandó para Jamaica junto con la hija de ambos. Cambula iba embarazada de su segundo hijo con Carlos Manuel a quien pondría por nombre Manuel, y que nacería en el exilio de Jamaica. Una vez en Kingston, Cambula y sus hijos fueron protegidos y ayudados por los emigrados en esa ciudad. En 1881, luego de terminar la guerra, Cambula, quien ya tenía 30 años de edad, regresó a Cuba con sus hijos: Carmita, de doce años, y Manuel, de nueve, y se estableció en Marimón, Santiago de Cuba. Años después, en 1885, se unió al catalán Antonio Acosta y de estos amores nacieron dos hijos: Ernesto Amado e Isabel. Todo parece indicar que cuando estalla la Guerra del 95, Candelaria se vuelve a exiliar a Jamaica regresando a Cuba luego de finalizada la Guerra de Independencia. Ya en la paz, Candelaria Acosta vivía en Santiago de Cuba ignorada y olvidada por todos.

Dos décadas habían transcurrido desde el fin de la guerra cuando a finales de 1924 se representó en el Grop Catalunya de Santiago(19) una obra teatral de tema histórico, La aurora de La Demajagua(20). Dio la casualidad que uno de los familiares de Cambula se encontraba entre los asistentes al acto, y emocionado fue a contarle lo que de ella se decía en aquella obra. Cambula averiguó el nombre del autor de la obra y le escribió preguntándole cómo se había enterado que ella había confeccionado aquella bandera cubana que se usó en la Guerra de los Diez Años. De esa correspondencia surgió la invitación del director de la escuela local a que Cambula visitara el plantel. Poco tiempo después el Dr. Cruz Bustillo, director de la escuela, organizó una excursión a Baire, Jiguaní y Bayamo, y Cambula fue con ellos llevando una bandera hecha por ella.

En 1928 España devolvía a Cuba algunos artículos de la guerra, entre ellos una bandera que decían era la bandera de Yara. El general Carlos González Clavel contactó al comandante Pablo Villegas de la Cámara de Representantes pidiéndole que escribiera a la Biblioteca Elvira Cape de Santiago de Cuba, para que le facilitara los artículos relacionados con la bandera de Céspedes que se conservaban allí. El director del museo, Ginestá Punset, contestó:
«Aquí vive, en la miseria, la señora Candelaria Acosta, Cambula, que fue la que confeccionó la bandera enarbolada por Céspedes en la gloriosa noche del nueve al diez de octubre [...] Ella asegura que la estrella de la bandera fue superpuesta y que la cortó Emilio Tamayo.
 Y luego añade: 
Téngase además en cuenta que la bandera que España devuelve tiene adicionados unos cordones con borlas doradas, y que aquellos grandes hombres de Yara no se gastaron ese lujo(21). 
Algunos días más tarde, Cambula era invitada a ir a La Habana para identificar la bandera que había devuelto España.

Entre una gran expectación llegó Candelaria a La Habana, a las cinco de la tarde de aquel 16 de abril de 1928. El salón estaba lleno de representantes, veteranos de la guerra, académicos, periodistas y personalidades de todos los campos. Luego de dar lectura a la convocatoria, el presidente de la Cámara se dirigió a Cambula y le pidió que examinara la bandera. La Memoria de las Sesiones de la Cámara(22) refiere lo que allí aconteció: «La Sra. Candelaria Acosta, llorando de emoción, después de examinar la bandera, la besa diciendo: «Esta misma, esta es la bandera de Cuba libre»; y al decir esto la vuelve a besar y la abraza, añadiendo: «Dios mío, gracias; ¡gracias que me permites volver a verla!». Candelaria, hizo luego un recuento de lo sucedido antes del alzamiento en La Demajagua. La declaración fue levantada por el Dr. Emeterio Santovenia y Echaide(23), y los testigos fueron José Rafael Barceló y Reyes, el Dr. Enrique Silva y Estenoz. En esta misma sesión, porque no se la habían concedido antes, la Cámara le otorgó a Cambula Acosta una pensión vitalicia de $1,800 anuales, pagaderos en doce partes.

El representante, Carlos Manuel de la Cruz, pronunció unas palabras:
Yo te saludo, Candelaria Acosta, en recuerdo de aquella juventud de 1868 a la cual prestaste tus entusiasmos y tus sentimientos y que, como dijo un famoso e ilustre catedrático nuestro, más que generosa fue pródiga de su riqueza y de su sangre, alentada por una fe inquebrantable, audaz ante el peligro, recia y sufrida ante el infortunio, tenaz en su propósito de libertar a Cuba, vencida al cabo por irremediable desventura. […] pero que ahora, al conjuro mágico de tus manos débiles y vencidas, al tocar nuevamente la bandera que fue altar de los hombres de 1868, se apresta a cumplir con el deber que tiene contraído con sus progenitores, manteniendo los ideales de redención y de libertad que ellos forjaron.(24) 
Ese mismo día fue aprobada la moción de acuñar una medalla conmemorativa con la imagen de la bandera que había hecho Candelaria. Después de veintiséis años de haberse instituido la República, y sesenta de que Candelaria Acosta confeccionara la bandera de Yara, el gobierno cubano la homenajeaba. ¡Qué tristeza pensar que nadie se había ocupado de ella hasta sus últimos años de vida!

El 20 de enero de 1935 le fue otorgada la Orden de Carlos Manuel de Céspedes, pero en aquel momento ya Cambula se hallaba enferma y tuvo que ser condecorada en su lecho de muerte, en su casa de la calle Lacret no. 43, esquina a Habana. Cuatro meses más tarde, el 23 de mayo de 1935, a los 84 años de edad, fallecía en el momento en que se le aplicaba un suero, en brazos de su nieto Pepe. Prefirieron velarla en su propia casa. El duelo lo despidió el Dr. Pedro Roig Fernández Rubio en el cementerio de Santa Ifigenia, y Cambula fue enterrada en el panteón familiar muy cerca de la tumba de Carlos Manuel de Céspedes. Aquella histórica bandera confeccionada por Cambula se puede contemplar hoy en el Salón de la Bandera en el Museo de la Ciudad de La Habana.


Candelaria Figueredo, La Abanderada, fue la octava hija del matrimonio de Perucho Figueredo e Isabel Vázquez. Candelaria había nacido en Bayamo, el 11 de diciembre de 1852, y fue ella la abanderada de Céspedes cuando entró el Ejército Libertador en la ciudad de Bayamo. Pero dejemos que sea «Canducha», como la llamaban cariñosamente, la que haga el relato de lo ocurrido:

«El día 17 [de octubre] llegó que nuestro triunfo sea completo, no nos hace falta más que una valiente cubana que sea nuestra abanderada». Papá, enseguida, se puso de pie y exclamó: «Mi hija Candelaria se atreve». No había acabado de decirlo cuando con delirante entusiasmo fui proclamada abanderada de la División Bayamesa. […] Se componía mi equipo de un vestido de amazona blanco, un gorro frigio punzó, una banda tricolor y mi bandera»(27).

