Thursday, May 19, 2016

José Martí: Un místico del siglo XIX (por Antonio J. Aiello)



Cuando al peso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como de un baño de luz.

Versos Sencillos (XXVI)

J. Martí


José Martí, una de las figuras literarias y políticas de relevancia en Cuba e Hispanoamérica a finales del siglo XIX, ha sido estudiado intensamente por la connotación de su obra como precursora del Modernismo, por su proyecto político liberal para la Cuba e Hispanoamérica del siglo XIX y por su eticidad. Asimismo, ha llamado la atención de algunos críticos el desentrañar su filiación filosófica, su idealismo y su anticlericalismo, los que al hacerlo han advertido en su vida y creación literaria algunos rasgos de misticismo, los cuales fueron determinantes para que se le considerara en la primera mitad del siglo XX el Apóstol de Cuba.

Este artículo examina la crítica acumulada sobre el tema y algunos de sus textos que muy cerca están de lo que se ha considerado la corriente mística desde la Edad Media con Meister Eckhart (1260-1328) y Tomás de Kempis(1) (1380-1471) hasta los místicos españoles del siglo XVII(2), Santa Teresa (1515-1582), Fray Luis de León (1527-1591) y San Juan de la Cruz (1542-1591), valorando la dimensión de su visaje místico.

Sobre su misticismo poco se ha dicho. Los autores que se han acercado al tema, lo han hecho buscando su filiación literaria, específicamente, su españolidad; y, casualmente, han advertido en él su espiritualidad. Una lectura de estas interpretaciones y de las fuentes martianas de donde surgen, nos facilitará apreciar esta perspectiva olvidada, y sensibilizarnos con su espíritu místico.

El ensayista y crítico dominicano, Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), ha dicho:
Su estilo no ofrece semejanzas con el estacionario de la mayoría de sus contemporáneos de España: en ocasiones tiene la intensidad emocional de Teresa de Jesús (…) Siempre aquella prosa como hablada, rota en ritmos variables con la emoción de cada minuto: con el candor de Santa Teresa, de quien aprendió que no tiene por qué refrenarse el que siente como debe…” (Martí 214)
Muy cerca también estuvo la poetisa chilena, Gabriela Mistral (1889-1957), cuando expuso: “…tal vez lo podemos afiliar entre los trascendentalitas, en todo caso dentro de un grupo de un trascendentalismo muy especial: el trascendente familiar, que se mueve en un turno de grandeza y de cotidianidad, mejor que eso un grandilocuente de las ideas bajado a cada rato por la llaneza de los hábitos.” (La lengua 229). Para ella no fue ajena esa sensibilidad trascendentalita de la obra literaria martiana, reflejo de los complejos procesos de su pensamiento de formación humanista cristiana con aspiraciones escatológicas. Por lo que categóricamente añade: “El tipo es complejo, cuesta aceptarlo. Pensemos, aunque la comparación nos parezca a primera vista absurda, en un Víctor Hugo corregido de su exageración y de su garganta trompetera por un trato diario y enseñador de la Santa Teresa doméstica, y voluntariamente vulgar” (La lengua 229).

Un poco más allá llega el célebre crítico, novelista y ensayista venezolano, Mariano Picón Salas (1901-1965):
Los versos de Martí son acaso los que corresponden más en español al concepto goethiano de la poesía ingenua. Y aunque la complejidad de la prosa evoque a veces al conceptismo barroco, quizás esté más cerca de los grandes místicos españoles, de Santa Teresa o San Juan de la Cruz que de los hábiles prestidigitadores del idioma del siglo XVII (…) Ser místico en una edad positivista, y sin negar, tampoco, las razones pragmáticas de la época es una de las tantas sorpresas martianas. (Arte 503).
Los tres han percibido el aliento místico que rezuma de su obra: el primero siente la intensidad emocional y el candor de Santa Teresa; Mistral, lo trascendente familiar, el trato diario y enseñador de la Santa; y el tercero lo ve cerca de los grandes místicos españoles, de Santa Teresa o Juan de la Cruz, y llega a catalogarlo de místico en una edad positivista.

