Wednesday, July 13, 2016

Entre Angeles (por Eva M. Vergara)


a Leonardo Notario Góngora
Muerto en el remolcador 13 de marzo


La oscuridad te impide distinguir los rostros. Los sabes allí, sus miradas pesan sobre ti a pesar de su anonimato. Cuerpos ardientes, fríos otros, indiferentes, pesados, chocantes. Certeza de cuerpos invisibles, reconocidos sin tocarse, presentidos. Tus ojos tratan de acostumbrarse a las tinieblas pero se te hace imposible. El sonido constante contra las paredes no te deja olvidar dónde estás. Te recuestas a una pared cercana, el frío te hace frotar manos contra antebrazos tratando en vano de procurar calor. Cierras los ojos, buscando algo de luz. La pequeña escuela, el parque al frente, la maestra de saya corta que tanto derribaba la tiza. El pupitre rodeado de niños. Ella, cabeza erguida, pelo castaño cayéndole hasta más allá de los hombros. Tímida, silenciosa, vuelve el rostro ante una pregunta. ¿Cuál es la tarea? Lo sabías, pero era la única manera de hablar con ella. Siempre de grados, anotaciones, siempre presta a largas explicaciones para el que no entendiera, no así para las diversiones, conversaciones frívolas. Fue fácil renunciar a ella, eras sólo un niño, luego sería diferente. Cuando la volvieras a ver en la facultad. 

Lo recuerdas muy bien; fue el segundo día del curso, llegó ante la puerta abierta, con indiferencia recorrió el aula con su mirada, eligiendo una de las mesas contra la ventana, no de las primeras, no de las últimas. Te levantas para hablarle, el maestro te lo impide. Es hora de matemáticas, el profesor malamente emite un saludo de lengua enredada. Dicen que enseñó en la Universidad, que es casi un genio. Comienza una interminable lección de números y conceptos que garabatea en dos pizarrones. Miras a tu alrededor, caras de sorpresa, desilusión, terror en otras, te dan el alivio momentáneo de que no eres el único que ha quedado en las nubes. Aunque reconoces que de nada te vale la miseria compartida, este semestre promete ser terrible dictaminas sin recelos. El timbre del receso llama indicando el fin de tu tortura, aprovecharás este momento para hablarle. El maestro continúa sus largas explicaciones rodeado de una minoría de alumnos que se afanan en descifrar los símbolos del pizarrón. Para ti, no merecen mayor dedicación. La observas mientras te acercas, ha tomado un libro que comienza a leer. Estás a su lado, te inclinas y le das un beso en la mejilla como saludo, ella casi te sonríe. Tomas el libro que ha dejado a un lado, Shakespeare, Obras completas.

Cada día uno junto al otro, tú ganando seguridad, ella cediendo espacio. Noches de largas despedidas en espera de la guagua. Por primera vez te alegras de su mal servicio. Tus brazos rodeando su cuerpo, ajenos al bullicio, a ojos inquisidores. Resguardados por la oscuridad de aquella parada cómplice tuya. Un primer beso, un primer encuentro de labios. Un primer sofoco, temblor. Suyo y tuyo.

El viaje a la playa, los dos tumbados sobre la arena. La desnudas del bikini, tus manos la saborean, tu mirada fija en sus ojos, sus ojos espejos de cada sensación; entras en ella, dolor, sumisión. Ojos secos, boca conversadora, no hay arrepentimiento; te complace. Descabellados encuentros, prisa, adoración. Conversaciones empapadas de lecturas, poesía, cartas de adiós, tormentos de único amor. Ir y venir de rabietas, tiempo de tanteos. La precipitada boda, un embarazo delator. Viajes al hospital, cristales enmarcando un cuerpecito conectado a tubos, marcas de agujas en sus talones. Puntitos blancos que no han desaparecido. Un mes de espera, de visitas. Maderas de la cuna por el cuarto, no hay que armarla hasta que no llegue. Supersticiones que proclamas no creer pero rehúsas enfrentar.

El cake del añito, carreras para conseguir refrescos, bocaditos, caramelos. Fotos tomadas de favor. Confirmación de impotencias, enredarse en juegos de poder: cambio, tráfico. Certeza de no más allá; confinado a mendigar tus derechos, absorbido por un trabajo mutilador de vocaciones. La huida como única salida, el espanto a cambio del espanto. Riesgo por un riesgo mayor aún. 

Tu mano busca la cabecita de dos años, acaricias sus cabellos con ternura. Su cuerpo descansa sobre la madre. La abrazas sin palabras. Tratas de calcular el tiempo pasado. Un murmullo te llega casi imperceptible, sabes que son sus rezos. Aprietas tu mano a la de ella.

La conmoción te hace perder el equilibrio, un sonido agudo de metales se une al acostumbrado ruido del oleaje contra las paredes. Pasos agitados se escuchan arriba, una voz les llega desde la puerta ordenándoles que permanezcan escondidos. Otras se le unen en un rumor creciente que tratas de adivinar, temes lo peor; sabes lo peor. La humedad en tus zapatos, silencio interrumpido por ángeles de muerte que se precipitan escaleras abajo. Ángeles portadores del frío que te inunda. Ángeles mudos, incoloros, invisibles, ángeles avanzando en lenta agonía, ángeles que comienzan a desbordarse, engrandecidos, ahora ruidosos. Tomas al niño en tus brazos. La oscuridad que te regala su luz, distingues sus ojos, ojos grandes, hermosos, ojos que se te devuelven acusadores, inocentes, estremecidos, interrogantes; papi, papi; tu hijo, tu propio hijo traicionado por ti, tú conductor, causante de su dolor, lo abrazas, besas su boquita, sabor salado de mar, de lágrimas...

Texto publicado originalmente en http://conexos.org/


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EVA M. VERGARA (La Habana, Cuba, 1966) llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de Literatura Inglesa en el Miami Dade College. Ha publicado el libro de relatos, Mirada desde un submarino blanco, Editorial Silueta, 2009. Uno de sus cuentos fue incluido en Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, Miami, 2006). Tiene inédito el libro de relatos Ceremonia de salutación.

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