Wednesday, December 17, 2014

La calle República en dos tiempos (por Carlos A. Peón-Casas)

Lo que hoy vemos de esta céntrica vía no es lo que fue. Tampoco lo será en medio siglo más. Basta atenernos a estas dos fotografías que la retratan con una diferencia poco más de media centuria, para que la afirmación inicial no parezca verdad de Perogrullo.
De aquella, recién estrenada con el nombre que le conocemos hoy, antes nombrada por la soberana española de turno, tenemos un pormenor muy interesante de su discurrir hasta perderse en lontananza a la altura de la Iglesia de La Soledad, cuya maciza torre resalta al lado izquierdo, separada más de lo que en la realidad ocurre de la otra torre proverbial de la iglesia de La Merced, a la derecha del fotograma, y en verdad los dos puntos más altos en la sucesión de aquella calle poblada de casas coloniales, la mayoría de una sola planta.
El fotógrafo, se ubicó con toda probabilidad en el antiguo Cuartel de Caballería, y desde el segundo nivel de aquel vetusto sitio, ya presto por entonces también a cambiar de usos y funciones, al ser declarado Hotel Camagüey, inmortalizó aquella vista singular, dejándonos el trazado de aquella República a la que todavía no cortaba la línea ferrocarrilera que empezaría a construirse en 1901.

La segunda mirada a la calle, data del año 1956. Es curiosa la posición del que tomó el retrato, más o menos a la misma altura que la anterior, pero esta vez a nivel de la calle e el mismo comienzo de su primer tramo, entre Ignacio Sánchez y la línea férrea.
La novedad de la instantánea radica quizá en la cantidad de establecimientos comerciales que se agolpaban en aquel breve tramo, y de los que hoy no queda ni el recuerdo. Un poco más al fondo, y pasada la esquina de la estación ferroviaria, destacaba El Capitolio, otro establecimiento de mucha popularidad, ya también extinto, y en cuya actual área existe un parque.
Las fotos quedan entonces para contrastar un espacio en dos momentos distintos del devenir de aquella República que fue, acaso recuerdo imborrable para quien la transitó en uno u otro minuto, esencia que se inmortaliza en estas dos instantáneas digitalizadas por manos apegadas a la piedad que todo recuerdo procura a los que todavía la ensueñan desde tanta distancia.

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