Thursday, March 12, 2020

José Martí. Esbozo. (por Diego Vicente Tejera)


Al llegar esta vez a Nueva York, hace pocos días, experimenté la sensación de que me faltaba algo, y ese algo era la presencia de Martí. ¡Tanto me había acompañado otras veces y guiado a través de la imperial ciudad, que nunca después había podido yo evocaría imagen de ésta sin que al punto surgiese, como para iluminarla, el recuerdo del inquieto desterrado!  Su ausencia ahora renueva en mi corazón el dolor de esa su muerte no por gloriosa menos lamentable, y con mano torpe aventuróme a trazar alguno que otro rasgo de su fisonomía, porque creo que los que lo conocimos de cerca debemos apresurarnos a dar los elementos conque ha de componerse la imagen definitiva de ese hombre que será, o es ya la primera o una de las primeras figuras de la historia patria.

El simple aspecto de Martí producía impresión extraordinaria. Era delgado, nervioso, recio, de movilidad tan continua, que a primera vista se asemejaba a la inquietud morbosa; pero luego se veía que no era aquella sino la condición indispensable de la vida que se había dado, la sola manera de realizar el trabajo enorme que se había impuesto. Aquellos movimientos que se sucedían con vertiginosa rapidez, aquel pasar incesante de una cosa a otra, aquel ir y venir perpetuos y siempre de carrera, producían al fin de cada jornada, un resultado de asombrosa regularidad y gran provecho: los asuntos de su consulado, la dirección y redacción del periódico propio que casi nunca le faltaba, sus correspondencias para diarios y revistas de todos los países, su vasta correspondencia privada, las traducciones que las casas editoriales le pedían... todo quedaba escrupulosamente despachado. Y había además tenido tiempo para hacer visitas, para acompañar y guiar por la ciudad a amigos que de todas partes le llegaban y para servir a todo el mundo, pues Martí era para compatriotas y extraños, todo complacencia y abnegación. Sin contar con que todavía —parece increíble— había encontrado modo de leer lo  mas portante de toda la prensa americana y extranjera y de no dejar pasar libro nuevo sobre cualquier materia sin estudiarlo y anotarlo.

Y fuera por último —ya esto es pasmoso— de que jamás dejó de tener entre manos la composición de algún discurso, de una poesía, de tan concienzudo examen crítico de un drama... ¿Háse visto mayor  capacidad para el trabajo? Y cuando al cabo de tal tarea cotidiana se rodeaba por la noche, para descanso y distracción de familiares y amigos, maravillaba el ver coa que frescura y buen humor, con que viveza y abundancia, con que verdadera inspiración abría y sostenía durante largas horas una conversación que era en realidad incomparable. El que no oyó a Martí en la intimidad no se da cuenta de todo el poder de fascinación que cabe en la palabra humana: ningún cubano, ninguno, ha tenido la conversación de Martí. ¡Qué variedad, que gracia, que elevación, que fuego, que nitidez y que elegancia! ¿Había afectación en su manera de decir? Algunos lo creían; yo no: el atildamiento, el horror a la llaneza eran naturales en su temperamento soberanamente artístico, ¡Qué conversación! El oído percibía en aquel raudal inagotable modulaciones exquisitas; los ojos veían pasar, llenas de movimiento y luz, imágenes extraordinarias; el pensamiento quedaba absorto ante perspectivas extrañas que se le abrían y el corazón se ensanchaba al son franco de expresiones henchidas de nobleza y generosidad. ¡Cómo irradiaba y sonreía aquel rostro, de suyo pálido y severo! ¡Cómo relampagueaban aquellos ojillos, debajo de la enorme frente, de aquella frente serena y blanca, la más hermosa que haya dado albergue a una privilegiada inteligencia!

La inteligencia de Martí era genial. Martí, como Víctor Hugo, a quien se parecía por lo abierto del ángulo de la visión, sorprendía aspectos nuevos de las cosas, relaciones recónditas, sentidos! ocultos; penetraba, abarcaba, desentrañaba; miraba claramente armonizarse todo en el concepto que tenía del mundo y de la vida. Veía tanto, que al querer expresar lo que veía el idioma le faltaba, el espacio también, y tenía que apelar a concreciones supremas, que parecían naturalmente confusas al auditorio, ignorante del proceso que las había formado. Sí, esa oscuridad de expresión, que ha sido para muchos el solo y grave defecto de Martí, no provenía de insuficiencia de nociones ni de trabucación de espacias, sino por el contrario del  exceso mismo del número de ideas, de la amplitud exagerada de las concepciones. Escribiendo o hablando en la tribuna, la menor excitación nerviosa ponía en movimiento y encendía mundos tan vastos en el cerebro, que para exteriorizarlos la pluma y la lengua, no muy disciplinadas después de todo, tenían que ceñirse a simples apuntaciones luminosas, al parecer incoherentes. Pero tome el crítico  un discurso cualquiera de Martí, el más abstruso; busque las senda por donde el autor llegó a esos puntos brillantes que se nos antojan aislados, inconexos, y hallará que éstos son en realidad cumbres de montañas que se ligan allá abajo y componen un sistema apretado y grandioso.

¡Y qué destellos en medio del desorden! Las letras castellanas le deben a Martí frases fulgurantes, de vencedor atrevimiento!

Martí era genial. Su prodigiosa inteligencia tenía a su servicio
una voluntad de hierro, tenaz, encarnizada, dominadora; voluntad que por la persuasión o por la fuerza se imponía y arrastraba. Preferentemente por la persuasión. No, yo no sabré dar idea del poder de seducción de aquella palabra sutil que parecía salir del corazón y al corazón se encaminaba, flexible, acariciadora, ingenua sin embargo, y siempre honrada que para el bien esclavizaba y atraía, que engrandecía al vencido levantándolo a la clara percepción de su deber. Al político americano sabía hablarle el lenguaje sobrio que el sajón aprecia; a nuestra raza la deslumhraba o conmovía; al negro... ¡Oh! qué lenguaje no sabría hablarle al negro cuando todos los negros lo adoraban?

Así ha hecho esta revolución que nos asombra. Laborando durante largos años, solo, solo, solo, avivando en el seno de una generación cansada y descreída la chispa reducida y vacilante llevado de la fé pasmosa que tenía en los suyos, sin más mandato que el de su conciencia, sin más estímulo que su amor a Cuba, y todo muy callado, muy callado, porque ese cubano tuvo hasta la grandeza de ser un buen conspirador. La súbita revelación de su trabajo causó en la adormecida colonia el espanto de un trueno que estallase en el espacio azul.

Desapareció en medio de la tempestad que desató, y su vida, en el momento de apagarse, resplandeció en su trágica unidad. Bala española tenía que matar al hombre que había entrado en la vida con un grillete español ceñido al pie. Y España pasará por la vergüenza de que el cubano que liberta a Cuba, aparezca en la Historia arrastrando como el esclavo antiguo una cadena material.



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"José Martí. Esbozo." en Patria, por Diego Vicente Tejera.

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