En sus definiciones, estos autores nos han dado elementos que están en armonía con la actitud de los místicos: intensidad emocional que lleva al éxtasis, el candor de quien se entrega a su obra con el espíritu limpio y sano, lo trascendente familiar que se eleva de lo cotidiano, su propósito didáctico derivado de su afán ascético.

Si bien de la valoración de Picón Salas no hemos podido sacar rasgos por ser taxonómica, sí encontramos en ese artículo los fundamentos de su tesis: “el drama de su vida en que se equilibran maravillosamente el sacrificio, la inteligencia y la ternura” (Arte 504), (…) “apostarse, también, en cruzada de amor y singularísima ternura que debió parecer insólita a sus propios compañeros de la insurgencia cubana” (Arte 505), “esta humildad de Martí, y su concepción de la vida como renunciamiento y dádiva universal” (Arte 508), (…) “No es solo el arte literario ni la coherencia de una ideología, sino la religiosidad –como en los grandes místicos- lo que nos acerca a la raíz de su mensaje” (Arte 509).

¿Qué místico no transitó por esos rumbos sublimes? Tanto los místicos de la Edad Media (Meister Eckhart, Tomás de Kempis) como los españoles del Renacimiento (Santa Teresa, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz) llevaron una vida donde su inteligencia les mostró como vía para la consumación del bien en su persona su unión a lo trascendente: el sacrificio, la ternura que implicaba su cruzada de amor, la humildad sin otra aspiración que ser los últimos para poder estar entre los primeros el último día decisivo como exhortan los evangelios, la concepción de la vida como reunciamiento y dádiva universal en la negación de sí mismo y entrega a los demás para llegar a lo Divino, la religiosidad revelada en la coherente profesión de su fe.

En esta dirección, el poeta ensayista y crítico cubano, Juan Marinello (1898-1977), de filiación marxista, ahonda con sinceridad al profundizar en la españolidad literaria de José Martí:
Un estudio responsable y meditado de lo teresiano en Martí ha de tocar a los más delicados planos del escritor cubano, y ha de conducir al debate sobre su santidad. No puede ser este nuestro propósito. Digamos que no hay santo en Martí, sino místico, que no es lo mismo. Y que el misticismo, envuelto en posturas contradictorias, aparece a trechos en su obra y en ocasiones en que la vida lo enfrenta con las emociones decisivas. (Españolidad 143)
De entrada, Marinello ha intuido cómo la similitud entre Martí y la Santa está en los aires místicos que en ambos se respiran, aun cuando se presenten envueltos en posturas contradictorias –lo que merece la pena aclararse en su momento- o a trechos en su obra y en ocasiones en que la vida lo enfrenta con las emociones decisivas.

Más adelante, para precisar el término místico, cada vez más desdibujado en nuestros tiempos, señala lo que aludiría cualquier definición de místico:
…un estado de embriaguez contemplativa de infinitos grados y derivaciones, pero siempre unido a un polo ultraterreno. El arrobamiento místico puede ansiar la unión directa, por la muerte, con el motivo de la amorosa exaltación, o puede contentarse con la contemplación de lo amado a través del deliquio angustioso y dulce. En todo caso, lo místico es anublamiento de lo consciente, de lo racional y menosprecio y olvido de lo circundante. Estado irracional, integran el misticismo orbes contradictorios, pero obligados en su reino: el goce del dolor, a ocasiones. Y, a veces, el dolor del gozo. (Españolidad 143)
Así, pues, se precisan tres rasgos, para Marinello, determinantes en cualquier alusión a lo místico: el arrobamiento místico ansiando la consecución de su meta por la muerte o el deliquio, el anublamiento de lo consciente con el olvido de la realidad presente y el goce del dolor o el dolor del gozo. Más adelante, en esa misma página, prueba la presencia de estos en la obra martiana, refiriéndose a las múltiples muestras de su creación donde la pasión desorbitada de sus ansias le embota la función crítica y el sentido de lo científico, componente clave de su pensamiento positivista; o a la culminación de su éxtasis, cuando señala como remedio la muerte a la vez que goza de ese momento.