Envuelta en una nube de humo, Candelaria entró en Bayamo arengando a los soldados mientras la bandera ondeaba al aire. Fue Canducha la heroína de aquel radiante día, llevando patriotismo a la batalla y exponiendo su vida pues los tiros iban directamente dirigidos hacia el estandarte y la abanderada. Según sus propias palabras, «nunca una joven que por primera vez va a una fiesta estaba tan alegre y satisfecha como yo en aquellos momentos»(28). Candelaria Figueredo llevó en procesión hasta la iglesia y a caballo la bandera confeccionada por Felicia Marcé, a la que mencionaremos después. A la entrada del templo los jinetes que la acompañaban se desmontaron de sus caballos y Candelaria sostuvo la bandera por el asta y Juan Hall por el extremo opuesto. Luego Céspedes y todo su Estado Mayor desfilaron bajo aquella bandera. En la procesión iba un grupo de señoritas que cantaban el himno de Perucho Figueredo, y a ambos lados de la calle marchaba la tropa victoriosa.

Luego del levantamiento de Bayamo, Perucho y su familia se escondieron en la manigua. Después de sufrimientos y penas Perucho fue capturado y fusilado, e Isabel y los hijos expatriados en 1871 a Nueva York. En 1877 Candelaria contrajo matrimonio con el músico Federico del Portillo con quien tuvo 11 hijos. Falleció en La Habana, el 19 de enero de 1914. Fue enterrada con honores militares, y la caja fúnebre envuelta en la bandera de Bayamo que ella había llevado delante de las tropas invasoras 46 años atrás. Una calle de Bayamo lleva su nombre.

Varios miembros de la familia Figueredo-Vázquez permanecen enterrados hoy en el cementerio histórico de Cayo Hueso, en la Florida, entre ellos la esposa de Perucho Figueredo, Isabel Vázquez, y 3 de sus hijos. Tristemente, el gobierno cubano nunca se ocupó ni se ha ocupado de trasladar los restos de esta insigne familia para Cuba.


La bandera del Te Deum. Felicia Marcé Castellanos (1850-1941). Felicia ha sido conocida como Libertadora Insigne(29). Perteneció a la familia Blez-Marcé, y desempeñó un papel importante en la Guerra de los Diez Años. Se casó con un combatiente mambí y al poco tiempo de contraer nupcias, Blez fue ejecutado por los españoles. Fruto de esa relación había nacido un niño, Joaquín Blez Marcé(30).

En 1928, Felicia Marcé hizo declaraciones a la Cámara de Representantes en La Habana, sobre la toma de Bayamo:
Dueños los mambises ya de Bayamo, Carlos Manuel de Céspedes quiso pasear la bandera cubana por toda la ciudad, pero la confeccionada en La Demajagua estaba mal hecha y era demasiado pequeña (de tamaño). Entonces me pidió (Carlos Manuel) que hiciese una de tamaño mayor y con mejores materiales. Su hijo, Carlos Manuel de Céspedes y Céspedes, que era el íntimo amigo de nosotras y novio de una de las hijas de Perucho, de Eulalia Figueredo, fue quien me hizo el trazado de la estrella y el dibujo de la bandera. Toda la tarde y toda la noche de aquel día me los pasé cosiendo de pie, en una máquina, la única que había en toda la provincia por aquella época, y antes del amanecer ya estaba terminada(31). 
 Y continua su relato: 
Pusimos en el centro del dado rojo el mismo cartón, en la posición en que, según las reglas de la heráldica debía fijarse la estrella, y yo hice sobre el modelo un relleno de guata. Luego embastillé (sic) sobre el relleno las dos estrellas de raso, y entonces para unirlas, bordé con hilo de seda los cantos. La estrella no fue bordada al realce, y quedó colocada con toda precisión en el centro del lado rojo sin que se notase diferencia alguna en el bordado de la estrella de arriba y la estrella del otro lado. La bandera tenía poco más o menos dos telas, sin revés ni derecho. 
Felicia tenía 18 años cuando ocurren estos hechos.

Cuando los revolucionarios ocuparon la ciudad de Bayamo y constituyeron el gobierno provisional, acordaron que se cantaría un Te Deum(32) en la iglesia de San Salvador de Bayamo, y que el 22 de octubre desfilaría una procesión cívica con el fin de celebrar la primera victoria alcanzada por el Ejército Libertador. Para la organización de esta celebración se nombró al general Pedro Figueredo. A las diez de la mañana Céspedes fue recibido en la Iglesia Mayor bajo palio, ocupando el lugar de honor. Luego, todos cantaron el Te Deum de Acción de Gracias. Los sacerdotes cubanos Batista, Soleilac e Izaguirre(33) oraron y bendijeron la bandera que había confeccionado Felicia Marcé, y que como ya vimos, portaba orgullosa Candelaria Figueredo. Más tarde la paseó por las naves de la iglesia y en marcha triunfal por toda la ciudad. Años después de finalizada la guerra, Tomás Estrada Palma en su viaje a Gibara como Presidente electo de Cuba, se encontró en Santiago de Cuba con Felicia Marcé. Según testimonio de Felicia y en presencia del señor Manuel Márquez Sterling(34), contó que Estrada Palma la abrazó y le dijo: «Felicia, la bandera que tú hiciste en Bayamo la tengo en Nueva York; ahora pronto la traeremos para Cuba»(35).

Veintiséis años después de la proclamación de la República de Cuba, en Sesión Extraordinaria de la Cámara de Representantes, el 16 de abril de 1928 en La Habana, se presentó una propuesta de ley concediendo una «pensión vitalicia de mil ochocientos pesos anuales a la señora Felicia Marcé Castellanos, pagadera por dozavas partes»(36). La propuesta estaba firmada por Rafael Guas Inclán(37). Y añadía:
Para esta anciana desvalida que hizo la otra enseña, y todas mis investigaciones como las del Dr. de la Cruz han corroborado este extremo, para esta viejecita es, señores Representantes, en esta tarde criolla, la más bella que he visto en la Cámara de Representantes, es que pido que todos los representantes, puestos de pie, votemos la pensión para Felicia Marcé y Castellanos (aplausos)».
La propuesta fue aprobada el 18 de abril de 1928(38).

Felicia Marcé Castellanos vda. de Blez falleció el 5 de julio de 1941 en La Habana, en la casa número 210 de la calle Neptuno(39). Apareció en los periódicos una nota necrológica que decía: «Apreciando sus extraordinarios méritos de auxiliar de la revolución del 68, y de la Guerra del 95, el Congreso de la República la proclamó Libertadora Insigne por medio de una Ley concediéndole además una pensión. De acuerdo a sus deseos, expresados más de una vez, será sepultada a los acordes del Himno Nacional y envuelta en una bandera de la República de Cuba. El cortejo fúnebre partirá de la casa de la calle Neptuno»(40).


Ana de Quesada y Loynaz(41). Como nota interesante a este relato histórico, es importante mencionar que al finalizar la Guerra de Independencia la bandera de La Demajagua fue llevada a Cuba por la viuda de Carlos Manuel de Céspedes, Ana de Quesada y Loynaz. A fines de diciembre de 1898 Ana parte con su hijo para La Habana adonde llegan el 1 de enero de 1899 alrededor de las cinco de la tarde, cuando horas antes había sido arriada la bandera de española de la fortaleza de El Morro y La Cabaña.

