Tuesday, November 6, 2018

Crónica: El inolvidable mito Buesa (por Waldo González López)

Pasarás por mi vida, sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar,
fingiré una sonsisa, como un dulce contraste,
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.
¿Qué cubano no recuerda estos versos, ya clásicos en el imaginario popular de la Isla y también caribeño? Estoy seguro que, al escucharlos, una vez más, muchos evocarán, como yo, los años en que éramos adolescentes y soñábamos con el Amor…

Debo además recordar —¿aunque acaso resulta necesario?— algo singular: tan hermoso cuarteto que sirve de proemio a esta crónica/comentario, integra uno de los cinco del conocidísimo «Poema del renunciamiento», de nuestro José Ángel Buesa, tan leído desde la cuarta década del siglo XX hasta incluso en este 2018, cuando nosotros, los poetas de hoy, homenajeamos su amplio quehacer.

Por ello, pienso que tal vez habría querido estar aquí o, quizás, sí está escuchándome desde algún lugar de la Tierra, porque no creo que desde el Cielo, pues de santurrón ni beato no tenía nada aquel Buesa enamoradizo, por el que todas las mujeres de entonces suspiraban, sin miramientos ni dudas…

Al Inferno dantesco, el hoy evocado Don Juan caribeño y Casanova tropical, hubiera sido enviado por el ex sargento, general y presidente, si se hubiese enterado, como sugiere el poeta, que en su noche de bodas, ya pasados de tragos y dormido, había arrebatado a su esposa, con el consentimiento de ella, pues el poetamante se la robaría y llevaría a un insólito paseo en barco por la bahía habanera, donde la Hermosa dama sería arrullada con sus versos que la trastornaban, como a tantas mujeres de la época, para al fin culminar su nueva aventura, en un apartado hotel, según lo insinúa, muchos años después, en su autobiografía Año bisiesto.


Sin duda, José Ángel Buesa es un nombre que marcó la incipiente vida literaria de muchos de quienes, en los dorados ‘50s e inicios de los 60s, aún no éramos ni siquiera jóvenes, sino adolescentes.

Tal les sucedió a no pocos poetas de mi promoción, que mucho leímos y nos impactaron sus textos. Para mí sería decisiva su lectura, gracias a las ediciones que, pagadas por los propios autores, eran realizadas en imprentas privadas, sobre todo, por la recordada Úcar García, en tanto no existían otras opciones, hecho muy conocido y divulgado por destacados intelectuales —como el recordado Eliseo Diego—, quienes lo contarían después en entrevistas y testimonios.

Así, era tal la popularidad de Buesa, que muchas capas de la sociedad adquirían esos cuadernos, lo que corrobora su celebridad entre la población. Era, en suma, El Poeta [en mayúscula], sin duda, el más leído por la común y sencilla «gente de pueblo», por decirlo con un título de otro escritor popular, desde que en esos años publicara su primer libro: el narrador Onelio Jorge Cardoso, «El Cuentero».

A fines de los ‘50s, y aun desde años atrás, José Ángel Buesa era, además, un escritor radial muy conocido por sus novelas, teatros y otros espacios en las más importantes emisoras cubanas. Ello, por supuesto, implicaría, asimismo, que su imagen de hombre fornido, de buena presencia y fama de conquistador fuera muy apreciada por las féminas de la Isla, incluidas algunas de las mejores poetisas de la época, entre otras, Carilda Oliver Labra y Serafina Núñez, quienes fueron sus amigas.

[Un aparte oportuno: De ambas colegamigas, este cronista publicaría, durante los ‘80s y 90s, textos en secciones poéticas a su cargo en varias revistas nacionales y, en el caso de la segunda, además, prepararía y prologaría la única antología mínima de su poesía por las prestigiosas Ediciones Vigía (con papel reciclado) de Matanzas, primera en realizar esta hermosa y necesaria tarea en Cuba.]

Por tal celebridad, casi todas las cubiertas [portadas] de sus poemarios ostentaban el conocido rostro de galán y amante, tópico común en el ideario social y estético de la época que aun atraía —a pesar del silencio al que fuera confinado después de 1959— a miles de fans del neorromanticismo, no solo en gran parte de la poesía publicada, sino igualmente en medios como el cine, la radio, la televisión y la prensa plana.

Y era lógica su popularidad: recuerdo la pregunta del gran nicaragüense Rubén Darío, autor de la célebre frase: «Quién que es, no es romántico». Incluso ahora, en este hiperrealista, cibernético y globalizado siglo XXI, aunque ya no creamos del todo en aquel lacrimoso romanticismo [pues los tiempos que corren…corren demasiado], muchos creemos aun en el Amor [con mayúscula].

