Thursday, May 10, 2012

Mi "Cuba Nostalgia" (por Eva M. Vergara)

 Foto/Reuters
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Mi "Cuba Nostalgia"*

por Eva M. Vergara


Una larga cola me da la bienvenida, la multitud con sus risas y bromas acorta mi espera. Escucho sus comentarios y sonrío, y me estremezco con igual frecuencia. Finalmente entro al local. El cuerpo zigzagueante de la línea humana desemboca en un estrecho pasillo, por donde sólo es posible continuar de uno en uno, dos hombres de uniforme, sentados a cada lado, me conminan a apurarme. Entrego mi ticket, y dejo atrás el intimidante verdeolivo de sus ropas. 

Me adentro en un inmenso salón, no distingo el final. Paneles de metal y tela colocados en varios ángulos forman estanquillos o compartimientos donde la multitud ahora dispersa se aglomera. Mi objetivo, explorar cada uno de estos. Me acerco a un mostrador cubierto de fotos; hermosos campos, surcos sembrados de tomates, una brigada de adolescentes se inclina bajo el peso de las guatacas y el lacerante sol en sus espaldas. Rostros sudorosos aguardando su turno para saciar la sed, una muchacha mantiene estricta vigilancia sobre una lata con agua, en la que sumerge un cucharón que va ofreciendo a los jóvenes hasta que todos han bebido del mismo recipiente. Un solo jarro para más de veinte personas, una sola lata para todos.

Y vuelvo, y regreso a mis once años, el «de pie» implacable, el bullicio de cuerpos desperezándose, el movimiento de brazos y ánimos a primera hora. La carrera por el primer lugar, el primer lugar para lavarse los dientes, el agua helada que terminará por despertarte, la pasta amarga raspando tu lengua, la noche sobre tu cabeza desapareciendo. El primer lugar para usar los baños; el primer lugar para el desayuno, la leche o eso que llevaba su nombre prometiendo quemaduras de «tercer a cien grados» dentro del jarro metálico y una gaceñiga añeja como complemento en ciertas afortunadas ocasiones. El primer lugar para subir al camión, tu pierna buscando soporte en la rueda, unos brazos que te halan. El primer lugar para mirar sobre la baranda, el camino estremeciendo los músculos, los cuerpos apretados azotados por el aire que corta la respiración, otros acurrucados reconciliándose con el interrumpido sueño.

Un trillo que se pierde más allá de mis fuerzas, mis piernas atrapadas en las botas que intentan sembrarme con su peso en la tierra húmeda de rocío. Una camiseta enguatada, una camisa de trabajo, un pañuelo recogiendo el cabello, unos pantalones remendados en las rodillas y el trasero, como odiaba ese delator parche en el fondillo. Yo que todo lo que he querido siempre, es paz, que me dejen ser, que pasen a mi lado y no detengan la vista. Ese parche señalando mi cuerpo desprovisto de curvas, delgado casi hasta la anemia. Y mis manos conociendo por primera vez las ampollas, la madera llena de astillas, la guataca más pesada que mi cuerpo. La mañana helada, luego el calor, el despojarse de las ropas, enredarlas a la cintura, los ojos entornados, lagrimeando por la luz, y las voces demandando metas, cumplimiento de normas. 

El primer lugar para las carreras, después te asignan la que quieran. El primer lugar para el trabajo, después te ubican donde les plazca. El primer lugar para el camuflaje, el primer lugar para desaparecer. Detesto el primer lugar, odio ese concepto.

¿Compañera va a pasar o no?, arriba que está parando la cola, la voz abrupta de la mujer tras el mostrador termina mi divagación, miro su mano extendida señalando una cortina. Recorro la distancia. Un olor intenso me asalta, una habitación provista de seis o siete letrinas se descubre tras la tela. Ahora sí que llegué; observo a un joven que intenta encontrar equilibrio sobre los pies grabados en el cemento. Se inclina desafiante sobre el cono elevado y hace como que defeca. Me pregunto que tan divertido le fuera si al mirar dentro de la boca abierta bajo sus nalgas le amenazaran una millonada de gusanos, gusanos de cuerpos fofos, gordinflones; nunca he sabido qué tipo de animal eran aquellos. A este joven cubanoamericano se le retorcería el estómago, constipación de los intestinos, cuarenta y cinco días sin ir al baño (imposible). Y encima de todo la carencia de pudor, nada de vergüenza, ¿necesitas ir? que te vean todos, quién necesita de puertas, esas son blandenguerías, prejuicios burgueses, nosotros somos todos iguales, así que no hay sorpresa en lo que tú hagas que yo también lo haré. Todos somos iguales aún a la hora de defecar. No privilegios, nada de cortinas en las duchas todos los cuerpos son iguales, igualdad social, ésta comienza desde que somos un único cuerpo. No se permiten aislamientos, individualidades, secretos. Todo al descubierto, tu cuerpo y tus pensamientos, te tengo que leer.