Un exponente de ello constituye el siguiente fragmento tomado de su carta a Federico Henríquez y Carvajal, escrita el 25 de marzo de 1895 y considerada su testamento político:
…Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos. De mí espero la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora. (Antología 239)
Merece, asimismo, considerársele testimonio del misticismo que lo alentó durante toda su vida. En él está presente su olvido de sí para dedicarse a menesteres más altos, su intención ascética al señalar donde está el mal, su anublamiento de lo consciente al adentrarse en lo metafórico, la consignación de su meta ligada a su muerte, el goce de esa muerte y su dolor.

Aceptada esta filiación en Martí, Marinello toma la caracterización del misticismo teresiano, realizada por el crítico español Américo Castro (1885- 1972), para buscar puntos de contacto con la obra martiana. Lo que ha pretendido ser un sondeo literario, concluye considerando actitudes ante la vida. La analogía establecida plantea:
• Lo místico como lectura y personalidad, encauzamiento del ánimo alumbrado a través del libro entrañable.
• El arrobo no producido entre tinieblas, sino entre luces cegadoras y sin prescindencia de los sentidos.
• La búsqueda desenfrenada de lo absoluto, de lo que nada está atado, abismo sin modo ni fondo. Ambos trasponen su querer dentro de su pensar, que arrastrará siempre su emoción y su fantasía.
Una idéntica utilización del vuelo místico: “Teresa de Ávila saca belleza de su arrobamiento a través de sus temblores de mujer. Martí, por la vía de su lirismo, que en muchos momentos ofrece un claro trasunto de femineidad. (Españolidad 145)
.• Un gozarse de la pena, un regodearse en la tortura interna que llega a la bendición del dolor. Como ejemplos, Marinello cita los siguientes fragmentos, el primero de Martí y el segundo de la Santa:
El dolor alimenta, el dolor purifica, el dolor nutre. El caudal de los pueblos son sus héroes, los hombres son pequeños maguas que chocan y se quiebran, y de los vasos rotos, surge esencia de amor que alienta al vivo. (Españolidad 145)

Yo sé persona que, con no ser poeta, le acaecía hacer de presto coplas muy sentidas declarando su pena… Todo su cuerpo y alma quería se despedazarse para mostrar el gozo que con esta pena siente. (Españolidad 145)
• El tránsito del gozo del dolor al anhelo ardoroso del largo sacrificio, a la alegría cósmica de la dación total, que Marinello ilustra con la siguiente cita del Apóstol:
Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo; este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio. (Españolidad 146)
• El querer de la muerte como una transformación libertadora hacia lo trascendente. Para Santa Teresa la muerte significa el alcance de los goces entrevistos en la comunicación ansiosa:
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero. (Poemas 49)
Para Martí, es una transformación libertadora, fuera de sí mismo con tanteos panteístas en su intención última:
Pues, ¿hay mayor ventura que morir? ¡Pues es morir más que deleitadísimo premio, ansiado punto, sabroso puerto, estación nueva en viaje largo; objeto de amor al alma poética, braceo feliz del náufrago, y aligeramiento del peso carnal en beneficio de la esencia! (O.C. T.XIX 388)
• La senda de lo confidencial, iniciada por la Santa que alcanza su punto culminante en Martí con su intención confesional. Para Marinello:
Hay en él como la sublimación del pudor teresiano. Las lágrimas que derramaba la Santa porque la Princesa pérfida divulgaba sus ingenuas anotaciones biográficas, están enjugadas en Martí por la mano que cada día señala al mundo su corazón deshecho de anhelo de bien. En uno y otra –y ello denuncia la común mística-, lo confidencial es como marca dolorosa, pero necesaria de la autenticidad (…) en Santa Teresa y Martí, el develamiento total de lo propio no es sino un testimonio de la fe. (Españolidad 147).
• Su entrega a tareas apostólicas muy reñidas de políticas inmediatas. Al respecto fundamenta:
Santa Teresa daba una semana a una carta de altísima preocupación teológica y toda una tarde a pelear el precio de las reparaciones de un convento. Martí pasa un día como transportado y ausente entregado a la meditación del caso cubano; otro, disponiendo los párrafos de una arenga de mucha jerarquía y al tercero se da a la busca de las balas más eficaces y baratas para limpiar a Cuba de la sujeción española. (Españolidad 147)
• Dramáticas violencias del temperamento en ambos por la diversidad de funciones en lo político. Sobre la Santa señala:
Teresa de Ávila es dulce y mansa, humilde y plácida. La ruda misión que se impone exige palabra tajante y precisa, severidad del ceño, alimentación vitalicia del principio de autoridad. “En esto de dar contentos a otros, dice Teresa, he tenido extremo, aunque a mí me hiciese pesar”. Y en el mando inflexible ha de mermar mil veces el contento de muchos. (Españolidad 148)
Y sobre el Apóstol:
Martí lo dice numerosas ocasiones, quiere vivir entre el amor de los hombres, en la estimación tierna de sus semejantes (“…y me premien con cartas mis ternuras…”) y su deber político lo fuerza a ordenar enérgicamente, a decidir entre vanidades y celos, a poner su autoridad de líder entre las apetencias desbordadas. (Españolidad 148)
Así, Marinello delinea el misticismo martiano. Esa espiritualidad advertida en lo literario donde se revela como impronta constante e indeleble de su ser; más que filialidad literaria, actitud ante la vida y lo trascendental.