Sí, los tiempos han cambiado, como nosotros, los «humanos, demasiado humanos», tal diría uno de mis filósofos de cabecera; mas, esa esencia inexplicable y aunadora, suerte de imán sensorial entre dos que se aman; esa sustancia de rango tan íntimo, personal y, a un tiempo, universal [pues nos compete desde la individalidad a todos], no ha cesado ni cesará jamás, desde Grecia —con sus dioses y héroes míticos, estudiados e incluidos en las reveladoras teorías del ya clásico Padre de la Sicología moderna, Sigmund Freud— hasta este insólito y complejo mundo contemporáneo.

De tal suerte, no solo en tiempos de Rubén —quien ante un grande José Martí, con quien se cruzara en una calle de la ya entonces imponente Nueva York del XIX, descendiera de su pedestal, para llamarlo Maestro—, sino incluso a mediados de los ‘20s del siglo pasado, cuando miles de lectoras y lectores latinoamericanos se bebían los infaltables 20 poemas de amor y una canción deesperada de cierto joven chileno llamado Neftalí Reyes, pero conocido por su universal seudónimo Pablo Neruda.

Algo curioso es que, en este hoy absurdo renacer de odios, atentados y guerras, escuchemos como un llamado a la cordura que «no todo está perdido», tal retumba como un decisivo verso de amor la canción del argentino Fito Páez, recordándonos que la atracción entre dos tampoco ha perdido su encanto, sobre todo, en quienes aun creemos en el Amor, vocablo mágico, pero tan mal utilizado en horrendos ¿textos? de los aun más horribles reguetones.

Y esa es quizás la poderosa razón de la preferencia de la poética de José Ángel Buesa, quien, por torpes prejuicios seudoestéticos de ciertos intelectuales de la Isla, envidiosos de su celebridad, tal asimismo por acusaciones políticas y prohibiciones de dirigentes de turno, decidiría su salida definitiva de Cuba y su exilio en Santo Domingo, donde sería mejor acogido que en su patria natal, y en la que viviría los años finales de su intensa y extensa existencia y donde, sobre todo, publicara en 1981, a solo un año de su muerte en 1982, su admirable autobiografía Año Bisiesto, en la que incluyera sus mejores poemas y traducciones del alemán.

A pesar de esos que lo envidiaron y obligaron al exilio, nunca atacaría a la cultura cubana ni hablaría sobre las figuras culturales de la época, no obstante la envidia y la maledicencia de aquéllos. En fin, no hizo caso de tales paupérrimas muestras de tan pedestre pobreza humana. Por ello, tampoco atacaría a instituciones culturales, tal se aprecia en su autobiografia, donde solo en una página, emplea un delicioso chiste en torno a su antitético Lezama Lima, del que pregunta qué se hacía el ya fallecido «Gordo» con la precaria libreta de abastecimientos (aun presente en la paupérrima cotidianidad de la Isla, ya finalizando este 2018).

Sin embargo, a pesar de ser silenciado en su patria, ya durante los meses finales de su exilio y luego también —como tantos valiosos artistas cubanos, en particular cantantes, tales las canónicas Olga Guillot y Celia Cruz, que eran escuchadas en no pocos hogares cubanos donde se conservaban algunos de sus LDs—, a Buesa se le seguiría leyendo a hurtadillas, gracias a las mencionadas ediciones populares conservadas por sus fans, como este cronista.

Ciertamente, no se publicaría otro volumen de su poesía por las editoriales cubanas hasta mucho después, cuando lo dispondrían las instituciones culturales oficialistas, tras comprobar hasta la saciedad su muerte, recién pasada la primera mitad de la década del tristemente recordado «Período Especial» —que yo definiera, para terror de muchos colegas en Cuba, sotto voce, con el calificativo: «Espacial», porque sin saber cómo [sobre]vivíamos en otra dimensión, casi en otro planeta, al punto de que no sabíamos realmente en qué inframundo estabámos, en fin, qué era aquella [i]rrealidad, más apropiada a la ciencia ficción.


Solo entonces, reaparecerían selecciones y antologías de sus versos en varias provincias, como en su natal Cienfuegos, luego en Matanzas y más tarde en Las Tunas por la Editorial Sanlope [con selección y prólogo de la profesora universitaria, estudiosa de la décima y poeta Maritza Batista], así como otra por la capitalina Editorial Letras Cubanas.

Y bien, en 1997, vería la luz la antología Buesa que [preparada por la colegamiga Daisy Aportela y prologada por Carilda, quien la enriqueciera con varios poemas aparecidos en la autobiografia Año Bisiesto, los que yo gustosamente le enviara] aparecería por Ediciones Matanzas: en su prólogo, Carilda rememora su honda amistad con el más popular poeta cubano de entonces, fenómeno solo comparable a lo acontecido, en el siglo XIX, con el bardo tunero Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé y sus décimas, aún presentes en los campos y otros ámbitos nacionales dedicados a «La estrofa del pueblo cubano», tal la definiera el también poeta y colega suyo Jose Fornaris.

