Saturday, November 24, 2012

El hombre posmoderno cubano y la fe religiosa (por Card. Jaime Ortega)

No podemos olvidar que el mundo posmoderno en sus nuevas generaciones está integrado por hombres frágiles, con adhesiones más débiles a los preceptos establecidos, con menor capacidad de compromiso. Estamos en la era del pensamiento débil.

Esta mentalidad potencia aquella “superficialidad” del cubano en cuanto a la religión a que me referí al principio.

En otras palabras, la actitud del cubano actual frente a la religión no es la misma que la del hombre moderno cubano de antes de 1985.

Este tendrá una aproximación al mundo religioso distinta a la del hombre de 30 años atrás. La modernidad, en sus vertientes liberales o marxistas había tratado de excluir a Dios basándose en la razón y en la ciencia. La negación de Dios era necesaria para la exaltación del hombre. Pero con la “muerte de Dios” se llegó también a la “muerte del hombre”. El vivir sin Dios produce una vaciedad interior, a veces una angustia, un tipo particular de infelicidad. Esto lo ha experimentado el hombre cubano con diversos grados de intensidad. 

El mundo posmoderno reacciona contra ese materialismo racionalista y pretendidamente científico, y buscará entonces en las filosofías orientales, en religiones esotéricas, en los misterios científicos no esclarecidos aún, en religiones y mitos de África, Asia o de la América Precolombina y en la misma Biblia (fundamentalismo emotivista), el modo de estructurar una nueva visión espiritualista de la vida, revalorizando viejos mitos, incorporando métodos de oración de tipo budista o hinduista. El fracaso existencial del materialismo de occidente de tipo práctico-capitalista o de tipo teórico pseudocientífico marxista, lleva al hombre occidental a buscar en otra parte una respuesta a su inquietud religiosa. Es la nueva era: “The New Age”.

Cuba se convierte en un laboratorio histórico de este proceso. El hombre cubano ha experimentado la vaciedad del ateísmo ambiental en forma estremecedora, esa soledad espiritual que produce en el alma humana la influencia del materialismo.

La Iglesia Católica (y volvemos a los círculos concéntricos del estanque), era en Cuba el principal punto focal de referencia religiosa. Al imponerse silencio a la Iglesia, al quedar disminuido drásticamente el número de sus ministros y personas consagradas, al perder sus escuelas y centros de enseñanza y asistenciales, y no tener acceso a los medios de comunicación escritos, radiales o televisivos, se apagó la voz de la Iglesia que recordaba las fiestas religiosas y los días sagrados, que proponía los valores cristianos, que cuidaba ancianos, niños y enfermos, y por medio de todo esto hacía pensar en Dios. Se sumó entonces a este obligado silencio eclesial sobre Dios la difusión oficial del ateísmo: “la religión es cosa del pasado, no conviene criar a los niños con ideas religiosas, pues vivirán después en una sociedad atea y podrán verse traumatizados”, etc. Se produjo así una ausencia de Dios de las estructuras sociales, del calendario, que no indicaba ninguna fecha religiosa, y aún de la vida familiar.

Pero en el corazón humano, donde habita siempre el misterio, un tedio personal y ambiental acompaña de modo habitual la ausencia de Dios. Con el mismo mecanismo del hombre occidental, el cubano no hizo, porque no podía hacer, viajes a la India para encontrar algún “gurú”, pero se fue a Guanabacoa (barrio al este de La Habana) para visitar a un babalaw (especie de sacerdote de la santería).

Es decir, se volvió hacia algo que tiene muy a mano; los sincretismos afrocubanos, el espiritismo o la santería. De lo que he llamado “autorización oficial para manifestar su fe”, de la necesidad de vencer el tedio por la ausencia de Dios de las estructuras sociales, de encontrar algo que dé sentido a la vida y sus pruebas, que no han sido pocas en Cuba, viene el crecimiento de la Iglesia Católica y otras confesiones cristianas. Pero en los años difíciles fue más fácil canalizar la religiosidad en el sincretismo afrocubano que en la Iglesia Católica o protestante, pues la visibilidad de los cultos sincréticos afrocubanos es menor, es un culto más privado, no periódico, se acude al rito cuando se quiere o se puede, no hay exigencias morales grandes y los elementos mágicos dan tranquilidad o seguridad tan pronto como se practican, aunque crean después temores y ansiedades. Esto llevó a capas de la población blanca y con mayor cultura a acercarse a esos cultos. Después a su difusión ha contribuido la propaganda turística que presenta esos cultos en sus aspectos folklóricos y se añade el esnobismo de inclusión de los extranjeros en este otro camino esotérico, todo lo cual conlleva ganancias económicas para muchos “que viven de la santería”. 

Es el postmodernismo de la Nueva Era vivido “a la cubana” con los medios disponibles, con desarrollos indeseables.

Un teólogo francés que enseñó por más de treinta años en el Seminario San Carlos en Cuba, el padre René David, hoy retirado en Francia, afirmaba que la religiosidad popular más o menos sincrética había salvado la fe religiosa del cubano en los momentos más difíciles, incluso llegó a decir que había que agradecerlo. Pero este tipo de religiosidad se torna más difícil para el quehacer evangelizador que dirigirse a aquellos que sin ninguna referencia religiosa hacen un tránsito de la no fe a la fe, sobre todo cuando ha sido inficionada por elementos ajenos a una auténtica actitud religiosa. (ver texto completo de la conferencia impartida por el  Card. Jaime Ortega Alamino en el XI Seminario Internacional del Programa de Diálogo entre Alemania y Cuba, en la Universidad Católica de Eichstatt-Ingoldstadt)

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