Salgo espantada, mis pasos resonando y de trasfondo la risa del muchacho, el siguiente compartimiento pertenece a una clínica dental. Instrumentos y equipos de dudosa higiene complementan el decorado alrededor del sillón dental, que como habitualmente sucedía muestra su deterioro en el metal oxidado de su base o en el vinil rajado del forro. La lámpara sobre su brazo mecánico carece de uno de sus bombillos. Un cartel preside la improvisada puerta, donde se lee «No hay agua». Y cuando hay agua, no hay dentista, y cuando está no tienen materiales para empastes, y cuando tienen materiales para empastes no tienen anestesia y cuando tienen anestesia la máquina de rayos x se rompió y cuando la máquina de rayos x está funcionando no tienen esterilizador y cuando el esterilizador esté reparado no tienen agua. Y cuando tienen agua, tú no eres de esta zona, no te pertenece. Y cuando finalmente te toca, son de leche, afuera, son de leche, sácalos, y el resto a remendones después de tanto tiempo en peores condiciones, insalvables en su mayoría. Pero no importa la sonrisa revolucionaria tiene que ser multicolor, nada de blancos solamente, esta es una revolución de todos, negros, blancos, amarillos, platinados, de oro, de todos los colores. Aún de los ausentes, estos son los más útiles, estos no pueden defenderse.

Venga a refrescar su boca con nuestra malta ensalivada, nada como recordar ese sabor único. Me detengo en el siguiente kiosco, en una tablilla se anuncia malta a diez centavos. El fregadero de aluminio dividido en dos, de un lado el agua enjabonada y del otro el agua limpia, al menos esa es la idea aunque en definitiva ni lo uno ni lo otro. Casi no hay jabón en la una y menos transparencia en la otra. La empleada sumerge los vasos aún espumosos con residuos de malta y saliva dentro de la primera agua y luego un rápido zambullido en la siguiente. Técnica sofisticada de engaño al consumidor, y éste con la mirada fuera del fregadero. Concentrado en la conversación, en tu propio pensamiento, mejor no ver qué sucede bajo la pila, mejor no tomar nota de las manos cogiendo el dinero, dando cambio, fregando, sirviendo, pasándolas por la cara sudorosa, por el pelo que cae en su frente. Mejor pensar en el milagro, en los días, semanas, meses y a veces años que pasaste esperando el deseado sabor. El calor prendido a tu piel, sales del instituto, caminas por Carlos III hasta la cafetería y allí te sor-prende la noticia, malta a diez centavos. Y hoy no hay que molestarse con la higiene, ni la boca desdentada del hombre tres pasos más allá de ti, ni de la joven con catarro, ni de los vicios no confesados que asoman a los labios de otros. Y hoy no hay que molestarse por nada, ni hoy, ni dentro de un rato cuando la línea se rompa y los gritos de mi cielito, mi vida, mi amor sobrepasen tu tímido «por favor me pudiera dar». Y hoy no hay que disgustarse. 

Allí está la infame guagua, los asientos plásticos destruyendo tu cintura, las ventanas clausuradas, el asfixiante vaho de la transpiración ajena y propia. Y ahí está la jefa de aula que pronuncia tu nombre, y tu inseguridad al levantar el brazo, tu pierna sobre el primer escalón y entras. Otro día para condenarte, otro instante para acusarte, y tú ignoras las razones que se han prendido a tu cuerpo en esta mañana como otra cualquiera en que te colocan en este lugar. En esta mañana como cualquiera otra en que eres transportada de una lectura a otra, de una historia a otra. De una mentira a otra. Y llega la guagua a su final y la manada de niños se desborda en la carretera; recorren la calle precedidos por las voces de una multitud que a gritos de lemas y consignas vapulean sus cuerpos con desparpajo. Lemas que no pronuncias, tu voz no fue hecha para el grito, no has despertado, aún no despiertas, nunca despertarás. Te mueves impulsada por la masa de cansados cuerpos, los dedos de un niño a tu lado atrapan tu mano, te dejas guiar, en silencio toda tu vida, en silencio siempre, en prematuro silencio desde la infancia. Una película te atrapa, eres protagonista de esta historia, ¿no lo sabes?, es tu historia, es tu vida, ¿no lo sabes? No, me miro y no me veo, me siento y no me distingo, me huelo y no me creo. Soy una maqueta, dejadme empolvar, dejadme oculta entre telarañas, dejadme dormir, no me despertéis con vuestros gritos. Dejadme encontrar mi camino fuera de ustedes, fuera de mí.