Una sola condición le exigí a Carilda: no mencionar mi nombre en el prólogo, ni palabra alguna de agradecimiento por mi colaboración en este fructífero y necesario proyecto. ¿Por qué?, se preguntará el ciberlector. Pues muy simple es la respuesta: porque el mérito de dicho título debía ser solo suyo, ya que ¿si no hubiese sido ella, quién podría realizar mejor tal tarea, por su larga amistad con el Poeta y su experiencia poética?

Censuras aparte, lo realmente significativo es el número de poemarios del Poeta que aparecerían durante la segunda mitad de los tristemente célebres ‘90s, cuando —tal un revival, renacer o redescubrimiento—, darían a conocer su gustada poesía a los jóvenes, como asimismo agradarían a quienes, desde decenios atrás, lo leíamos y disfrutábamos.

Una incidental, un tanto jocosa, es la que sigue sobre un vocablo. Creado por mí como un neologismo, adquiriría popularidad. Tal voz es «poetacro», suerte de aleación/fusión de poeta y mediocre que empleé a propósito de la publicación —en una de mis secciones poéticas de revistas [la primera, en Bohemia y la segunda, en Mujeres] de varios textos de diversos poetas cubanos y latinoamericanos.

El vocablo, devenido popular, tomaría carta de crédito, gracias al Premio Nacional de Edición y colegamigo Fernando Carr Parúas, quien, sin aun conocernos, lo citara en su muy leída Sección «Gazapos» de la propia Bohemia, donde intuyó la genuina acepción adoptada por este cronista.

Entonces, como ahora, me refería, a quienes sin poseer la mínima calidad, devienen poetacros, por la publicación de un ¿poemario… o, mejor, peomario?, parafraseando al salvadoreño Roque Dalton.

Por cierto, recuerdo otra anécdota de los ‘90s que muy bien corrobora la celebridad, incluso latinoamericana, de José Ángel Buesa. Por aquellos años, Mayra y yo conocimos, a través de amigos comunes, a una venezolana fanática del Poeta. Al presentarnos un común amigo, lo primero que nos pidió o, mejor, rogó encarecidamente, fue que le consiguiéramos un poemario del célebre cienfueguero, a quien aún el oficialismo mantenía en las tinieblas prohibitivas. Sin pensarlo dos veces, le obsequié aquellas dos o tres humildes ediciones que yo, celosamente, conservaba desde mi lejana adolescencia.

La buena y desprendida acción nos dejó algo tristes, como los propios versos, ya clásicos del poeta cubano, que, de tarde en tarde, aún resuenan en nuestros oídos. De cualquier modo y, a pesar de la nostalgia por los cuadernos donados, me dije: «No importa: quedamos bien con la amiga venezolana que admira tanto como nosotros sus versos.» Mas, seguía y siguen soplando estos versos suyos en el viento del recuerdo:
Este domingo triste pienso en ti dulcemente
Y mi vieja mentira de olvido, ya no miente…
Y pasó el tiempo, y pasó…, como los meses… hasta que regresó dos años después la amiga venezolana, trayendo, en sus filiales manos, aquellos cuadernillos llenos de una honda, salvaje nostalgia que me habían permitido leer sus versos de tarde en tarde.

Mas, tales títulos estarían dedicados a la obsequiosidad, pues antes de venir definitivamente para Miami [en julio de 2011], Mayra los regalaría a una querida vecina, no menos fan de la poética neorromántica.

El Poeta del Amor sería la connotación que le adjudicaría este cronista al autor del célebre «Poema del renunciamiento». Y es muy justa pues, como se sabe, su obra triunfaría con este y otros textos de su recordado volumen Oasis, donde incluyera sus más conocidas piezas amatorias y el que resulta, de acuerdo con el «Prólogo» de Carilda, «la obra que más favor del pueblo le ha valido […] agrupa bajo ese títulos los versos de amor más consagrados, esos que se repiten inevitablemente en veladas culturales, tertulias literarias, programas de radio, esos que murmuran los enamorados de todas las edades».

En República Dominicana, hacia donde partió como exiliado, escribió sus mejores textos despojados de tanto romanticismo y dotados de un profundo fervor humanista y serio conceptualismo, si bien continuó escribiendo sonetos y textos en cuartetos, estrofas en que se destacara particularmente.

Allí —en la patria de la reconocida lírica y pedagoga Salomé Henríquez Ureña [1850-1897], figura de la poesía de su país y madre de tres brillantes profesores de literatura y ensayo: Max, Pedro y Camila, fallecería de tubercolosis, como tantos poetas románticos, con solo 47 años—, el inolvidado poeta cubano descollaría con su poesía y como profesor en la Universidad central de Dominicana.

