Wednesday, July 9, 2014

De cuando Puerto Príncipe (hoy Camagüey) regía los designios de medio mundo. Algunas memorias la Real Audiencia (por Carlos A. Peón- Casas)


El 30 de Junio de 1800 es una fecha singular para la otrora villa principeña. Fue el día que recuerda la historia como el de la instauración, en Puerto Príncipe, del entonces conocido como “el decano de los tribunales de Indias”(1), o también acreditado con el apelativo de la “Audiencia de las Antillas”(2).

La historia principeña cambió sin dudas para bien aquel día. El tribunal que hasta aquellas fechas, había regido los destinos de toda legalidad en los territorios antillanos, había tenido asiento desde tiempos inmemoriales en la ciudad Primada de Santo Domingo. El hecho se precipitaba por la cesión de los territorios que la comprendían en Santo Domingo, por parte de la metrópoli a favor de Francia por el tratado de Basilea.

Pero la llegada efectiva del alto tribunal a nuestra villa, tomó su tiempo. Su traslado ocurrió por partes, o por entregas sucesivas, como esas telenovelas de hoy día que van sucediéndose de temporada en temporada. Primero que nada, el valiosísimo archivo, que fue a parar a la Habana juntamente con “las personas de más cuenta de Santo Domingo”(3). El traslado según lo cuenta un historiógrafo español, citado por Santovenia, se verificó en sendos barcos de la armada española que “dejaron en Puerto Rico los situados, recogieron en Santo Domingo a los oidores y otros individuos y, ya mudando rumbo entre cruceros enemigos, ya evitando sus ataques con ligereza, llegaron a la capital de Cuba sin tropiezo amediado de enero de 1800”(4).

De enero a junio de aquel mismo año se verifico el traslado a la villa puertoprincipeña, el destino mejor pensado para tan alto tribunal, un sitio de tierra adentro donde resguardarse del asedio de los enemigos de España.

Y al quedar sesionando en la otrora comarca, hecho que nos cuenta Torres Lasqueti en su bien informada Colección de datos históricos… no sucedería hasta:
después del 30 de julio en que las 41/2 de la tarde entró en la villa con toda solemnidad el Real Sello, y quedó constituida definitivamente el Tribunal Superior, cantándose el 4 de agosto inmediato en la Parroquial Mayor , un solemne Te Deum, en acción de gracias, por tan fausto suceso(5)
Hasta ese momento nada o poco relevante sucedía en le opacado terruño, que fuera de relevancia en el panorama socio político insular, -a partir de allí vendrían sin dudas tiempos mejores cuando la Audiencia, haría efectiva su vastísima prerrogativa jurídica, abarcando toda Cuba, Puerto Rico, y los territorios continentales, todavía españoles, de la Luisiana y la Florida.

Pero igualmente, hacía sentir localmente el peso de su ley y de sus atinados juicios sobre el buen gobierno y las buenas costumbres. Así lo testimonia el propio Torres Lasqueti ya citado cuando apunta a un singular fallo del Tribunal Superior de la Audiencia sobre un suceso casi pedestre acaecido en la villa en 1802:
El 3 de septiembre el Real Acuerdo dictó un auto conminando al Ayuntamiento, y apercibiendo en particular al Fiel Ejecutor y al Regidor de mes de ser privados de voz y voto en las elecciones del próximo año, por no visitar los puestos donde se vende pan, carne fresca y salada, manteca, viandas y demás artículos de primera necesidad, ni repasarlos, condenando a los transgresores con las penas que imponen las leyes” y todo esto a consecuencia que ese día se vendió pan “ de mala calidad, falto de peso y de cocción, capaz de ocasionar enfermedades peligrosas(6).
El decursar de su autoridad en tierras del Príncipe, se extendería hasta diciembre de 1853 cuando fuera suprimida e incorporada a la Pretorial de La Habana, volvería después a la ya crecida ciudad en 1868, pero su jurisdicción alcanzaría sólo entonces los departamentos Central y Orientra.

En ese interín mucho ganó la otrora villa con la presencia de aquellos primeros juriconsultos dominicanos, hombres en su mayoría de cierta cultura, que promovieron y animaron la estancada vida cultural principeña: “las fiestas anuales de tablas”(7) (por el cumpleaños del Rey o por las celebraciones de las festividades de La Merced y La Caridad). Igualmente, florecerían bajo su influencia otras bellas artes como el teatro y la música.