La música te llega, al mismo tiempo que el temor de antaño, una sensación indefinida, de melancolía, de llanto, de revolvérsete el estómago, de pena que encuentra camino dentro de tu pecho, de repentino aislamiento. Hay ciertas canciones que fuera de toda lógica te duelen, hay ciertas voces que fuera de lógicos cuestionamientos te angustian, la melodía y sus frases te asaltan, te invaden, canciones, himnos de innegable belleza. Alabanza, alabanza para ellos y para su patria, alabanza. La patria te llama, te envuelve, la patria te hace cómplice y no lo sabes. Teme a la música, teme al sonido armónico, a la frase hermosa, teme. La sangre que en Cuba se derramó, nosotros no debemos de olvidar por eso unidos hemos de estar recordando a aquellos que muertos están. Pero hay ciertas voces que te estremecen, ciertas canciones que te sacuden y te preguntas y te respondes y comprendes la diferencia. Todo un mundo creado a tu alrededor, el bien y el mal revueltos, fundidos sus cuerpos. Eres producto, eres consumidor, eres héroe, eres cobarde, eres humanista, eres inhumano. Todo mezclado, todo mezclado, negros y blancos, todo mezclado.

Al ritmo de las palabras se condena mejor, Fidel seguro a los yanquis dale duro; pin pon fuera abajo la gusanera, al ritmo de la música se trabaja mejor, mayor producción de leche, mayor recogida de tabaco. Jóvenes entonando improvisadas canciones, competencia entre los albergues por la melodía más pegajosa. Marchamos hacia el campo para construir un mundo hacia la humanidad, luchando con ahínco y con dignidad, vamos todos a triunfar, vamos, vamos compañeros, vamos hoy a trabajar, por un nuevo porvenir vamos a luchar. Los niños cantores de «Cuba», no de Viena. La generación del canto, la generación del grito, ¡pioneros por el Comunismo, seremos como el Che!, la generación del optimismo, para hacer esta muralla tráiganme todas las manos, los negros sus manos negras, los blancos sus blancas manos, la generación del tonto, de los humildes, por los humildes y para los humildes. Las gentes felices me hicieron desconfiar.

En el piso, hacia el centro del local la ves, tu islita con sus catorce provincias dibujada; su geografía agrandada para espiarla mejor. Recorres sus bordes enmarcados por una gruesa línea negra, que impide la caída al mar. Te detienes en La Habana, sí naciste allí, y no en el séptimo piso. En verdad naciste allí, y tanto hubieses deseado visitar otras ciudades, pero no era posible. No a los viajes, dentro y fuera del alargado cuerpo de tu hermosa isla. Tu isla colocada como al azar dentro del golfo. El pintor mira su obra con deleite, sus ojos van desde la Florida hasta detenerse en Venezuela, el golfo se le antoja demasiado desnudo y allí va y traza los últimos pincelazos, una isla de figura curiosamente animal. Un caimán, como esos que han de habitarla, en la ciénaga y en las ciudades. Caimanes invadiendo todo terreno fuera y dentro de la tierra que los vio nacer.

Estás atrapada en una isla, una isla donde te devoran; el grupo al que tienes que pertenecer, al que debes obediencia, al que debes temer, el grupo que dispone de tus ganas, de tu tiempo, de tu cordura. Una isla que te contiene, once millones de brazos sujetándose unos a otros, con envidia al que huye, con odio al que queda; al que dentro del círculo es diferente. Una isla contaminada de rabia, transmitiéndose, incubándose en nuestros cuerpos, isla protagonista; en tu suelo se pudiera reconstruir más de una historia, El señor de las moscas encontraría infinitos argumentos en tus muchachos.