Por otro lado, el destacado crítico y ensayista cubano, Jorge Mañach (1898-1961), coincide con Marinello al percibir “…un fondo monista, panteísta y místico” (Perfil 90), en su obra y pensamiento. Al respecto deja por sentados los rasgos de este fondo: “Voluntad de sacrificio” (Perfil 89), “angustiada codicia de querer y servir” (Perfil 90), “su humildad está cuajada de admoniciones” (Perfil 91), ”La benignidad es su norma” (Perfil 91), “…ese panteísmo espiritualista no deja de estar matizado en Martí por ciertos reflejos de misticismo oriental” (Perfil 93), “De esa amalgama entre “el conocimiento racional y amoroso de la Naturaleza” y el de “la perdurabilidad y trascendencia de la vida”, deriva sus mensajes más personales y positivos…” (Perfil 94), “su austero sentido del deber, su aceptación del dolor y su aprecio de la dignidad humana…” (Perfil 94), “nos ha dejado una ética del deber que llega hasta la fruición del dolor “sal de la gloria”, y una didáctica del desinterés como “ley general de la naturaleza humana” (Perfil 94), “tiene en este sentido el pensamiento de martí dos direcciones fundamentales: una dirección ética y práctica, cuyo eje fue el amor, y otra doctrinal y política, cuyo fin es la libertad” (Perfil 95).

Llama la atención como Mañach coincide con los autores ya vistos, y enumera caracteres propios de un alma mística.

No está muy lejos tampoco el Poeta Nacional de Nicaragua, Rubén Darío (1867-1916), cuando al valorar la figura de José Martí advierte:
El cubano era “un hombre”. Más aún; era como debería ser el verdadero superhombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en comunión con Dios y con la naturaleza (…) Y estaba en comunión con Dios habiendo ascendido hasta Él por la más firme y segura de las escalas, la escala del Dolor. La piedad tenía en su ser un templo; por ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura, el que lleva a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano. Subió a Dios por la compasión y por el dolor (…) y por último, desbordante de amor y de patriótica locura, consagrose a seguir una triste estrella, la estrella solitaria de la Isla. (José 20)
Sin pretender definirnos el misticismo martiano, Darío enfila aspectos claves de esta espiritualidad que en síntesis retomamos: “en comunión con Dios y con la naturaleza”, “habiendo ascendido hasta Él por (…) la escala del Dolor”, “la piedad tenía en su ser un templo”, “desbordante de amor”, “consagrose a seguir una triste estrella”. Estos han caracterizado al místico de cualquier parte y de cualquier tiempo. Su meta: la comunión con Dios; su vía: el sacrificio, la piedad, el apostolado y el amor.

Asimismo, resulta interesante la siguiente cita del joven escritor de izquierda habanero, José Antonio Foncueva (1910-1930), de corta vida pero muy fértil, que aduce una nueva vertiente del misticismo, aunque nada se opone a las sostenidas por los autores citados. Veamos el caso: “Es cierto que José Martí fue un místico. Pero no uno de esos místicos al uso, que lo son por las ojeras o por la melena. El misticismo de José Martí es un misticismo revolucionario, fuertemente ligado a los deberes y esperanzas de los hombres” (Novísimo 301).