Amén de los innumerables estudiantes de Derecho en la Pontificia Universidad de San Gerónimo, que luego de terminar sus estudios, en la capital, tenían que por obligación hacer el largo y fatigoso periplo tierra adentro, para recibirse de abogados en la Real Audiencia del Príncipe, luego de los acostumbrados ejercicios de rigor que practicaban en aquella. La lista de los que concurrieron sería particularmente copiosa pero entre los más ilustres estarían Heredia, Saco y Bachiller y Morales, entre otros.

Puerto Príncipe vería por entonces promoverse el ansia del saber. Se contaban ya para el año de 1827, “diez escuelas públicas de varones y tres de hembras”(8). Destacándose por su matricula las que estaban dotadas por el Ayuntamiento y regidas por Manuel Zaldibar Puerta y Juan de Dios Cruz. En ambas se contaban 13 alumnos de color. De carácter privado y sin dotación se destacaban las regidas por el Presbítero José Eduardo Rivero y el sub diácono Juan de Mata y Rivera en la que también se aceptaban pupilos de la raza negra.

Las que eran sólo para niñas estaban dirigidas por Mariana Martínez de Rodríguez, Juana Cordero y María Isidora Rodríguez. En estas se educaban la cantidad de cincuenta y siete niñas de color y pasaban de la centena las de la raza blanca.

Lasqueti apunta al respecto que:

“Quizás en ningún otro pueblo de la isla se diera una educación más democrática a la niñez de ambos sexos, como en esta ciudad”(9). El dato estadístico que daba pie a su aseveración lo tomaba de una Guía de Forasteros publicada el año anterior. 

Muchos fueron los sucesos en la propia villa asociados a la existencia de tan alto tribunal, pero ahora y ya de cierre a esta sucinta rememoración, me gustaría airear uno, que quizás no fuera de los más conocidos, pero que tuvo sin dudas una sonada y hasta divertida connotación.

Fueron sus protagonistas los altos cargos del tribunal y el arzobispo de Santiago de Cuba, Don Mariano Rodríguez de Olmedo y Valle. El hecho acaecía en marzo de 1839, con motivo de la vista eclesial que el prelado efectuaba a los territorios de su dilatada diócesis de entonces.

Según nos relata Lasqueti en el nobiliario del obispo se leía: ”El que más vale no vale tanto como Valle” o “El que más da no da tanto como ha dado Valle”(10); y de tales aseveraciones podemos colegir que el prelado tenía su carácter y sus “malas pulgas”.

Pero dejemos la narración de los hechos al propio Lasqueti, y rememoremos en la dilatada distancia histórica el success de entonces:
Durante su permanencia en esta se le presentó un grave conflicto con la Audiencia en la Parroquial Mayor, por un descuido del maestro de ceremonias del Superior Tribunal. Disponía el Reglamento del ceremonial de este que cuando asistiese a las fiestas de tabla, si concurría a él el prelado, al pasarle por delante se bajase la cabeza del dosel donde se encontrase el Presidente o el Regente, y aquel arrastrase la cauda; pero no habiéndose hecho lo primero, el caudatario continúo con ella recogida y ahí fue el conflicto, pues el dependiente de la Audiencia dirigiéndose a dicho funcionario le gritó, ¡esa cauda!, y elcaudatario contestó igualmente en alta voz, ¡ese dosel!
Y allí ardió Troya; pero la sangre no llegó finalmente al río, pues la queja remitida por la Audiencia local al Tribunal Superior, fue desestimada por aquel, desaprobando, según sigue relatando Lasqueti, la conducta de ambos implicados.

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  1. La Audiencia en Puerto Príncipe. En Un día como hoy. Emeterio Santovenia. Tropico. La Habana. 1946 p.369.
  2. Ibíd.
  3. Ibíd.
  4. Ibíd. p. 370
  5. Colección de Datos Históricos, Geográficos y Estadísticos de Puerto Príncipe y su Jurisdicción. Juan Torres Lasqueti. Habana. 1888.
  6. Ibíd. p.48
  7. Ibíd.
  8. Ibíd. p. 198
  9. Ibíd. 200
  10. Ibíd. p. 204

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