En este noviembre de 2018, ya fallecido tantas décadas atrás, quise evocar al destacado poeta, quien, a pesar de todo, sigue siendo «El Inolvidado Mito Buesa.»

BREVE SINOPSIS

Nacido el 2 de septiembre de 1910 en Cruces, Cienfuegos, Cuba, el poeta se radica en la capital, donde estudia a los clásicos y labora como oficinista. En 1932 publica La fuga de las horas. Un año después aparece Misas paganas. Su tercer libro, Babel, aparece tres años más tarde. Canto final se edita en 1936. En 1944 aparecen sus Cantos de Proteo y Lamentaciones de Proteo en 1947 y Alegría de Proteo, en 1948, cuando cierra un ciclo de su poesía. En 1947 había publicado Canciones de Adán, al que le sigue Poemas en la arena, que abordan de nuevo el amor. Su volumen Nuevo oasis es de 1949 y su último título es Poeta enamorado.


Su ya clásico Oasis (1943) se reeditaría en más de veintiséis ocasiones, así como Nuevo Oasis. A tal grado llegaría su popularidad que en 1961 un poema suyo sería el primero en ser escuchado en la TV cubana. En los 60s’, se exilia en la República Dominicana, donde labora como profesor de Literatura en la Universidad Nacional «Pedro Henríquez Ureña».

José Ángel Buesa fallecería en Santo Domingo el 14 de agosto de 1982 y apenas pocos años, después se reeditaría uno de sus libros, continuando de tal suerte el amplio y exitoso andar de su Poesía.

BREVE SELECCIÓN POÉTICA


Poema de la despedida


Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.


Poema de las cosas


Quizás estando sola, de noche, en tu aposento
oirás que alguien te llama sin que tú sepas quién
y aprenderás entonces, que hay cosas como el viento
que existen ciertamente, pero que no se ven...

Y también es posible que una tarde de hastío
como florece un surco, te renazca un afán
y aprenderás entonces que hay cosas como el río
que se estan yendo siempre, pero que no se van...

O al cruzar una calle, tu corazón risueño
recordará una pena que no tuviste ayer
y aprenderás entonces que hay cosas como el sueño,
cosas que nunca han sido, pero que pueden ser...

Por más que tú prefieras ignorar estas cosas
sabrás por qué suspiras oyendo una canción
y aprenderás entonces que hay cosas como rosas,
cosas que son hermosas, sin saber que lo son...

Y una tarde cualquiera, sentirás que te has ido
y un soplo de ceniza regará tu jardín
y aprenderás entonces, que el tiempo y el olvido
son las únicas cosas que nunca tienen fin.



Poema del amor ajeno


Puedes irte y no importa, pues te quedas conmigo
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.

La vida nos acerca y la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer...
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber...

Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.

Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente, cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.

Para un deseo así, toda la vida es poca;
toda la vida es poca para un ensueño así...
Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
y tú estarás con otro... ¡pero pensando en mí!


Poema del fracaso


Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema,
que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer;
Quería aprisionar un alma en un poema,
y que viviera siempre... Pero no pudo ser.

Mi corazón, un día, silenció su latido,
y en plena lozanía se sintió envejecer;
Quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido
y morir recordando... Pero no pudo ser.

Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro,
en un fugaz anhelo de gloria y de poder;
Subió la escalinata de un palacio de oro
y quiso abrir las puertas... Pero no pudo ser.

Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera,
por vivir plenamente la fiebre del placer;
Ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera,
un goce para él solo... Pero no pudo ser.

Y hoy llegas tú a mi vida, con tu sonrisa clara,
con tu sonrisa clara, que es un amanecer;
y ante el sueño más dulce que nunca antes soñara,
quiero vivir mi sueño... Pero no puede ser.

Y he de decirte adiós para siempre, querida,
sabiendo que te alejas para nunca volver,
Quisiera retenerte para toda la vida...
¡Pero no puede ser! ¡Pero no puede ser!

Poema del olvido


Viendo pasar las nubes fue pasando la vida,
y tú, como una nube, pasaste por mi hastío.
Y se unieron entonces tu corazón y el mío,
como se van uniendo los bordes de una herida.

Los últimos ensueños y las primeras canas
entristecen de sombra todas las cosas bellas;
y hoy tu vida y mi vida son como estrellas,
pues pueden verse juntas, estando tan lejanas...

Yo bien sé que el olvido, como un agua maldita,
nos da una sed más honda que la sed que nos quita,
pero estoy tan seguro de poder olvidar...

Y miraré las nubes sin pensar que te quiero,
con el hábito sordo de un viejo marinero
que aún siente, en tierra firme, la ondulación del mar.




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Waldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946) Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios, 6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

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