Decíamos que una nueva vertiente porque hasta ahora no habíamos visto el término “misticismo revolucionario”; pero pudiéramos pensar en el apostolado de todo místico: ¿Qué cosa no hizo Santa Teresa con su esforzada fundación de conventos que revolucionar su mundo? ¿Cuántos problemas no le acarrearon su celo apostólico? Y, por otra parte, ¿qué apostolado no está ligado a los dolores y esperanzas de los hombres? Así que más que opuesto, el término resulta complementario. Para Foncueva, Martí es místico y lo ha dicho de entrada.

Son también de interés las breves palabras, pero esclarecedoras, emitidas al efecto por el ensayista y profesor universitario cubano, Medardo Vitier (1886-1960), cuando se refería a algunos lineamientos formales de la oratoria de Martí:
Habla en ocasiones arrebatado por el numen de la lengua que aprendió en los clásicos y por el numen de la vida misma en cuyos senos ha visto a Dios. (…) En algunos pasajes oratorios hay ráfagas místicas. No fue el estado místico una constante en Martí. Solo en momentáneas iluminaciones ese estado llega a poseerlo, y no es para el arrobo, sino para la acometida. En la tribuna cuentan que se transfiguraba, y entonces, si decía en voz baja su prédica, se oía con reverencia, y si el tono subía, el auditorio experimentaba el despertar de cuantas potencias nobles oculta el hombre en su espíritu. Eso hacía el predicador: lograr que sus oyentes se descubrieran a sí mismos y quedaran seguros de que eran capaces de lo digno y lo grande. (Lineamientos 322)
Vitier sintió el misticismo de Martí en su oratoria, pero en ocasiones, “en momentáneas iluminaciones”, y en esto coincide con Marinello, quien –como hemos apuntado al inicio- lo capta “a trechos en su obra y en ocasiones en que la vida lo enfrenta con las emociones decisivas”.

Por último, citaremos un fragmento del poeta, narrador y ensayista cubano, José Lezama Lima (1910-1976), que habla por sí solo de esta visión de nuestro Apóstol:
José martí fue para todos nosotros el único que logró penetrar en la casa del alibi. El estado místico, el alibi, donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfigura en el espejo de los enigmas. (…) Las palabras finales de su Diario, uno de los más misteriosos sonidos de palabras que están en nuestro idioma, bastan para llenar la casa y sus extrañas interrupciones frente al tiempo. (Secularidad 291)
Todos los autores revisados hasta aquí, han sido pródigos al argumentarnos su percepción del misticismo en José Martí, con rasgos coincidentes en la mayoría de los casos o complementarios, que ayudan a develarnos esa imagen. Aunque no enumeraremos esos aspectos, ya delineados en su momento, sí nos referiremos a las características atribuibles, generalmente a los místicos:
• Vida espiritual en relación íntima con Dios.
• Vida contemplativa, en meditación, dedicada al conjunto de prácticas que conducen a la divinidad.
• Desprendimiento de todo lo sensible y hasta lo racional para lograr su fin.
• Entrega por amor a una causa con la que se identifica plenamente.
Si nos detenemos a relacionarlos con los ya analizados por los autores de las referencias anteriores, constataremos que estos cuatro aspectos devienen en polos que asimilan sin reparos los ya esbozados.
Por otra parte, merece especial atención el revisar los rasgos que han caracterizado a los místicos españoles y el compararlos con los detectados en nuestro Apóstol. Ello nos ayudaría a integrar su imagen mística, algo así como lo que hizo Marinello, pero limitado a una mística. Con este fin, hemos seleccionado las peculiaridades asumidas regularmente por estos, de varias historias de la Literatura Española (Chabás, del Río, Alborg), meditado en su presencia en la obra martiana y corroborado las analogías que en síntesis exponemos:
• La exaltación de la personalidad humana y del libre albedrío, e hincapié en la necesidad de las obras para lograr la salvación del alma, de cuya presencia en el pensamiento martiano dan fe múltiples textos de su obra:
¡Al hombre ha de decirse lo que es digno del hombre, y capaz de exaltarlo!
(Antología 238).
Tales responsabilidades suelen caer sobre los hombres que no niegan su poca fuerza al mundo, y viven para aumentarle el albedrío y decoro… (Antología 237).
La muerte no es verdadera cuando se ha cumplido bien la obra de la vida (O.C., T. II 630).
• Un misticismo más activo que contemplativo y el latir generoso del sentimiento de la caridad. Precisamente a esta vertiente mística pertenece el Apóstol como la mayoría de los místicos españoles. Activismo que consagran a su apostolado con la urgencia de lograr el éxtasis supremo de comunión con la divinidad, a través del amor por su obra.