Allí está, allí está, no la puerta de Alcalá, tanto rato aquí y ya hablas cantando, una canción para todo, ¡esto se pega! La pantalla abarca toda la pared del fondo, justo pasando «las sombrillitas», merendero, cafetería, kiosquito; variedad de nombres, no de ofertas. Escuchas la familiar frase chivo, chivo, chivo bueno ¿dónde estás que no te vemos? Y respondes a la viejecita dentro del aparato. «Aquí por el bosque voy, cazando lobos estoy, para hacerles el regalo de sus pieles». Y ahora proyectan aquel otro de Masinka; «desde aquí arriba Masinka te mira, cuidadito oso no seas goloso». Ríete, sí ríete, el traumático episodio de los muñequitos «rusos», pero me confieso, muchos me gustaban, como esos dos o el del Riachuelo, o Plumita de Oro; «ahora ya sabes lo mal que saben la sal y la pimienta, no te olvides de ello». Y aquel polaco, del niño con el proyector que se metía en la película; el sueño de mi generación, el proyector y el viajar. Tardes de vacaciones, la casa llena de primos, qué hacemos y ahora qué hacemos, saca el proyector, dale, pon el proyector. Y enseguida los gritos disputándose el derecho a leer. Yo leo, yo leo, ¡no! tú leíste la última vez, bueno una cada uno. Cerrar las ventanas de la sala, despejar la pared, mover butacas, sillas, colocar la mesita al otro extremo de la habitación con distancia suficiente para que la imagen se proyecte bien grande. Correr al cuarto, buscar dentro del escaparate, en la última tabla, el proyector y a su lado la caja de zapatos con los rollitos de películas. Lees los títulos, Los cisnes salvajes, Iván Tsarevich y el lobo gris, El patito feo, Basilisa la sabia, La reina de las nieves y las voces te interrumpen y algunas dicen ésa y otras dicen no, ésa no; hasta que coinciden. Luego todos en silencio aguardando. Ese olorcito a quemado, el ruidito de la cinta al rodar, el mover del lente para ajustar la imagen difusa contra la pared. La voz infantil narrando. 

Y las películas «rusas», lo que más odiabas eran los finales, como todo el mundo, pero ahora, recordadas a distancia, no eran tan malas, la imposición las aniquilaba. Todo mérito era motivo de sospecha. Cuántos niños temerosos de morir en un pantano, cuántas noches de pesadillas, tu cuerpo hundiéndose lentamente en las aguas lodosas. Entre la asfixia real y la incubada poco espacio para soñar. Si lo lograste, no te vencieron.

Buscas un lugar libre junto a las mesas, bajo las sombrillitas, los rostros desfigurados de las gentes haciendo muecas, y las caras abultadas te indican que han probado las tan anunciadas croquetas del cielo.
Croquetas del cielo para el obrero
engrudo de soya para la olla
riñón de difunto con poca cebolla.
Croquetas del cielo para los viejos
bistec de frazada qué buena panzada
toronja lasqueada con salsa agriada
croquetas del cielo pa’ el compañero
croquetas del cielo para el pionero.
Una voz anuncia el último espectáculo, y al compás de La cabalgata de las Walkirias va descendiendo del techo una enorme piñata. Confetis caen sobre tu rostro, algunos gritan a tu alrededor, mientras otros chiflan eufóricos. Junto a la piñata, una hilera va tomando forma, un grupo de jóvenes se acerca a la cola y va entregando un garrote a cada persona. El altoparlante vomita una nueva melodía; observas los rostros felices, las manos aplaudiendo, las bocas entonando la canción, la multitud se enajena hasta el éxtasis, anunciándole a todos mis hermanos que nuestro día ya viene llegando, oh, oh... ya viene llegando, oh, oh... ya viene llegando, ya todo el mundo lo está esperando, ya viene llegando, ay, Cuba hermosa y primorosa, ya viene llegando. Se acerca el primer participante y de un fuerte golpe arranca un brazo a la figura colgada del techo. El brazo rasgado planea hasta caer al suelo, donde un joven lo levanta y lanza a los observadores, éstos terminan por despedazarlo; pequeños trozos de tela verdeolivo se unen a la masa de confetis. El rostro de barba canosa se agita en círculos al embate de un siguiente garrotazo. El salón vibra de energía, niños, adolescentes, viejos danzan al compás de los golpes. De espalda a los rostros felices, con una mueca en los labios, te alejas.


*Los cubanos de Miami se dan cita cada año para celebrar con exhibiciones «un viaje al pasado para aquellos que recuerdan los tiempos de la Isla antes de 1959 y para aquellos que nunca tuvieron esa experiencia»; a este evento lo llaman “Cuba Nostalgia”.

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EVA M. VERGARA (La Habana, Cuba, 1966) llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de Literatura Inglesa en el Miami Dade College. Ha publicado el libro de relatos, Mirada desde un submarino blanco, Editorial Silueta, 2009. Uno de sus cuentos fue incluido en Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, Miami, 2006). Actualmente trabaja en el libro de relatos Ceremonia de salutación.

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