Wednesday, April 26, 2017

"He llegado tarde" ... Una anécdota del Camagüey (por Carlos A. Peón-Casas)


La historia es implacable con los deslices…igual que con esa frases olímpicas, como la que ilustra esta memoria que hoy nos ocupa, y que de pronto pasan a ser el paradigma que trasciende los tiempos del obrar de cualquiera con mejores galas, pero que muy al final es la que el vulgo va a recordar y a inmortalizar.

La que encabeza esta crónica la dijo, el que fungiera como primer Alcalde de la ciudad en los tiempos de aquella primera República: Pedro Mendoza Guerra, y de quien poco, o casi nada por ser más exactos recuerdan los camagüeyanos de hoy…pero que se hizo historia con aquella expresión.

El suceso acaeció en un acto público donde el dinámico alcalde inauguraba una nueva calle en la ciudad: la de Van Horne, entre Avellaneda y República, en la misma época que llegaba el ferrocarril a la ciudad, y en dicho tramo vial se alzara la muy celebrada estación Ferroviaria, que según se dice en algún sitio, imita la de un legendario pueblo, el de Omaja, en el vasto Medio Oeste norteamericano.

Los que relatan el suceso, dicen que el regidor llegó tarde a la cita, pero con paso ligero subió a la tribuna levantada al efecto donde la concurrencia ya empezaba a impacientarse, y dijo sin más ni más el afamado dicharacho: “He llegado tarde, señores y señoras. Pero no, no he llegado tarde, porque nunca es tarde para el progreso de un pueblo"(1).

De allí, más nadie le llamó por su nombre, se quedó para siempre con el apodo que le ganó su imprevista alocución: “He llegado tarde”.

Dice, igualmente nuestra fuente, que fue también famoso por otro hecho, esta vez más romántico: fue el único orador que se recuerde en estos predios que dio un beso a una doncella e medio de un fogoso discurso, y que tuvo la aclamación de todos.

El suceso acaeció durante un mitin, cuando haciendo alusión a la reciente gesta libertadora, dio la espalda a su público y estampó un ardiente beso en la frente de su prometida, continuando sólo entonces su inspirado discurso con otra frase de ocasión, esta vez más feliz: “No beso a la mujer, beso a Cuba …y lo aplaudieron delirante"(2).


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1. En Tierra Procer. Flora Basulto de Montoya. Compañía Editora El Camagüeyano. Camagüey. 1955.p.169
2. Ibid.

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