• Un sentimiento de la belleza terrestre sublimado por el ansia de lo absoluto, por la percepción y apetencia de Dios, creador e imagen perfecta de esa belleza.
Cuando nos cautiva una grandeza, cuando el corazón se mueve de regocijo, cuando muchas bellezas nos deslumbran, se siente amor, y esperanza, y orgullo por los demás, y fe en la gloria (…) Poetas, músicos y pintores, son esencia igual en formas distintas: es su tarea traer a la tierra las armonías que vagan en el espacio de los cielos, y las concepciones impalpables que se agitan en los espacios del espíritu. Formalizar lo vago: hacernos terreno lo divino. (O.C., T.VI 424)
• La embriaguez de divinidad se humaniza por el sentimiento vivo de la realidad, que el místico español, aun en los casos extremos de éxtasis nunca pierde. Martí alcanza su éxtasis en vinculación con esa realidad que le duele y que le desborda en ansias de poner remedio a su patria y consumar su obra.
• La honda tradición de moralismo de la Literatura Española, presente en sus místicos y en nuestro Maestro:
¡Qué terrible enemigo para el logro de la virtud es la desesperada necesidad de dinero! (O.C., T.II 580)
Estas reflexiones nos han permitido apreciar los aires místicos que han palpado los autores citados, algunos a trechos, ligados a la manera de decir, de sentir, de pensar y de actuar de José Martí; a pesar de que pertenecían a diversas geografías, tiempos diferentes y que profesaban ideologías disímiles; pero que nos han develado con sus juicios ese cauce misterioso. Misticismo del siglo XIX, permeado de positivismo, de razones pragmáticas de la época, conjugado con su fe heterodoxa de base cristiana católica, teñida de un panteísmo intuitivo desde una percepción filosófica krausista. Así también lo sentimos cuando nos llegan de su obra citas como esta: “No sabe las delicias del mundo el que desconoce la realidad de la idea y la fruición espiritual que viene del constante ejercicio del amor” (O.C., T.I 171), que se remontan a la fruición suprema experimentada por los místicos en su comunión con Dios.




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  1. La Edad Media (5000- 1500) es un largo período histórico en el cual fructificó la corriente mística en Europa, con diversos matices, pero caracterizada por lograr la unión con Dios en la vida terrenal, practicando las virtudes cristianas en el amor al prójimo y a Dios. Esta vida centrada en Dios generó una prolífica literatura que recoge las experiencias de esa labor y amor, que se ha llamado la mística cristiana.
  2. Durante el Renacimiento, se generó en España una tardía y brillante literatura mística como resultado de la oposición al protestantismo en Europa. La mística fue un movimiento propio de la Edad Media en toda Europa; sin embargo, España que no había tenido místicos en la Edad Media (con excepción de la musulmana y Raimundo Lulio), crea en el Renacimiento una profunda y perfecta mística. Posteriormente son escasos los autores con una obra mística coherente, como los casos de Gertrudis Gómez de Avellaneda en el Romanticismo o Miguel de Unamuno en el siglo XX). Esta corriente literaria mística se caracteriza por dos tendencias: El ascetismo y el misticismo. La ascética: Dominio de las pasiones y esfuerzo personal por alcanzar la perfección. La mística: Anticipación de la unión beatífica con Dios, sólo alcanzable normalmente en la otra vida. Las prácticas ascéticas son el camino obligado para llegar a esta unión beatífica con Dios.