El 4 de julio de 1902, cuando Ana de Quesada se halla hospedada con su hijo en el hotel Pasaje en La Habana, tiene consigo la bandera original enviada por su esposo Carlos Manuel a Nueva York durante la guerra del 68, junto con una carta en la que le pedía que la conservara hasta mejores días. Su hijo, Carlos Manuel de Céspedes y de Quesada explica:
La viuda de Céspedes pensó que a nadie mejor que a esos esclarecidos patriotas podía presentar aquellas reliquias para que reconocieran su autenticidad o les pusieran los reparos que tuvieran por conveniente al dar ella por terminada su larga misión de guardarlas religiosamente hasta mejores días y entregar a la Cámara cubana la augusta enseña de La Demajagua(42). 
La Cámara acogió con interés la entrega de aquella bandera y a la vez quiso probar su autenticidad. Fueron citados a encontrarse en el hotel Pasaje los integrantes de la Cámara así como otras personalidades quienes habían sido protagonistas en la Guerra de los Diez Años. Allí, Ana de Quesada sacó la bandera del tubo en el que se hallaba. «Y ahora ve usted –dijo Ana de Quesada– y poseída de una excitación nerviosa, abrió una caja resistente y nos mostró la Bandera de Yara, tal como la describió nuestro valioso colaborador y patriota admirable Fernando Figueredo».

La labor de las cubanas Emilia Teurbe Tolón, Adolfina de Céspedes, Cambula Acosta, Canducha Figueredo, Felicia Marcé y de las más de cincuenta camagüeyanas encabezadas por Belén de Agüero(43), que prepararon la bandera de la Invasión(44), así como de muchas otras patriotas, fue de gran importancia para nuestra historia. Muchas de ellas tomaron altos riesgos pues de ser descubiertas haciendo o guardando banderas, podía costarles la prisión o el exilio a ellas y a los miembros de su familia. Estas mujeres alimentaron las ansias de libertad de nuestro pueblo al confeccionar, transportar, distribuir, esconder o exhibir la bandera cubana a lo largo y ancho de la Isla y en el extranjero. Triste que luego de lograda la independencia, muchas de ellas vivieran y murieran en el abandono y la miseria.

Honremos pues a todas estas mujeres, y recordemos aquel día histórico en el hotel Pasaje, cuando ante la viuda y el hijo del Padre de la Patria, el representante Carlos Manuel de la Cruz declaró en Sesión Extraordinaria de la Cámara de Representantes:
el culto de los antepasados y el recuerdo de tradiciones y actos comunes es lo que nos hace mantener el sentimiento que engendra el nacionalismo(45).



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  1. Miguel Teurbe Tolón y de la Guardia (Matanzas-29 septiembre 1820 - 16 octubre 1857) escritor y profesor cubano. Diseñador del escudo y la bandera de Cuba a partir de una idea del patriota venezolano Narciso López.
  2. Movimiento anexionista ocurrido entre los años 1847 y 1848, liderado por el general venezolano Narciso López.
  3. Federico Roncali, Conde de Alcoy. Noble, militar, político, y gobernador y capitán de Cuba (1848-1850)
  4. Narciso López de Urriola (Caracas, 1797 – La Habana, 1851) militar español nacido en Venezuela creador de la bandera de Cuba y del escudo de Cuba. López fue líder de hasta cinco intentos para liberar a Cuba hasta que fue ejecutado por las autoridades coloniales en La Habana por alta traición mediante garrote vil, el 1 de septiembre de 1851.
  5. Cirilo Villaverde de la Paz (Bahía Honda, 1812 - Nueva York, 1894), destacado escritor cubano, autor de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. Implicado primero en la corriente del anexionismo y después de 1868 sirvió a la causa independentista. Esposo de la patriota Emilia Casanova.
  6. La descripción del hecho fue publicada por Cirilo Villaverde en La Revolución de Cuba, Nueva York, el 15 de febrero de 1873. (N. de la A.)
  7. Carlos Ripoll: Escritos cubanos de historia política y literatura, Editorial Dos Ríos, Nueva York, 1998, p. 94.
  8. Margarita Alejandre Khuly: 10 de Octubre, The Miami Herald, sección 4b, 10 de octubre de 1977.
  9. Clara Emma Chávez Álvarez: Hacedora de la bandera cubana, Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero, Ediciones Boloña, Colección Raíces, Habana, 2011.
  10. Pedro Figueredo más conocido como Perucho Figueredo (1818-1870), revolucionario y poeta cubano, compositor del himno de Bayamo, el Himno Nacional de Cuba.
  11. Escarapela: insignia o emblema que casi siempre era una banderola o bandera cubana que colocaban en la parte anterior del sombrero.
  12. Miguel Aldama y Alfonso, La Habana 1820 – 1888. Empresario y político revolucionario.
  13. Narciso López de Urriola, Caracas, 1797 – La Habana, 1851, fue un militar español nacido en Venezuela creador de la bandera y el escudo cubanos en Nueva York, en casa de Miguel Teurbe Tolón. La confecciona la esposa de Miguel, Emilia Teurbe Tolón. Están también presentes José Aniceto Iznaga Borrell, José María Sánchez Iznaga, Cirilo Villaverde y Juan Manuel Macías.
  14. Francisco Lersundi Hormaechea (Valencia, 1817 - Bayona, 1874) militar y político español.
  15. Carlos Manuel de Céspedes, (Bayamo, 18 de abril de 1819-Sierra Maestra, 27 de febrero de 1874) líder independentista cubano quien inició la Guerra de los Diez Años al levantarse en armas contra el gobierno español el 10 de octubre de 1868. Le concedió la libertad a sus esclavos. Fue mayor general del Ejército Libertador de Cuba y primer presidente de la República de Cuba en Armas.
  16. Macaca, feudo de los Céspedes, comprendía más de la mitad del término de Niquero.
  17. Adolfina Cossío Esturovís, (tesis, diciembre, 1938): “La primera bandera cubana se enarboló en la Caridad de Macaca. Cossío era nieta de Pedro de Céspedes del Castillo. También la historiadora Hortensia Pichardo en un artículo titulado “1868”, escribe que el 9 de Octubre “también se pronunciaban Manuel Calvar en Guá, Ángel Maestre y Juan Fernández Ruz, en El Blanquizar y El Cano; Luis Marcano y Rafael Caymarí, en Jibacoa, y otros muchos en distintas localidades”.
  18. La Demajagua, finca cerca de la villa de Manzanillo, lugar histórico donde se realizó el Alzamiento de la Demajagua (Grito de Yara), que marcó el comienzo de la Guerra Grande.
  19. Partido Nacionalista Catalán fundado en Santiago de Cuba en 1908.
  20. Obra de teatro de Gerardo L. Betancourt, de 1919, en Rosa Ileana Boudet, Teatro Cubano, relectura cómplice, Ediciones de La Flecha, Santa Mónica, California, 2011.
  21. Carlos Manuel de Céspedes y de Quesada: Las banderas de Yara y Bayamo, Editorial Le Livre Libre, París, 1929
  22. Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes, Décimo Tercer Período Congresional, Sesión extraordinaria del 16 de abril de 1928, La Habana, vol. L, no., 4.
  23. Emeterio Santovenia Echaide, (Mantua 1889-Miami, E.U. 1968), historiador, periodista, político y escritor cubano.
  24. Diario de Sesiones, p. 7.
  25. Isabel Vázquez, esposa de Perucho Figueredo, agasaja en el rancho Las Mangas a los mambises con un suculento almuerzo criollo.
  26. Joaquín de Agüero y Agüero (Puerto Príncipe, noviembre 1816 – agosto 1851) protagonista de la primera conspiración anticolonialista en Cuba.
  27. La Discusión, La Habana, 6 de diciembre de 1919
  28. Candelaria Figueredo: «La abanderada de 1868, Candelaria Figueredo, Autobiografía» en Comisión patriótica pro Himno Nacional a la mujer cubana, La Habana, 1929.
  29. Bibliotecas de la Universidad de Miami, Colección de la Herencia Cubana: The Blez Family Papers, 1863-1941, Núm. CHC5289.
  30. Joaquín Blez Marcé (Santiago de Cuba, 5 diciembre, 1886 – 7 abril, 1974, La Habana) reconocido fotógrafo cubano.
  31. 180 Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes, Décimo Tercer Período Congresional, vol. L, núm. 4, 16 de abril, 1928.
  32. Himno litúrgico solemne de acción de gracias de la Iglesia católica.
  33. Diego Batista, vicario de la parroquial de Bayamo; Juan Luis Soleilac, sacerdote cubano, y Jerónimo Emiliano Izaguirre, sacerdote mambí de Barrancas. En Palabra Nueva, 18 octubre, 2018.
  34. Manuel Márquez Sterling y Loret de Mola (Lima; Perú 1872 – Washington D. C., 1934) periodista, escritor, diplomático y político cubano.
  35. Pablo Díaz de Villegas: La bandera de Céspedes, Imprenta P. Fernández, La Habana, 1928.
  36. Diario de Sesiones: Ob. cit., vol. L, núm. 4.
  37. Rafael Guas Inclán, (1896 - 1975) abogado y político cubano, vicepresidente de Cuba entre 1955 y 1958.
  38. Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes, Sesión Ordinaria del 2 de mayo de 1928, vol. L, núm. 7, p.2.
  39. Diario de la Marina, 6 de julio de 1941, p. 8.
  40. Nota necrológica aparecida en el Diario de La Marina, Ibídem.
  41. Ana de Quesada y Loynaz (Camagüey, febrero 1843- Paris, diciembre 1910). Carlos Manuel de Céspedes se casó en segundas nupcias con ella, tiempo después de la muerte de María del Carmen de Céspedes, su primera esposa. Fue Ana hermana de Manuel de Quesada y Loynaz, patriota distinguido en la Guerra Grande.
  42. Carlos Manuel de Céspedes y de Quesada: Las banderas de Yara y Bayamo, Editorial Le Live Libre, Paris, 1929, p 79.
  43. Ver Teresa Fernández Soneira: Mujeres de la Patria, vol. I (2014) p. 127, y vol. II (2018) p. 69, Ediciones Universal, Miami.
  44. Extensión de la guerra a toda la isla. La Invasión de Oriente a Occidente se inició el 22 de octubre de 1895 en Mangos de Baraguá, en Oriente. Fue organizada y dirigida por Antonio Maceo y Máximo Gómez.
  45. Diario de Sesiones, Ob. cit.


Bibliografía

Alejandre Khuly, Margarita: «10 de Octubre», The Miami Herald, sección 4b, 10 de octubre de 1977.

Boudet, Rosa Ileana, Teatro Cubano, relectura cómplice, Ediciones de La Flecha, Santa Mónica, California, 2011.

Chávez Álvarez, Clara Emma: Hacedora de la bandera cubana, Emilia Margarita Teurbe Tolón y Otero, Ediciones Boloña, Colección Raíces, Habana, 2011.

De Céspedes y de Quesada, Carlos Manuel: Las banderas de Yara y Bayamo, Editorial Le Livre Libre, París, 1929.

Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes, Décimo Tercer Período Congresional, Sesión extraordinaria del 16 de abril de 1928, La Habana, vol. L, no. 4.

Fernández Soneira, Teresa: Mujeres de la Patria, Ediciones Universal, Miami, vol. I (2014) p. 127, y II (2018) p. 69.

Ripoll, Carlos: Escritos cubanos de historia política y literatura, Editorial Dos Ríos, Nueva York, 1998, p. 94.

Villaverde, Cirilo: La Revolución de Cuba, Nueva York, el 15 de febrero de 1873.


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Teresa Fernández Soneira (La Habana 1947), es una historiadora y escritora cubana radicada en Miami desde 1961. Ha hecho importantes aportes a la historia de Cuba con escritos y libros de temática cubana, entre ellos, CUBA: Historia de la educación católica 1582-1961, Ediciones Universal, Miami, 1997, Con la Estrella y la Cruz: Historia de las Juventudes de Acción Católica Cubana, Ediciones Universal, Miami, 2002. En los últimos años ha estado enfrascada en su obra Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba, (Ediciones Universal, Miami 2014 y 2018). El volumen I dedicado a la mujer en las conspiraciones y la Guerra de los Diez Años, y el volumen 2, de reciente publicación, trata sobre la mujer en la Guerra de Independencia. En estos dos volúmenes la autora ha rescatado la historia de más de 1,300 mujeres cubanas y su quehacer durante nuestras luchas independentistas.



(Revista Social. Mayo 1919) Historia de un poema de Céspedes, por José Fornaris

Al Cauto

Naces, ¡oh Cauto! en empinadas lomas;
bello desciendes por el valle ufano;
saltas y bulles juguetón, lozano,
peinando lirios y regando aromas.

Luego el arranque fervoroso domas,
y hondo, lento, callado, por el llano
te vas a sumergir en el océano;
tu nombre pierdes y sus aguas tomas.

Así es el hombre; entre caricias nace;
risueño el mundo al goce le convida;
todo es amor, y movimiento y vida.

Mas el tiempo sus ímpetus deshace,
y grave, serio, silencioso, umbrío,
baja y se esconde en el sepulcro frío.


Carlos Manuel de Céspedes

(Diario de la Marina. Octubre 15, 1868) una reseña del alzamiento del 10 de ocubre de 1868


("Diario de la Marina", 15 de octubre de 1868) "La Gaceta oficial de ayer nos da la noticia de que el 10 del corriente se levantó en el Partido de Yara, jurisdicción de Manzanillo, una partida de paisanos, sin que hasta el presente, se sepa quién es el cabecilla que la manda, ni el objeto que se propone. Supónese que se han unido a ella los bandoleros perseguidos en otras jurisdicciones; pero no debe distinguirse por el número ni el valor cuando al encontrarse, en el mismo pueblo de Yara, con una pequeña columna de tropas, que había salido de Bayamo, en su persecución, huyó cobardemente dejando sobre el terreno un muerto, cinco escopetas, un trabuco, cuatro machetes, una lanza y diez caballos con monturas, sin haber causado otro daño a los defensores del orden y de la propiedad que un ligero herido. Las autoridades de Cuba, Puerto Príncipe y otras jurisdicciones, se han apresurado a enviar fuerzas para ahogar instantáneamente ese aborto, que tiene tanto de ridículo como de criminal."