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OBRAS CITADAS

Cepeda y Ahumada, Teresa de. Poemas de Santa Teresa de Jesús. Comp. Camilo Pino. Estados Unidos: Amazon Digital Services, Inc, 2010. Kindle e-book.
Darío, Rubén. “José Martí”. Letras. Cultura en Cuba I. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1989: 19-43. Impreso.
Foncueva, José Antonio. “Novísimo retrato de José Martí” Anuario del Centro de Estudios Martianos. Nº 1. La Habana: Editorial del CEM, 1978: 300-309. Impreso.
Henríquez Ureña, Pedro. “Martí escritor”. Letras. Cultura en Cuba I. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1989: 213-217. Impreso.
Lezama Lima, José. “Secularidad de José Martí”. Letras. Cultura en Cuba I. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1989: 291-292. Impreso.
Mañach, Jorge. “Perfil de Martí”. Letras. Cultura en Cuba I. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1989: 85-97. Impreso.
Marinello, Juan. “Españolidad literaria en José Martí”. Órbita de Juan Marinello. La Habana: 140-150. Impreso.
Martí, José. Antología Mínima Tomos I y II. La Habana: Ed. Ciencias Sociales, 1972. Impreso.
---. Obras Completas. La Habana: Editorial Nacional Cuba, 1963-1973. Impreso.
Mistral, Gabriela. “La lengua en Martí”. Letras. Cultura en Cuba I. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1989: 225-241. Impreso.
Picón Salas, Mariano. “Arte y virtud en José Martí”. La conquista del amanecer. La Habana: Casa de las Américas, 1992: 503-504. Impreso.
Vitier, Medardo. “Lineamientos formales de los discursos de José Martí”. Letras. Cultura en Cuba I. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1989: 321- 352. Impreso.





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Anthony J. Aiello. 

Ph. D., in Spanish in the University of Arizona
M.A., in Latin American Studies in the University of Camaguey, Cuba
B.A., in Spanish and Literature in the Higher Pedagogical Institute “José Martí” at Camaguey, Cuba
Email:ajaiellofdez@yahoo.com

Dr. Anthony J. Aiello is a faculty at The University of Arizona. He also has taught at the College of Charleston, SC, as visiting assistant professor at Oregon State University, graduate associate teaching in the University of Arizona and New Mexico State University, adjunct faculty at Pima Community College in Tucson, Arizona, assistant professor at University of Kabul, Afghanistan and assistant professor at University of Camaguey, Cuba. He has taught Spanish language as second language in basic, intermediate and upper levels; Spanish and Spanish American Literature, and Hispanic Linguistics since 1977 to students from various countries from America, Europe, Africa and Asia. 

His formation began in the Higher Pedagogical Institute “José Marti” in Camaguey, Cuba as a Bachelor in Spanish and Literature. He got his Master in Latin American Studies in the University of Camaguey. Later he took different courses about Semiotic and Theory of Information with the University of Valencia, Spain, and University of Oriente, Cuba. Finally he got his Ph. D. in Spanish at the University of Arizona, with a major in 20th - 21st centuries Spanish American Literature, and two minors in 20th – 21st centuries Spanish Literature, and Hispanic Linguistics.

His researches have been related with the Postmodern Literature, the Spanish and Spanish American Literature, the literature in the cinema, the Hispanic Linguistics and the process of languages acquisition,. Their results have been presented at various international events and at various universities and associations in the United States. He is also author of the book Presencia de la episteme posmoderna en el discurso narrativo hispanoamericano de los umbrales del siglo XXI: Carlos Fuentes Macías, Mario Vargas Llosa y Leonardo Padura Fuentes, and some textbooks for the Spanish as second language teaching. Besides, he has published several articles with the results from his investigations. Furthermore, he has collaborated with publishing house like Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies, John Wiley and Sons, Inc.; Hispania a Journal of AATSP; La gota de agua, Philadelphia, PA. and the journal Mexican Studies/Estudios Mexicanos of The University of California Institute for Mexico and the United States, and the Universidad Nacional Autonoma de Mexico.

He is also a professor dedicated to improving the strategies about the process of teaching and learning and the technological delivery, paying attention to its efficiency and outstanding process.

His current research focuses on postmodern Spanish American Literature about narrators as Zoé Valdés, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa and Leonardo Padura. He expects to fulfill soon some books untitled: Current Trends of Latin American Postmodern Narrative, Lezama Recipe Book, The Postmodern Narrative from Zoé Valdés and The postmodern narrative in Cuba. A reality: Leonardo Padura.

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