Friday, October 9, 2020

Anuncio de Carlos Finlay en el "Diario de la Marina". Octubre 1868.



"Doctor D Carlos Finlay, recibe en su gabinete de consultas calle del Empedrado número 7, de 11 á 2 del día y en su casa calzada del Cerro 753, de 7 á 8 de la mañana".

Diario de la Marina. Octubre 1868

Espera (un poema de Thelma Delgado)



Mis secos y pálidos labios
Tu cálido beso esperan
Como la paloma en el invierno
Cubierta de nieve y sufriendo
A la primavera quiere ver llegar.

Mi alma se da a tu amor
Cómo el río se da al mar
Como las nubes se dan al viento
Y como la flor de la abeja
Se deja enamorar.

Todo tiene su lugar y su tiempo
Con paciencia he de esperar
Por ese día deseado
En que tu existencia tenga a mi lado
Y nuevas caricias pueda estrenar.



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Thursday, October 8, 2020

El "Diario de la Marina", en su edición del 19 de agosto de 1851, informa sobre la ejecución de Joaquín de Agüero y Agüero, D. José Tomás Betancourt, D. Fernando de Zayas y D. Miguel Benavides



La sección "Correo de la Isla", del Diario de la Marina, en su edición del 19 de agosto de 1851, da cuenta de dos notas de El Fanal de Puerto Príncipe (actualmente Camagüey).

La primera corresponde al 11 de agosto, en la que se anuncia que "mañana a las 6 de ella serán pasados por las armas en la sabana de Arroyo Méndez (...) los paisanos D. Joaquín de Agüero y Agüero, D. José Tomás Betancourt, D. Fernando de Zayas y D. Miguel Benavides, reos todos de sedición". Además, describe como será el traslado de los condenados y la manera que el ejercito español organizó el despliegue militar para ejecutar esta acción.

En la nota del 13 de agosto, El Fanal informa "bajo la impresión de un acontecimiento doloroso" que "D. Joaquín de Agüero y Agüero, D. José Tomás Betancourt, D. Fernando de Zayas y D. Miguel Benavides, ya no existen. A las seis y media de esta mañana [12 de agosto de 1851] han sido ejecutados".

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San Antonio María Claret narra en su Autobiografía

Cabalmente en aquellos días cogieron las tropas a cuatro insurgentes o revoluciona[rios] [Joaquín de Agüero, Fernando de Zayas, Miguel Benavides y Tomás Betancourt] hijos de la misma Ciudad con las armas en las manos, y así es que fueron condenados a muerte. Y era tanta la confianza que de mi hacían los reos y aun sus parientes, que me llamaron para que fuese a la cárcel a confesarlos, y, en efecto, fui y los confesé. De tal manera fue creciendo la confianza que de mí hicieron, que me hicieron agenciar con el General a fin de que todos los que estaban comprometidos y se hallaban con las armas en las manos dejarían las armas y se volverían disimuladamente a sus casas sin que se les dijese cosa alguna y sin que constaran sus nombres. Así lo alcancé del General; por manera que toda aquella armada se desvaneció, se deshizo el acopio que tenían de armas, municiones y dinero, y todo quedó en paz.
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En 1853, en lo que hoy es el Parque Agramonte, fueron sembradas cuatro palmas, en homenaje a estos cuatro mártires camagüeyanos. 

La idea inicial era construir, cuando las circunstancias lo permitieran, un monumento a cada uno. Luego se decidió mantener el homenaje con las palmas, las cuáles se han renovado hasta la actualidad. 

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En el barrio de La Vigía, cada uno tiene una calle que le recuerda con su nombre. (JEM)

8 de octubre de 1871. El Rescate del Brigadier General Julio Sanguily (por Frank de Varona)


Uno de los combates más brillantes y audaces de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) en Cuba fue el rescate del Brigadier Julio Sanguily ejecutado por 35 jinetes a las órdenes del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Esta hazaña de los 35 valientes centauros ocurrió el 8 de octubre de 1871 cerca de la ciudad de Puerto Príncipe, hoy llamada Camagüey.

El Brigadier Sanguily, quien estaba inválido debido a heridas recibidas en combates, pidió autorización al Mayor, como le decían sus soldados a Ignacio Agramonte, para ir al cercano rancho de Cirila López para que le lavaran la ropa. El Mayor le dijo “Esta bien, puedes ir; pero te advierto, Julio, que el día menos pensado tus audacias te van a poner en manos de los españoles.”

Llegando al rancho de Cirila, Sanguily se desvistió y se cubrió con una manta mientras le lavaban la ropa. De pronto fueron sorprendidos por una columna española. Sanguily ordenó a sus ayudantes y a las mujeres del rancho que huyeran al bosque. Al ser capturado se identificó con franqueza viril, “Pertenezco al Estado Mayor del Mayor General Agramonte. Soy el Brigadier Julio Sanguily.”

Los españoles decidieron regresar a marchas forzadas con sus 120 soldados a Puerto Príncipe con tan ilustre prisionero y otros prisioneros cubanos más que tenían capturados. El sargento Fernández amarró a Sanguily y llevó las riendas de su caballo. Mientras tanto el ayudante de Sanguily que escapó del rancho informó a la caballería de Agramonte de lo sucedido.

Ignacio Agramonte, llamado Bayardo de la Revolución, se dirigió a sus 70 soldados y pidió 35 voluntarios diciendo “Todo el que esté dispuesto a rescatarlo o morir, que de un paso al frente.” 

Montando en su caballo Mambí, Agramonte llamó a sus jinetes. Todos los miraron. Tenía 30 años y medía seis pies y dos pulgadas de estatura. Era delgado, erecto y recio. Su caballería, considerada la mejor del Ejército Libertador, estaba dispuesta al seguirlo al fin del mundo. Agramonte ordenó al comandante Henry Reeve, llamado el Inglesito, a que buscara la columna española acompañado de cuatro jinetes.

El Capitán Francisco Palomino Loret de Mola pareó su caballo al de Agramonte y le dijo “Creo, Mayor, que se intenta una acción para rescatar a mi jefe, y si eso es así, por ser su ayudante, le ruego me señale un sitio en el lugar más peligroso.” El Mayor respondió “Así, Capitán Palomino, marche usted al lado del Comandante Henry Reeve.”

Los españoles sudorosos y cansados llegaron con su famoso prisionero a beber agua alrededor de un pozo situado en el potrero de la finca “La Esperanza,” propiedad de Antonio Torres. Reeve los descubrió y galopeó a notificar a Agramonte. A la vista del enemigo, Agramonte desenvainó su sable y dijo “Compañeros! En aquella columna enemiga va preso el General Sanguily y hay que rescatarlo vivo o muerto o quedar todos en la demanda! El Mayor rugió “Corneta, toque a degüello!” 

El enemigo, que contaba con cuatro veces más soldados bien armados, fue sorprendido por la fulminante carga al machete. El sargento Fernández que custodiaba a Sanguily lo derribó del caballo y le hizo un disparo a corta distancia hiriéndole la mano. Pero antes de que lo pudiera matar, el sargento murió de un sablazo. Sanguily, herido, salvó su vida gritando repetidamente “ Viva Cuba!” para que en la confusión del ataque no lo mataran ya que iba vestido con ropa de soldado español. Los españoles fueron derrotados y huyeron. Habían muerto once españoles y un cubano en el combate. La caballería mambisa había capturado 60 caballos, 40 monturas, una tienda de campaña y una buena cantidad de balas, revólveres y sables.

Agramonte abrazó a Sanguily diciéndole, “Julio, te dije que el día menos pensado ibas a caer en poder de los españoles, pero no creí que fuese tan pronto.”

Entre los 35 centauros de ese glorioso ataque se encontraban, aparte de los ya mencionados, el Coronel Antonio Luaces Iraola, Teniente Coronel Emilio Luaces Iraola, Comandante Enrique Loret de Mola y Boza y su hermano, Elpidio Loret de Mola y Boza, Comandante Manuel Agüero, Capitán Andrés Díaz y el Alférez Manuel Arango, quien fue herido. La mayoría de estos valientes héroes camagüeyanos tienen descendientes en el exilio y en Cuba.

El Mayor General Ignacio Agramonte reunió a sus valientes soldados y les dijo “ Vuestros nombres, después de este hecho glorioso, figuraran en la historia de nuestras guerras como símbolo de arrojo y valor!”

Y así fue. Los cubanos, y en particular los camagüeyanos, recuerdan y veneran la bravura de aquellos patriotas. El rescate de Sanguily se considera como uno de los episodios más extraordinarios de la Guerra de los Diez Años.

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Frank de Varona is an educator, historian, journalist, and internationally known expert on politics, economics, foreign affairs and national security issues. He was born in Cuba and, at the age of 17, he participated on the Bay of Pigs invasion in an effort to eradicate communism in Cuba. After spending two years in prison, he returned to the United States, where he earned three college degrees. He is married and has a daughter and a grandson.

Mr. de Varona had a 36-year career in the Miami-Dade County Public Schools as a social studies teacher, principal, region superintendent, and associate superintendent of instruction. He also was an associate professor of social studies in the College of Education at Florida International Education for seven years. Currently, he is a part-time Adult Education Coordinator in the Miami-Dade County Public Schools.

He has written 20 books and many articles in newspapers and magazines. Among his books are Hispanics in U.S. History Volume 1 and Volume 2 (1989), Hispanic Presence in the United States (1993), Latino Literacy: The Complete Guide to Our Hispanic History and Culture (1996) and Presencia hispana en los Estados Unidos: Quinto Centenario (2013). Mr. de Varona is the only Hispanic in the nation who has written three books in Spanish about Barack Obama: ¿Obama o McCain? (2008), El verdadero Obama (2010) and ¿Obama o Romney? (2012).

Sueño (un poema de Janisset Rivero)


Yo pudiera tocarte con mis ojos,
y descubrirte de nuevo
como si el tiempo fuera un espejismo.

Y pudiera estrecharte,
con la fuerza intangible de mis sueños,
como si jamás me hubiese ido…

pero prefiero quedarme aquí,
mirándote en mi alma,
intacto, alegre, mío.





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Janisset Rivero (Camagüey, 1969) ha publicado los libros de poesía Ausente, editorial Aduana Vieja, octubre 2008 y Testigo de la noche, Editorial Ultramar, Miami, 2014. 

(Diario de la Marina. Febrero 28, 1957) La entrada de Camilo José Cela a la RAE. Crónica de Jorge Mañach


 

Wednesday, October 7, 2020

El Lugareño: "Ayer he tenido mucho gusto, un placer muy grande de darle un apretón de manos a lo Yankee a nuestro Apóstol Varela"


"Ayer he tenido mucho gusto, un placer muy grande de darle un apretón de manos a lo Yankee a nuestro Apóstol Varela que ha vuelto de Florida, tan famoso, tan restablecido, que nos tiramos una hora de conversación. ¡Qué hablador estuvo! ¡I yo qué contento! Porque has de saber que cuando se fué de aquí a Florida, de silla a silla no podía oir lo que me decía, i mi última visita fué de dos minutos a lo sumo en consideración a su estado. Yo me tragué que no volvería a verlo. Pues, chico, ha vuelto como te he dicho tan hablador, tan fuerte, tan sano, que es un primor. Me dijo que no había recibido ni leído tu folleto: que había un siglo que no sabía de tí, i yo le di razón de tu vida i milagros, i convino conmigo en que tú eras un collón, que siempre estabas lleno de aprehensiones i achaques. Yo traté de sondearle sobre negocios cubanos; pero me manifestó que estaba enteramente retirado de la escena i en nada tomaría cartas." (Carta del Lugareño a José Antonio Saco. Nueva York, Junio 19, 1849).




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Foto/Ermita de la Caridad en Miami.

Pavlowa (un poema de Gustavo Sánchez Galarraga, 1915)

 

Imagen. Revista Social. Marzo 1931.
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Santiago Candamo y actores cómicos en Puerto Príncipe. Notas para un guión radial. (por Carlos A. Peón-Casas)



Tengo hoy el enorme gusto, en esta entrega ya habitual de los miércoles, de compartir con mis lectores, el texto que fuera primariamente un guión radial, correspondiente el jueves 24 de agosto de 2006, en el Programa Tricolor de la emisora Radio Camagüey. 

Mi colaboración como guionista en aquellas experiencias en la emisora insignia de la ciudad de Camagüey, me dio la oportunidad de remontar el inagotable perfil cultural de la otrora villa, dado el carácter de aquella entrega diaria, de una hora de duración, que desgranaba los avatares culturales de nuestras ancestrales raíces. 

Mi colaboración duro unos tres años, y para mi suerte, ese material tan variopinto, pero tan intensamente apegado a esa memoria del imaginario no tangible, pero imprescindible de nuestra comarca, salvado en una antigua PC, me permite hoy compartirlo con tantísimo gusto con los siempre atentos lectores, que se los disfrutarán con la misma intensidad que los no pocos radioyentes de aquel minuto. 

El texto de marras, un grupo de notas, para aquella ocasión era una mirada muy puntual a la memoria teatral de la otrora villa y ciudad del Príncipe. Aquella personal mirada se enfocaba en aquellos actores y aficionados al teatro cómico del siglo XIX, en su paso por la otrora villa y ciudad principeña, felices precursores de los actores del teatro bufo cubano actual. 

Y es que la promoción de tal manifestación artística, encontraba acomodo en las mejores coordenadas citadinas tan temprano como en los albores del siglo dieciocho. 

Por tal época, los patios de algunas antiguas mansiones principeñas, sirvieron entonces como improvisados escenarios donde se representaron muchas piezas teatrales, y los actores, fueron, por supuesto, los animados principeños. Ese fue el comienzo de una pujante labor teatral que alcanzó relevantes aportes en la otrora villa y posterior ciudad del Príncipe. 

Precisamente para los comienzos del siglo diecinueve, y con la llegada de la Real Audiencia a Puerto Príncipe, fueron aquellos funcionarios de la institución judicial, quienes promovieran las primeras representaciones de que se tenga memoria en la ciudad. 

Los detalles de la presencia de artistas de corte cómico en la otrora comarca quedan recogidos tan temprano como en el año 1806. Ese mismo año un principeño ilustre: Don Juan Ferrer, solicita autorización al Cabildo para “abrir un teatro modesto”, para dar cabida a algunos aficionados locales y foráneos que hacían de las representaciones del tipo cómico su principal modo de actuación. 

De tal manera, se buscaba, que el vecindario pudiera disfrutar sin entorpecimiento por parte de las autoridades, de aquellas divertidas representaciones cómicas, que para la tal fecha, ya habían sumado casi una decena de aquellas en la otrora villa. Tales actuaciones de los llamados “aficionados al arte cómico” se habían permitido provisionalmente, mientras llagaba la autorización del Capitán General. La tal autorización fue demorada una y otra vez, y todavía en el año 1809, los vecinos seguían solicitando tal permiso. 

Su ubicación en un área muy raigal de la ciudad, en una accesoria de la casa de una conocida saloniere de la época, Doña Luisa Rufina de Betancourt, la abuela de El Lugareño, en su lujosa casona de la calle de la Carnicería Vieja, esquina a la de San Ignacio. Aunque es justo aclarar que el tal llamado “teatro”, lo era sólo de nombre, dada su precaria conformación para las lides de la representación. 

Tal era el desorden, ante la presencia de aquellas tempranas representaciones del teatro cómico, que los patrocinadores de aquel rudimentario espacio tuvieron que redactar toda una reglamentación para hacer viables las representaciones. 

Entre las normas, se incluían la de no chiflar a los actores o tirarles cualquier fruta muy madura, como prueba de desagrado por sus actuaciones. 

El susodicho Candamo, fue uno de aquellos primeros actores cómicos que sumaron su arte junto a la de otros conocidos vecinos de la villa. 
Los artistas que tomaron parte en la representación venían encabezados por el celebrado director de cómicos. Las actuaciones en el Príncipe ascendieron a ocho, una de ella dedicada a su Majestad Fernando Séptimo. Obtuvieron de aquellas 99 pesos y 7 reales libres. El hecho ocurrió el 5 de enero 1809.[1]
Fue justamente en septiembre y octubre de 1810 la segunda visita del cómico y su troupee a la ciudad. Muchos de sus acompañantes repetían la visita a la ciudad. Entre ellos, José Naranjo, Valentín Rafo, Jerónimo Medrano, José González y Rosa Naranjo. En esa oportunidad fueron mandados a apresar. Al parecer los permisos exhibidos por el cómico y los suyos, no los autorizaban a representar obras cómicas en la otrora villa. 

Un antiguo documento de la Escribanía de Guerra, da cuentas de de un recurso promovido por el propio cómico sobre el asunto: 
que hallándose los quatro referidos en esta Villa celebrando funciones cómicas con permiso del señor Teniente Gobernador como es público y notorio(que han sido puestos) en la carcel publica en donde se hallan desde el día 12 de los corrientes en que fueron conducidos a ella con el mayor tropelia y maltrato, como si acaso fuesen fasinerosos (que no) pensaron jamás celebrar funciones cómicas si lo hicieron fue por la coyuntura que le brindó el público pidiéndoles no dejasen de representar algunas comedias. Obligados de lo cual y también de la necesidad que padecían de medios (…) no pueden menos que recordar a vuestra alteza los donativos que han hecho a nuestra católica Monarquía al señor Fernando Septimo que Dios guarde[2]
De nada valió aquel recurso exculpatorio. Las autoridades principeñas acordaron según constancia en aun antiguo expediente el “envío de aquellos a la Habana en el primer buque que zarpe de la Guanaja”[3]. Fueron acusados formalmente de inobedientes y al celebrado Candamo lo tildaron de “hombre de carácter insubordinado y opuesto a comprometimiento” 

La orden vino desde la Capitanía General, firmada por Someruelos, hombre fuerte de entonces, quien hizo firme la decisión disponiendo que: 
“(…) esas clases de individuos son unos vagos que andan de un pueblo a otro con el pretexto de semejante ocupación y así encargo a V. inmediatamente ponga en arresto, y remitir a esta capital (…) repitiendo a V. nuevamente que a ningún individuo de esta ni otra clase le permita hacer comedias sin que lleve expresa orden mía por escrito”[4]




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[1] Costal al Hombro. Manuel Villabella. Ediciones Unión,1996. p.37 

[2] Archivo Nacional. Escribanía de Guerra. Juzgado Militar. Legajo 617…En Costal al Hombro, Op cit. p.39 

[3] Ibíd. p.40 (Se respetan la ortografía y giros del documento original) 

[4] Ibíd. p.40




Tuesday, October 6, 2020

La novia de Lázaro (por Dulce María Loynaz)


A mi hermana Flor


y el que había estado
muerto, salió atadas las
manos y los pies con vendas
y su rostro estaba envuelto
en un sudario.
Vers. 44, Cap. 8, Evang. S. Juan.



I

Vienes por fin a mí, tal como eras, con tu emoción antigua y tu rosa intacta, Lázaro rezagado, ajeno al fuego de la espera, olvidado de desintegrarse, mientras se hacía polvo, ceniza, lo demás.

Vuelves a mí, entero y sin jadeos, con tu gran sueño inmune al frío de la tumba, cuando ya Martha y María, cansadas de esperar milagros y deshojar crepúsculos, bajaban en silencio lentamente las cuestas de todas las Bethanias.

Vienes; sin contar con más esperanza que tu propia esperanza ni más milagro que tu propio milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida todavía al último beso.

Vienes todo de flor y luna nueva presto a envolverme en tus mareas contenidas, en tus nubes revueltas, en tus fragancias turbadoras que voy reconociendo una por una...

Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo y la distancia, a salvo del silencio: y me traes como regalo de bodas, el ya paladeado secreto de la muerte.

Pero he aquí que como novia que vuelvo a ser, no sé si alegrarme o llorar por tu regreso, por el don sobrecogedor que me haces y hasta por la felicidad que se me vuelca de golpe. No sé si es tarde o pronto para ser feliz. De veras no sé; no recuerdo ya el color de tus ojos.

II

Tú dices que no es tarde y que la muerte no tiene más sabor que tiene el agua. Dices que fue apenas en la reciente lunada cuando te dejamos tras la terrible piedra del sepulcro y aún no segaron en la mies el trigo que estaba verde la mañana aquella en que salimos acastrar colmenas y nos besamos por la vez última...

Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes. Sólo cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé a morirme bajo los números y las horas y los días que en mi cuenta se hicieron infinitos como son infinitas las angustias que caben en un instante de mal sueño.

¿Por qué quieres que cuente bien ahora, que tenga prisa ahora, cuando ya con los dientes le gasté todos los filos a la prisa? Yo esperé un siglo sin esperar nada. ¿Y tú no puedes esperar un minuto esperándolo todo?

Dime, Lázaro: ¿Acaso no era más difícil resucitar que quedarte, cuando mi alma se abrazaba a la tuya forcejeando hasta desangrarse, con la muerte?

Vamos, refrena ahora los corceles de tu estrenada sangre y ven a sentarte junto a mí, ven a reconocerme.

Yo también soy ya nueva de tan vieja: de los milenios que envejecí mientras el trigo maduraba en la misma mies, mientras lo tuyo era tan sólo una siesta de niño, una siesta inocente y pasajera.

Y no te impacientes, amado mío, que yo aprendí paciencia como letra con sangre, bien entrada

III

No se me oculta no, que es la felicidad la que no espera. Hora es de ser feliz y habrá que serlo o no serlo ya nunca. Se me devuelve el bien que di por perdido, el amor, la dulzura en lontananza del hogar, de los hijos, de las veladas a la lumbre en invierno; bajo la enredadera en el estío, unas tras otras dulces, pequeñitas, alargándose hasta el confín del tiempo.

Todo eso comienza a tomar forma, a ponerse de nuevo al alcance de mi mano y de mi pequeña, femenina capacidad de imaginar la dicha.

Pero aun sabiéndolo así, no es culpa mía que esta dicha me tome de sorpresa, me encuentre desprevenida como invitados a la fiesta que llegan antes de que la casa esté arreglada.

Tiempo hubo de arreglarla y en verdad la arreglé muchas veces... Hasta que luego no la arreglé más y el polvo siguió cayendo, poseyendo la casa sin dueño.

No te empeñes, Lázaro mío, en echarme cuentas sobre el polvo: soy una novia vieja a la que habrá que perdonarle sus torpezas tanto como su piel marchita y sus ojos cerrados todavía a tal milagro.

Soy una novia vieja, y este amanecer en que vienes de donde vengas, de donde nadie vino antes, es un amanecer nuevo o demasiado viejo; es ciertamente como el primer amanecer del mundo. Toda la vida, toda la Creación, todo tú mismo están por delante.

Sólo yo quedé atrás. Todavía en las mieses de la mañana aquella, todavía en el beso perdido entre las mieses. Todavía en todo lo que ha dejado de ser, o no fue nunca.

IV

Como el primer amanecer del mundo... Eso es, y hay que ajustarse a eso. Pero mientras se ajusta el corazón, será inútil que me fatigues con premuras.

Tuve una noche larga... ¿No comprendes? Tú también la tuviste, no lo niego. Pero tú estabas muerto y yo estaba viva; tú estabas muerto y reposabas en tu propia muerte como en un lago sin orillas, como el niño antes de nacer en la remansada sangre de la madre.

En tanto yo seguía viva con unos ojos que querían taladrar tu tiniebla y unos huesos negados a tenderse y una carne mordida, asaeteada por ángeles negros rebelados contra Dios.

¡Tú estabas muerto y yo seguía viva sintiendo el paso, el peso, el poso de la noche que se me había echado encima, incapaz de morir o conmoverla!

Conmover la muerte... Eso yo pretendía. Conmover a la Inconmovible, a la Ciega, a la Sorda, a la Muda...

Fue otro quien lo hizo. Vino y la noche se hizo aurora, la muerte se hizo juego, el mundo se hizo niño.

Vino y el tiempo se detuvo, le abrió paso a su sonrisa como las aguas del Mar Rojo a nuestros antiguos Padres.

No necesitó más que eso, llorar un poco, sonreír un poco y ya todo estaba en su puesto.

Dulcemente. Sencillamente. Indolentemente.

V

Ahora tú eres su obra, el recién nacido de su palabra taumatúrgica.

Las que me digas en adelante, sólo serán el eco de la suya dominadora, vencedora de la muerte. Serán las que no supe arrancar de tu pecho vivo o muerto ni ganarle a su mano, ni beber en mi sed. Ellas caerán en mi alma horadada por la espera, como flores extrañas en un pozo.

¿Te será lícito servirte de ellas para jurarme amor en la ventana; para mimar al ternerillo enfermo, para cantar al son de la vihuela como gustabas de hacerlo al atardecer, de vuelta de las faenas campesinas?

No lo sé, ni tú mismo puedes saberlo ahora. Sé que estás aquí, pálido todavía y todavía erguido en el deslumbramiento de tu alba, devueltos a tus labios los besos que no tuviste tiempo de besar.

Pero sé también que entre tú y yo ha ocurrido algo inefable, y aunque yo estoy aquí como tú estás, yo me he quedado fuera del prodigio, ajena a lo que hacían con tus labios, con tu cuerpo, con tu alma, con todo lo que antes era mío...

Cierto, la vida apremia y no hay que pedir más milagros al Milagro: la vida apremia y tus labios están cerca, exactos en su media luna rosa.

Yo podría besarlos si quisiera y lo querré muy pronto, amado mío... Pero ¡qué miedo como lepra, qué duda para siempre de no besar en ellos lo que besaba entonces, lo que tal vez no valió la pena resucitar!

VI

Aprenderé de nuevo el vuelo de tus garzas, los diminutos ríos de tu sangre, la intimidad de tus luceros.

De la muerte rozada en punta de ala, borraremos las cicatrices mínimas, luz o sombra en tu carne rescatada.

Encontraré entre todo lo perdido, la miel que te era grata, la canción que te hacía sonreír y la que un día te ganó una lágrima. Y otra vez anudaré una cinta a mi trenza, una ilusión de novia a mi ventana.

Pero, ¿y si fueras tú quien no me hallaras? Si fueras tú quien en vano buscaras lo que dejaste tras esa ventana vanamente engalanada, y en la miel no adivinaras tus abejas, y en la ofrenda de mí misma sólo tuvieras la de mi fantasma?

Si fueras tú quien a tu vez me hablaras sorda, me besaras fría, me sacudieras rígida... Tú quien me sorprendiera muerta, muerta, sí, inexorablemente muerta hasta en la sonrisa,

liberada ya de cuanto pudiera ser gloria o tragedia en nuestro destino...

Ah, te estremeces, Lázaro, porque hasta ahora tú sólo has querido seguir siendo tú mismo y no te has preguntado si yo sigo siéndolo.

He podido morirme ante tus ojos que me ven viva todavía. He podido morirme hace un instante del encuentro contigo, del choque en esta esquina de mis huesos con tu rostro perdido... Choque de tu presencia y mi recuerdo, de tu realidad y mi sueño, de tu nueva vida efímera y la otra que ya te había dado yo en él y donde tú flotabas perfecto, maravilloso, inmutable, rabiosamente defendido...

Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que también me levante... Me eche a andar.

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Fue publicado por primera vez en El Diario de la Marina. Febrero 14, 1957.





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